PIES DESNUDOS

No recordaba verlas así, jamás había considerado la idea de no pintarlas. ¡Qué dejadez! Las uñas decían tanto de una persona como el orden de sus armarios o el de sus ideas.

Nunca había ido a un salón de manicura. Siempre, desde la infancia, tal y como lo hacía su madre y sus tías, había cuidado con esmero sus manos y sus pies. Cortaba, limaba y pintaba, con paciencia y concentración, retirando después el sobrante derivado del mal pulso (que, normalmente, era mayor si el ritual se dejaba para el último momento, previo a cualquier salida). Y esto había sido así durante, al menos, treinta y siete años.

Comenzó a andar, como una pava, descalza por el pasillo. Sentía cada paso y el frescor que desprendía la baldosa era gratificante. Era una bonita sensación que le recordaba aquellos paseos por los templos de la India. No podía dejar de mirar sus pies desnudos. Conocía de memoria la casa, lo suficiente para poder caminar por ella sin mirar a ningún otro lado que no fueran sus pies desnudos. Había retirado los esmaltes de manos y pies antes de darse un baño. El agua caliente había eliminado cualquier rastro que no detectara su vista, ya menguante.

Era inaudito, pero cierto. De repente, le atraían esos pies sosos, naturales y sin color. Eran perfectos. Maduros, cansados, pero perfectos. Cuando se cansó de pasear por la casa contempló sus manos y no pudo, por más, que opinar lo mismo. Desde hacía un tiempo le pasaba algo similar con su rostro. Apenas se maquillaba ya, sólo rímel y un poco de brillo en los labios. Se encontraba mejor así, de alguna manera era como si hubiera dejado de reconocerse. Así sus arrugas se suavizaban y la flacidez de la piel se notaba menos.

Volvió a sus pies, con la mirada y con el pensamiento. ¿Sería posible calcular todos los kilómetros recorridos en su vida? Tantos y tantos viajes… ¿Y todos los precipicios a los que se habían asomado en los altos tacones que usaba más joven? Seguro que sí, ahora todo era posible. Se sintió orgullosa de aquellas extremidades que tan bien la habían soportado en los buenos y en los malos momentos de su existencia. Guardaban muchos secretos esos pies.  Sin duda, así, sin ningún color en las uñas que minimizara el tono rosado de la carne, eran más auténticos. Levantó sus manos hasta la altura de los ojos, ocurría lo mismo. No, claro que no. No es que hubiera dejado de reconocerse. Se aceleró hasta el espejo de cuerpo entero de su habitación y dejó caer la toalla. Lo que ocurría, con certeza absoluta, era que se reconocía más que nunca. No veía arrugas, ni flacidez, ni decadencia alguna. Veía sabiduría, experiencia y belleza. Y se quería. Sonrió satisfecha. Se vistió con un pijama ligero.

A los pocos minutos se encontró en el sofá seleccionando entre varios esmaltes. Mañana volvía a salir de viaje. Viajaría hasta que aquellos pies le dijeran que parara y, para eso, aún quedaba bastante. Lo que a ella le susurraban seguiría siendo un secreto, para los demás, color.

¡Qué pereza!

El desayuno era su mejor momento del día. Incluso se levantaba antes de hora para disfrutar del café largo, con leche y dos tostadas con miel. De fondo, siempre las noticias. Aquellos instantes solían ser sagrados, constituían parte de su equilibrio diario, un pedazo de paz mental que le permitía afrontar la jornada.

Ahí, de forma indirecta, reflejada con un protagonismo subyacente, en primera plana nacional, estaba ella misma. La noticia, o más bien, la forma de dar la noticia la señalaba a ella como responsable.

Una desgracia, una calamidad, consecuencia del pésimo funcionamiento del sistema. Muertes, niños de por medio, fuego y sensacionalismo. Nada nuevo en el día a día que vivía, tras veinticuatro años, como jueza. El destino era indiferente. Cambiaba de lugar, de paisaje, de compañeros, pero el sistema no funcionaba. Podía darle la razón a un demandante en un desahucio, pero pasarían al menos diez meses hasta que pudiera recuperar la posesión de su propiedad, por no hablar del estado de habitabilidad en que la recuperaría. Podía estimar la pretensión económica de otra parte litigante, pero de nada le serviría, en la mayor parte de los casos, para recuperar lo perdido. Alguna excepción quizá, a veces…

Ella misma había paralizado el desalojo de aquella familia por la situación de vulnerabilidad, pero esa situación no era, ni podía permitirse que fuera, eterna. La razón moral no siempre iba acompañada de la razón legal. Y ella aplicaba la ley, ni más ni menos.

Entre esos pensamientos, y las imágenes desoladoras del incendio, sintió su presencia. Percibió su olor al mismo tiempo que el gato rotaba la oreja hacia la puerta. Notó su respiración, pero no se giró hacía él. Sin duda, él escuchaba la noticia sin decir nada. Se preguntó cuánto tardaría en pronunciarse. ¡Dios, qué tremenda pereza! Siempre lo mismo.

Sabía que había sido un error dejar que durmiera en su piso. ¿Por qué había sido tan débil? Había roto sus propias reglas y ahí estaban las consecuencias. Era una señal clara.

Para empezar, no había podido descansar y lo había sabido de antemano. Necesitaba su espacio, la soledad habitual (no contaba el gato). El sexo ocasional no estaba mal, pero cualquier otra relación más estable estaba descartada. A sus casi cincuenta años se conocía sobradamente. No sólo había repetido cita en tres ocasiones con él, sino que, además, se había dejado convencer para permitir que se quedara. La noche en vela y ahora a digerir la noticia. No tenía ni que mirarlo para sentirse cuestionada.

¡Qué pereza, volver a explicar todo! ¡Qué pereza! El café empezó a adquirir un extraño sabor similar al jarabe que le obligaba a tomar su madre, en vano, hasta que la operaron de anginas. La tostada se había quedado blanda, como su cerebro. Lo que menos le apetecía era conversar, matizar, como tantas veces en su vida, que ella sólo era una pieza más de un sistema que no engranaba, que se descomponía. Sólo los profesionales inmersos en la vorágine judicial podían entender que no había responsables directos de acontecimientos como aquel.

— Tranquila, no tienes culpa. No hay una relación de causalidad evidente. Sólo buscan un chivo expiatorio. Voy a ducharme — dijo él.

¿En serio? La voz había sonado firme, sin apenas una agitación de duda. No era su padre, tampoco un amigo realmente. No necesitaba explicarse, tampoco necesitaba consejos, ni ánimos. Ella sólo tenía un problema (si es que lo era), no quería lidiar con nadie, amaba su paz, su soledad, tanto que era adictiva. Los problemas con los que batallaba eran siempre ajenos y por ello evitaba en su vida personal cualquier alteración fuera de lo común.

No era miedo a sentirse vulnerable delante de nadie, nada más lejos. Era asocial por naturaleza, elegía y disfrutaba su espacio y le había costado mucho lograrlo.

Ella explotaba siempre sin quemarse. Fue al vestidor, eligió un traje neutro y unas Dr. Martins, iría paseando hasta el despacho. Aplicó el protector solar con un tono de color ligero, labial combinado con el traje y toque suave de máscara en las pestañas. Avanzó decidida hacia la salida y con un volumen acorde a la estancia y a su pereza dijo:

— Escucha, no quiero que te siente mal, no hay una causalidad evidente, pero no quiero volver a verte. Asegúrate de que la puerta quede cerrada al salir.

Ilustración: José Luis Ansón

El frío mármol y mi pie desnudo…

….o mi frío pie y el mármol desnudo de aquella habitación escondida.

Añoro caminar por tus palacios y la sensación que aquellos paseos me producían. Recordarlo me hace creer que no era yo, que era otra persona. Y quizá lo era si no me reconozco, como una película muy vivida.

Ahora me siento, como aquel día, escondida en el subsuelo con los murciélagos reposando a unos metros de mi cabeza. Puedo sentir la piedra roja en mi espalda y el susurro del agua al correr por los pasadizos. Todo tiembla mientras los elefantes suben la pendiente del fuerte y mi corazón retumba al mismo paso marcial. Físicamente entera y un espíritu intrépido pero prudente.

Sin embargo, me pregunto por qué me paraliza cualquier inconveniente, por qué me duelen las piernas y la cadera como si fuera una abuela, por qué llueve en mi cabeza ese repiqueteo constante que me nubla el juicio y amontona mis quehaceres. Es por todo ello que he vuelto a aquel lugar de piedra, inventado, que nunca lo he abandonado y que reconozco habito por fases intermitentes de sueño. Porque allí, en sus estancias y en sus dominios, vuelvo a ser yo reconociendo la pureza en la oscuridad y tu extraño poder sobre mi libertad.

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Leyendas de Olhao

    Cuando salió a pasear tras el copioso desayuno el clima todavía era clemente. Hasta el paseo marítimo llegaba la brisa de la marisma y avanzó decidida hacia el centro de Olhao. Estuvo tentada de entrar al mercado. Éste se dividía en dos edificios idénticos con cierta apariencia islámica, no en vano también había sido territorio de Al Andalus y la influencia era notable en muchos edificios. Le fascinaba contemplar cómo descargaban el pescado y el marisco fresco en la multitud de puestos. El otro edificio se reservaba  para fruta, carne y dulces.

    Sin embargo, esta vez optó por introducirse entre las estrechas callejuelas. Era tan temprano que parecía que sólo los gatos las habitaban. Le llamó la atención cómo la mayoría de los pequeños felinos llevaban collar y se acercaban con confianza entre sus piernas si se detenía a observarles. En el portal de una de las casas incluso existía una diminuta construcción para ellos en la que se advertía a todo aquél que pasara por allí que debía respetar el descanso de estos animales. Sí, no había duda de que los felinos estaban mejor atendidos que la mayoría de los perros del municipio.

    El pueblo tenía una infinidad de callejuelas que conformaban un curioso laberinto. Pese a ello, creía que era fácil orientarse dejando siempre en paralelo el mar. Le encantaba la decoración de todos aquellos edificios de apenas dos alturas y cuyo techo acababa en forma de azotea abalaustrada y sus fachadas se adornaban de baldosas de cien mil formas geométricas y colores. Era una pena que hubiera tantas abandonadas. Andaba con aquellas reflexiones cuando un destello plateado llamó su atención. El sol parecía querer amanecer justo en ese punto brillante. Sin dudarlo avanzó hacia él. Era una estatua. Había muchas en el pueblo aunque esta, desde luego, era bastante particular. Ahí plantada como un árbol en medio de una pequeña plaza imponía un respeto complejo. Se agachó para contemplarla mejor y comprobó que, ciertamente, daba miedo. Cualquier imagen de un niño que no inspirara cierta ternura daba miedo. Parecía, por qué no decirlo, el niño de La profecía. Se acercó a comprobar el cartel cercano que la describía, en portugués e inglés. Contaba la leyenda de un niño, fornido y robusto, de grandes ojos negros que se aparecía por las noches y no paraba de llorar. La mayoría de las personas no salían por miedo al encanto, ya que algunos aseguraban que el llanto del niño podía hasta matar a una persona. Pero había marineros que juraban haberlo visto, incluso podían cogerle en brazos para consolarlo, pero el llanto y su peso aumentaba y cuando lo soltaban en el suelo el niño desaparecía. Olhão lo recuerda ahora con esta escultura metálica.

    Expectante contemplaba la figura que apenas se dio cuenta que una anciana le agarraba el brazo con fuerza. El susto fue mayúsculo, aunque al instante le recordó a su abuela y el susto se evaporó. Esta abuela, que no la suya, gesticulaba con la mano libre y le hablaba en portugués con una seguridad pasmosa de que ella fuera capaz de entenderla. Por supuesto, esto no era así pero se encontró andando por la calle con la anciana del brazo (como también solía hacer con su abuela, «donde hay hijas y nietas no cabe bastón«) intrigada pensando a dónde la conduciría la buena mujer. Dando por sentado que era buena, madrugadora y se encontraba tan aburrida que no tenía mejor cosa que hacer que explicar las leyendas del municipio a la primera turista que encontró. Y así fue. Un par de callejuelas más y acabaron en otra pequeña plaza adornada también de extrañas siluetas. Otro material, forja quizá, otro color, negro cuervo intenso. Niños, cinco niños jugando a la pelota. Y el cartel informaba que el pequeño Manuel se encontraba jugando con sus amigos a la pelota cuando un niño, desconocido para ellos, les preguntó si podía jugar también y todos aceptaron encantados. Después Manuel acompañó a su nuevo amigo a su casa, donde había infinidad de riquezas y tesoros, pero el misterioso niño le dijo que no podía contarlo a nadie. Pronto se percató Manuel que sólo él podía ver a este niño. Al final, antes de hacer la comunión su madre le obligó a confesar estos hechos al sacerdote y jamás volvió a encontrarle. ¿Demonio pillado in fraganti?. ¿O amistad traicionada?. Contempló de nuevo las negras figuras intrigada, demonio seguro. Mientras la anciana gesticulaba algo que ella claramente entendió como «hija mía, historias de aquellos años«.

    Temerosa de que la abuela, emocionada, la arrastrara hasta la estatua de la sirena que ya conocía, le señaló el reloj de la muñeca y le indicó que debía seguir su paseo. Ahora la abuela portuguesa formaría parte de su particular leyenda.

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Ahhh…lo prohibido.

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             Los días pasaban tan rápido en aquella escapada rural que la fugacidad de las estrellas en ese extraño cielo transparente se le antojaba anécdota. Él llevaba todos esos días contemplándola con una espía serenidad que, sin embargo, había ido creciendo en anhelo material. A la misma distancia pero cada vez visual y mentalmente más cercano a ella, a su cuerpo. Le fascinaba verla leer, tomar sus notas con esa delicadeza innata con la que unía sus pensamientos al folio en blanco. Él tomaba su café tan despacio como ella su té, casi sorbiendo al mismo intervalo. Había llegado a sincronizar sus movimientos de una forma natural. Ella, en cambio, seguía ajena a su persona. Pero, al menos, quedaba el consuelo evidente de que ella era ajena a todo lo que la rodeaba. Su libro y su libreta como preciosas antigüedades frente al último modelo de portátil. Su té y su perro a los pies, vigilante, como ente que la hacía viva. Todos ellos conformaban una especie de burbuja cerrada cuya llave se custodiaba sólo desde el interior de la misma. Tan sólo imaginar que accedía a esa dependencia privada hacía que un cosquilleo nervioso subiera por todo su cuerpo. De inmediato lo controlaba porque no era bueno que nadie, absolutamente nadie, le hiciera perder el control de sí mismo. Al menos allí, en público.

Inquietud temporal

    Siempre parece faltar el tiempo. Tiempo para leer, para escribir, para hablar, para ponerse al día con las noticas, esa media hora de redes sociales, ese tiempo para la compañía, de dos, de más de dos. Y ese, que a veces valoramos tan poco, ese tiempo para uno mismo. Esa calle que no anduve, ese libro que todavía no he comenzado, esa meditación pendiente. Todo falta en tu vida pues no hay conocimiento extremo ni verdad absoluta. De normal, sin ser conscientes, todos perdemos el tiempo en un noventa y nueve por ciento del transcurso del día.

    Hoy, ante la ventana que nunca tuve el valor de asomar, veo las hojas volar, los perros correr, la gente encoger sus hombros, no sé si de frío o miedo a … esa incertidumbre que trasladan las nubes. De pronto el frío atraviesa el cristal y te eriza el vello. Un extraño sentir, momentáneo pero común, a esas personas que atraviesan la calzada. Podría ser yo aquél que mira, no dos sino en tres ocasiones, a su alrededor. ¿Acaso le persigue alguien?. No lo parece pero ahí está, es su propia sombra. Le acompaña ese elemento formado entre el cielo y la tierra. Explicado científicamente pero siniestro. Su sombra no es alargada como la de los libros de misterio, no parece suya, pero no le deja ir. Acelera y lo pierdo en la esquina del edificio de en frente. Instantes antes de desaparecer la sombra parece girar en absurdo saludo hacia mi ventana y por tanto hacia mi persona. Provocadora oscuridad andante que impide que el frío desaparezca en mí.

    Me percato de que ese tiempo, que siempre falta, pasa ante la ventana de la vida (esa a la que no tenemos costumbre de asomarnos). Ahí está, circula veloz y resulta imposible aprehenderlo. Intentar detener el tiempo es perderlo en sí mismo. Un segundo, dos… cada instante escapa. Escapa sin leer ese libro, sin decir lo que realmente pensabas, sin mirar las vidrieras de cada calle que encierran el tiempo ajeno. Pisamos tiempo, pisamos la vida y la consumimos. Esa lágrima que no quisiste dejar caer, la perdiste por siempre, el tiempo que no corrió con ella te hizo dilapidar un sentimiento que podía crear instantes adicionales. El tiempo es, sin duda, el mayor de los misterios. Es el secreto que dicen, que cuentan, todavía no hemos desvelado las personas. Esas cuyas sombras no parecen propias. ¿Qué sombra viste encajar a la perfección con su dueño@?. No me mientas, pierdes el tiempo.

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Indiscreto vecindario

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      El viento entraba ligero por la ventana ondeando las cortinas cual banderas en edificio oficial. Mucho menos ligeras y más impertinentes llegaban hasta él las voces de los chiquillos del vecindario que parecían ponerse de acuerdo en reunirse siempre bajo sus muros. Pero ¿qué podía decir?, se suponía que era una zona común. A los quince minutos le aturdían tanto los gritos de los juegos infantiles que no le quedaba más remedio que ponerse de fondo algo de música. Encontrar melodías que acompañaran su trabajo sin distraer tampoco era cosa sencilla. Por tanto, a esas alturas  su punto de concentración era bajo o nulo. Se preguntaba cómo era eso de dejar la mente en blanco. A él le resultaba imposible, no sabía si debía ir precedida de una relajación para lo que tenía una incapacidad total o si, simplemente, su cerebro tenía una actividad superior a la media. Esto último denotaría una inteligencia que no poseía por lo que había que deducir que era un completo inútil para controlar sus pensamientos. Esto, sin duda, era preocupante.

     A mitad de tarde continuaba la fiesta continua de niños y padres en la calle peatonal. Le parecía increíble la forma en que los padres llegaban a hacerse insensibles a la ruptura de la barrera del sonido provocada por sus hijos. Y apenas sin inmutarse mantenían las conversaciones entre sí como si el griterío que les acompañaba fuera un eco lejano en un valle imaginario de la tierra media. Lejos, lejos de la realidad. Pero él, ni era padre, ni vivía en la tierra media, ni estaba sordo. Fue en ese instante de mayor indignación, fruto, en el fondo no de los niños, sino de su propia convicción de que no haría ya en el resto del día, que comenzó a dar vueltas por la casa ingiriendo un melocotón y regando las plantas al mismo tiempo.

     Tuvo que pasar tres veces por la cocina para percatarse que la sombra de las cortinas sobre la mesa no era la correcta. Se detuvo y vio brotar los rayos de sol de repente en el original mantel de la Torre Effeil. Se giró hacia la puerta pero antes de salir volvió con rapidez la cabeza hacia el mismo punto y esta vez sí los vio esconderse. Sus cabecitas modificaban las sombras habituales del día. Como felinos en época de caza… ahí estaban los típicos niños que, cansados de los juegos habituales, habían decidido ponerse a explorar el territorio en busca de aventuras e historias inventadas. ¡Qué mejor que espiar al vecino friki!, ósea a él.

      Una sonrisa se dibujó en su rostro a la vez que se escondía en el pasillo y dejaba con cuidado la regadera en el suelo. Quizá también él pudiera divertirse un rato. Al fin y al cabo hacía meses que no veía una buena peli de miedo. De repente por arte de magia, sus pensamientos se pusieron en orden, maquinando… Dejó caer el hueso del melocotón y dejó de sonreír.

Platanias: primera línea.

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   El hombre de la mesa de la izquierda se rascaba entre los dedos de los pies mientras acababa su segunda jarra de cerveza. En la segunda línea del chiringuito, donde empezaba una fila de hamacas, una pareja recolocaba las mismas orientándolas al sol. No se habían dirigido la palabra en las dos horas que llevaban allí. Él concentrado en su libro y ella en su smartphone. El diálogo entre la madre e hija que tenían situadas detrás no era mucho mayor. La pareja más joven de las hamacas de la derecha también se hallaban enfrascados en sus individuales quehaceres. Ella leía la historia de los Banu Qasi y él no dejaba el smartphone ni en sueños. Pero ellos, al menos de cuando en cuando, intercambiaban entre sí una sonrisa y un pequeño diálogo que parece les ponía al tanto de sus impresiones del momento. Ella, además, tenía una pequeña libreta en la que a ratos realizaba una serie de anotaciones.

   A Sofía le llamó la atención el hecho de que aún utilizarán el clásico libro y la clásica libreta fuera de cualquier connotación tecnológica. Pero sabía que sí, que todavía había extranjeros que disfrutaban del antiguo placer del tacto de la hoja y el bolígrafo. Sofía disfrutaba igualmente de analizar a todos ellos escrutando hasta el mínimo detalle de tal forma que casí (en pocas horas) llegaba a tener una idea bastante aproximada de la personalidad de cada uno de aquellos huespedes temporales. La que había estrenado bañador, la que estrenaba retoque en el rostro, el que estaba a dieta, los que estaban al borde de la ruptura, los recien enamorados, los ancianos bien avenidos, las amigas juerguistas… Todos, sin saberlo, se desnudaban por dentro y fuera para la discreta camarera del chiringuito. Una sonrisa dulce cuando entregaba el cambio escondía otra secreta y mordaz. Esa gente eran su entretenimiento, vivía a través de ellos la mayor parte de las horas del día. Con ellos y por lo que evidenciaban con total simpleza, ella traspasaba las costas de la isla. Mientras esos inocentes turistas se relajaban hasta el punto de olvidar sus verdaderos «yo», Sofía se apropiaba mentalmente de sus ansiedades, de sus preocupaciones, de sus miserias y anhelos. Los veía levantar sus miradas, contemplar el mar en el horizonte y era capaz de descifrar cada uno de sus pensamientos. Lo que luego hacía con ellos, cual ladrona de guante blanco, sólo lo sabía ella. Fantasías al fin y al cabo.

   Ella no se creía tan vulnerable como ellos. Pero desde el chiringuito vecino Sofía era tan observada como el resto. Entre unas cortinas que escondían la camilla para masajes del resort, un rostro frío y sereno la contemplaba en silencio. No era por curiosidad, no era por conocer gente, no era por dejar volar los pensamientos. Él sabía lo que quería y la quería a ella. En aquel pequeño espacio no entraba el sol, ni el mar, ni el horizonte, sólo la oscuridad de la desdicha. Oh, pequeña.

El caballero y el amor.

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     Desde que la conoció la evitaba. No la soportaba. No era ella sino lo que todo su ser representaba. De dónde venía y de quién había nacido. Sólo imaginar de quién era hija le producía dolor de estómago. Él quedó maldito, precisamente por su gente. Con todas y las mayores virtudes de un caballero, de un príncipe, pero maldito para sentir. Sin saber qué es amar, qué significa compartir la vida, los deseos, los anhelos, con otra persona. A él todo aquello no le estaba permitido.

     Y por fin podía culpar a alguien. Durante años se había centrado en ser el mejor guerrero, un líder querido pero también respetado. Había pasado por encima de su maldicion con indiferencia, disfrutando del sexo, de un encanto que sabia atraía y provocaba por igual. ¿Qué más daba?. Era consciente que eran muchos los que morían sin conocer el amor, luego no debía ser algo imprescindible en la vida.

      Sin embargo, llegó ella y todo el rencor, toda la rabia contenida, afloró a él con una intensidad de la que el mismo no daba crédito. No podía amar pero podía odiar, o al menos eso así lo sentía. No era de muchas palabras pero había procurado hacerle ver a ella su desdén, su desprecio. La misión había reunido a multitud de representantes de las distintas zonas y pueblos en peligro, juntos contra un mal mayor que sus propias diferencias. Las discusiones y los encontronazos a la semana del viaje eran tales que el sabio mayor les había prohibido a ambos dirigirse la palabra, siquiera mirarse en la medida de lo posible pues perturbaban la paz del grupo y el ánimo de la gente. Debían entender que, les gustara o no, estaban juntos en ese momento.

       Y él lo entendía, pero no podía evitar buscarla. Y ella era capaz de provocarle con solo mirarle, con solo levantar una ceja o torcer con ironía sus labios. Todo su equilibrio, todo su raciocinio, parecían perderse ante la presencia de aquella mujer. Llegó un momento que sintió hasta vergüenza de sí mismo por encontrarse pensando en ella en todo momento cuando debía estar organizando la defensa, planeando algún ataque o buscando alguna pista. Ella siempre estaba allí, en su mente. Y entonces levantaba la mirada y la buscaba. El poder de ella era grande, controlaba importantes aptitudes, sobre todo con la naturaleza y los animales, pero no dominaba la brujería así que era imposible que lo hubiera hechizado. Tanto la observaba que no tardó en percatarse de que no era el único. Sin duda era bella, cautivadora. Había que entender, por tanto, que tuviera admiradores. La deseaban, claro. Enfundada en trajes masculinos que dibujaban sus curvas y con colores tan oscuros que contrastaban con su ondulada melena rubia. Esos ojos azules brillaban con intensidad y destacaban en su tez morena. Los hombres se volvían torpes cuando la tenían delante, la adulaban ridículos y la respetaban. Cuando lo miraban a él esos ojos no brillaban, diría que podían abrasarlo con la misma potencia que unos de los tres soles de primavera.

      Hacía días que uno de los señores del Sur no desplegaba sus tonterías ante ella y por ese motivo él lo vigilaba aún más. Ni él ni los suyos le inspiraban confianza. Entonces se percató, ¿dónde estaba él?. ¿Y dónde estaba ella?. Tiró de su fiel compañero y fueron hacia las tiendas. Los vieron salir por atrás. La llevaba atada, medio desvanecida quizá por alguna droga y al verles puso la daga en el cuello de ella a modo de amenaza. Sabía que, sin ella, la misión no tendría sentido. Y a él se le heló la sangre, no podía perderla. No así. Todo pasó muy rápido, tanto que las décimas de segundo que él tardó en atravesar con su flecha la cabeza del traidor no fueron desperdiciadas por sus compañeros para reducir al resto de los cómplices. Cuando quiso darse cuenta la tenía en brazos, ella tenía sus miembros paralizados por algún motivo pero le miraba sin quemarle, con dulzura, agradecida suponía.  Se fue reponiendo y le susurrró «yo no soy mi madre, yo no soy ellos, yo soy yo y tú no me conoces».  Volvió la calma, llegaron las lamentaciones y los ajustes al grupo. Y él seguía pensando en ella. Estúpido, la deseaba. Deseaba volver a tocarla. Y poseerla, hacerla suya. Creyó perder la cordura.

      Nunca lo había hecho, jamás se lo había planteado ni preguntado a nadie. Una jornada, al alba mientras vigilaba con su leal amigo lo hizo. «¿Qué dirías tú que es el amor?», le preguntó. Y el otro rió tan sonoro que temió despertara al resto. Lo miro sorprendido. «Tú ya lo sabes», le contestó. «Las maldiciones se vuelven contra aquellos que las lanzan. Ella la ha desecho. Amor, amigo mío, es levantarse pensando en una persona y acostarse también con ella en la cabeza. Vamos, una verdadera tortura que va pasando a medida que sacias el deseo que ella te produce. Hay quien aventura que dura toda la vida. Pero no siempre es así. Esperaré a que tú me lo cuentes».

     Entonces era cierto, la amaba.

El alma en vilo

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Cuadro de la exposición de fin de año en el claustro de San Francisco (Sorrento- Nápoles)

     Y así estaba, suspendida en el aire, pensando en si llegaría o no ese momento, esa situación que desvelaría el siguiente paso que dar. No quería mostrar una preocupación aparente pero comenzaba a resultarle muy difícil conforme avanzaban los días. Y lo incierto no hacía acto de presencia, no se mostraba, pues podía llegar o no. De ahí su inquietud por conocer el resultado final. Se veía entonces tontamente atrapada, sentíase estúpida por no haber preparado otra alternativa para su fin. ¡Qué incauta!. Las probabilidades de seguir atrapada en aquel claustro aumentaban, así que sin apenas darse cuenta y cuando las monjas no la veían, al llegar el anochecer mientras el sol se ponía tras las arcadas, comenzó a coser las alas. Imitando las de los ángeles del retablo que elevaban a la purísima concepción con el señor, podía hacerlo hasta con los ojos cerrados. Pero las suyas eran mucho más delicadas, la textura de los hilos era tan suave que el tacto evocaba al ave más delicada del firmamento. Su traje de paloma sería blanco como no podía ser de otra manera. No veía el momento de vestirse con aquellas alas. Apenas dormía pues un reloj interno la desperteba al alba, justo antes de que los primeros pájaros trinaran, antes del inicio de sus juegos, cuando el día despertaba y alzaban su vuelo besando al aire, sencillamente viviendo. Ese era su objetivo, por supuesto. Ceñía en esas horas tempranas sus alas cruzando las sujecciones a su cintura, atando sus extremos a sus muñecas, de modo que al levantar los brazos las alas se desplegaran por sí solas. Era prudente, por supuesto, no quería acabar como Ícaro cuando con su padre intentó escapar de la isla de Creta. Ni demasiado alto, ni demasiado bajo, como la vida misma, así debía ser su vuelo.

     Pasaron los días, lo incierto no llegó y sin embargo sus alas estaban listas. Eran tan bonitas, la llenaban de orgullo, eran su tesoro. Nunca tuvo ninguno, tampoco había tenido secretos. Ahora tenía ambas cosas. La altura desde el campanario era precisa. El viento era cómodo, brisa ligera que la ayudaría en su despegue. Jamás desobedeció una orden, jamás mintió, sí ocultó. Ocultó anhelos, sentimientos que ahora brotarían y que nadie lograría entender. La espera tocaba a su fin. Y una vez más, al alba, los pájaros despertaban y desde allí, en lo alto los vió llegar hasta ella. La saludaban, la invitaban a alzar por fin sus alas y volar juntos. No los hizo esperar ni un solo instante. Así fugaz, como el tiempo, pudo ser feliz.

Esa calle que respira…

          Hacía tanto tiempo que no visitaba el barrio que, al girar la esquina y contemplar el inicio de la calle, se quedó estupefacta. La calle escupía vitalidad.  Apenas podía ver su final. Seguía siendo una arteria principal de la ciudad, antigua, vieja, pero todavía relevante. Inmigrantes y gente de toda la vida le imprimían ese carácter auténtico. Pudo comprobar que las más importantes franquicias tenían sede en la vía, peatonal por fuerza. Entre empujones y escrupuloso análisis de carteles comenzó a sentirse de nuevo en casa. Habían pasado más de treinta años pero todavía podía verse correteando tras sus primos, entrar en el mercado saludando (de niña era más simpática) tras su madre, acompañar al estanco a su padre… Incluso pasó por el lugar donde escuchó la palabra «puta» por primera vez en su vida. Ella desconocía su significado, sólo había defendido a su primo de otro niño que quería arrebatarle su juguete de soltar burbujas, pero por el tono de la palabra en cuestión se consideró altamente ofendida. Y ahí estaba, ahora había una floristería donde antaño era la mejor pastelería que conoció jamás. Recordar aquellas palmeras de chocolates, esas brevas (que sólo le permitían tomar en los paseos del domingo), casi podía volver a saborearlas. Lástima, por un momento creyó que podía volver a probarlas. En el fondo había acudido a hacer un recado tonto y se estaba deseando llevar por absurdos recuerdos. Pero era un hecho que aquel paseo le estaba inyectando una buena dosis de ánimo. La calle palpitaba por sí misma, las ventanas de los edificios respiraban y la gente interactuaba con todo ese entorno de tal forma que cualquiera que pasaba por allí debería integrarse o morir.

El reportaje inconsciente.

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Intensidad, sin duda, es lo que más llamó su atención al ver las fotos.
Intensidad de lo vivido, de lo sentido, de lo amado en todo este año. Fue un año duro, desilusiones, frustraciones y despedidas. Difíciles despedidas. En aquellas fotos estaba su lucha, inconsciente pero evidente. La vida seguía y ellos así lo habían ido reflejando. Aquellos libros eran un resumen de todo lo acontecido, el diario de sus vidas desde el minuto uno. Y había alegría, había emociones, un ejemplo de saber vivir sin desaprovechar ni un sólo instante de esta efímera existencia. Al verlas, una a una, asumió aquella curiosa evidencia que era suya aunque hasta ese momento no lo había visto así. Y dio gracias a Dios, se paseó por un instante por todas la iglesias católicas, anglicanas, protestantes, templos hindúes y mezquitas que había visitado, a lo largo de su vida, en sus viajes. En todas estaba la presencia de ese ser superior al que debía, como humana, agradecer el haberle otorgado la suficiente lucidez como para apreciar el paso de los días, el transcurso de los minutos, las horas, el deterioro de su propia piel, los efectos del cansancio de su cuerpo. Sentirse anciana, sin serlo. Y por todo ello, vivir, vivir y vivir. Agradeció tener montones de aquellos libros de fotos que no eran otra cosa que el reflejo de su vida. Lamentó entonces que su abuela tirara todas fotografías de la suya. ¿Por qué lo había hecho?. ¿Por qué borrar su recuerdo para ella y para los que la sucedían?. Le angustiaba pensar que era arrepentimiento o vergüenza, no tenía otro sentido. Salvo que el sentido fuera otro,… no ver lo que ella veía ahora en los suyos, ese paso del tiempo. Y por tanto negar ese hecho con la destrucción material, que no real. Negar lo que venía, el paso a otro estado no deseado en el que, desde luego su abuela, no creía. Estaba segura que no era por olvidar u ocultar, sino por frenar esa evidencia temporal. Ambas entonces se agarraban a la vida, pero lo hacían de forma distinta sin duda. A veces, ella incluso tenía la impresión de acelerarla, de ir por delante. Quizá unos veinte minutos antes de la hora que señalara cualquier reloj. Antes, ella ya había llegado. Se sintió orgullosa de su ventaja y decidió seguir aprovechándola.

El abismo

Le daba miedo bajar. La pendiente era enorme para él. Estaba seguro que no era así en la realidad, que sólo existía una leve inclinación. Sin embargo, para él asemejaba la bajada a la laguna Estigia. Pero si Caronte cruzaba por ella, con las almas de los muertos a cualquier hora, qué no podría hacer él. Tal vez le faltaba esa razón de peso. Y es que no le iba la vida en ello. Bajar o no. Descender a ese nivel o no descender, esa era la cuestión. En esta absurda existencia ya nadie se mueve a cambio de nada.

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El atardecer

No sabía qué podía hacer para huir de la cárcel que ella misma había fabricado en torno a su persona. Como una ilusa había creído que,siguiendo las pautas que marcaba el resto de la sociedad, llegaría a ser feliz. Y aún teniendo todo a lo que una persona podía aspirar hoy en día se sentía incompleta.
Le bastaba escapar unos días, mirar al mar, respirar profundamente y pensar que jamás podría llegar a controlarlo todo. Que justo ese momento, ese atardecer, era el suyo, el de verdad.
El mundo era demasiado grande y su vida demasiado corta para dejar una huella en cada pradera, en cada corazón que había conocido. Y los amaba a todos, sin excepción. Había visto su pasado navegar sobre las olas a una velocidad pasmosa. Y había empezado a sentirse vieja pero poderosa, sabia. Ya no quería ser igual, tampoco mejor. Anhelaba ser diferente. Envidiaba a los antiguos filósofos que pasaban horas reflexionando sobre el ser, la razón, la existencia de los humanos, casi meros animales hoy. Cuán poco había evolucionado la especie, siempre tropezando en la misma piedra. Por un momento creyó ser capaz de recorrer los continentes con sus sandalias romanas y una vieja mochila, pero hasta eso era ya vulgar. Sólo tenía su mente para navegar y gracias a dios seguía siendo infinita. Lloró de pensar que todavía era capaz de usarla y que no podría serle hurtada jamás.
Miró al horizonte hasta contemplar en la lejanía la isla de Delos, antigua isla de dioses respetada por todas las civilizaciones y cuyas ruinas aún despertaban admiración. Sus míticos leones todavía seguían en pie. Y sus pensamientos volaban y debían seguir haciéndolo mucho tiempo. Debían navegar contra marea aunque pareciera imposible. Supo que no iba a volver, en aquel atardecer de minutos lo supo. Se lo dijo el viento, el agua que salpicaba el mar y el sol que se escondía.

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EN TRANCE

Subir al autobús y no intentar escudriñar al personal es como echarse a la cama desvelado y mentalizarte que no vas a pensar nada, que tu mente quedará despejada de todo pensamiento y podrás dormir como una marmota. Es decir, imposible.
Te sientes mal por pensarlo pero, en el fondo, lo último que deseas es que el señor entrado en carnes y con temblores extraños que acaba de subir en la parada siguiente se siente a tu lado. Es raro, es sospechoso, no te gusta. Te angustia y te haces a un lado hasta donde la ventana del vehículo, salpicada de suciedad, te lo permite y comienzas a mirar un paisaje que conoces de memoria para apartar tu rostro de esa persona. Porque es muy probable que, además, huela mal. ¿En qué momento te has convertido en semejante espécimen?. Piensas y piensas más mal que bien. Se te sube el orgullo hasta la coronilla creyendo que eres mejor que el resto, que tu vida es más completa y útil que la de los demás. De cuándo en cuándo sube alguien tan hinchado como tú y competís con solo la mirada. Su ropa, adecuada o no. Su maletín, sin duda, importante. De piel, de marca. Su aftershave y su americana de sastre. Maldita sea, ¿será mejor que yo?. No, claro que no, es mucho peor que tú. Se le ve a la legua, menudo snob.
Y diez paradas después llegando a la parte noble de la ciudad, pasada la avalancha de inmigrantes de la calle x, pasados los carros de compra anticuados de las de más de sesenta años que se empeñan en seguir yendo al mercado porque sueñan que es más barato, pasados los golpes de las mochilas de los más pequeños que se abren paso como bisontes, pasado algún que otro pisotón de tacón de aguja desequilibrado… bajo del autobús. Es en ese único momento cuando llego a la certidumbre de que no soy nadie.
Paseo, camino, avanzo, aparto, despejo la calle de la multitud mañanera sintiendo que hoy hubiera necesitado dos cafés para afrontar el día. Repaso mentalmente las citas que me esperan y me propongo que, además, acabaré dos de los artículos antes de comer. Me ánimo, me jaleo a mí mismo como sí de una final de sí Wimbledon se tratara. Llegando al periódico miro con disimulo a la pobre gente que hace fila ante la oficina del paro. Los veo todos los días pues no me queda otra que cruzar por delante. Me pregunto de dónde sacan esa absurda sensación de que madrugando tanto les atenderán antes, mejor, o que tendrán alguna posibilidad de cambiar su destino. Probablemente una hora más tarde les atiendan igual, con la misma desgana y desinterés. La ruina de todos todavía no es la de unos pocos en los que me incluyo por gracia divina o por haber nacido con una estrella en el culo como decía mi abuela. Y los pocos vemos, oímos, incluso describimos la situación de los muchos para que el resto se haga eco de la misma. Y protestan unos y otros, pero cada uno a lo suyo sin unión ni concierto mientras el país nos exprime y nos líquida. Los pocos pensamos que me quede como estoy, que no me toque a mí. A mí no me puede pasar lo mismo. Desvío el pensamiento a la acera de enfrente. Nuestro futuro también hace fila para entrar en la biblioteca a estudiar unos, a pasar el rato otros y a ligar quizá algunos menos. Atravieso los porches finales sorteando otra fila. Tampoco es la primera vez que la veo. Toca presentar las cuentas anuales en el registro mercantil. Fila de asesores mucho mejor vestidos que los de la primera fila, casi todos mirando sus teléfonos de última generación. También sin querer fijar sus miradas en la calle de enfrente.
A los veinte metros atravieso la entrada del periódico. La chica de la recepción me entrega dos sobres abultados. Uno lo espero con ansia (pequeña compra on line) y el otro será con toda probabilidad otro manuscrito original que proyectos de escritores me remiten, de cuando en cuando, creyendo que yo puedo catapultarlos a la fama. La ilusión, ese anhelo que todos tenemos al menos una vez en la vida de que un sueño puede hacerse realidad. Recordar que tengo ese pequeño poder de cambiar, sea por unos instantes, la vida de alguien, influir en su devenir siquiera mínimamente, me da alas. Meto los sobres en mi cartera y entro crecido a la redacción. En trance con mis propios pensamientos, acostumbrado el resto del personal a que no les salude hasta bien pasada la mañana.
Asimilando las noticias en la red, conectando con nuestra agencia. Cerciorándome de las verídicas, de las absurdas, de las increíbles y de las influyentes. Contrastando datos con la historia, mi único punto de partida. ¿Quién decide lo que hoy tú vas a saber de la realidad que acontece en tu vida?. Entre muchos otros, yo lo decidiré.
Y entre tanto procedo a limpiar mi bandeja de entrada de spams colados y otros de consentida publicidad para dejar paso al correo útil. Es en ese instante cuando me percato que no me he quitado ni la americana y el calor me aborda en el rostro como si, en vez de estar ante la pantalla de mi ordenador, estuviera ante una chimenea.
Mientras me aligero la ropa echo un vistazo a mi alrededor.
Cada vez somos menos y nos conocemos demasiado. El interés del saludo diario casi se ha perdido porque, entre otras cosas, nos importa bien poco lo que le pase al compañero. Yo no tengo amigos en el trabajo, sólo compañeros. Y es algo buscado. Lo he evitado siempre, sobre todo con el sexo femenino, y me ha ido bastante bien. Prefiero ser arisco, huraño o simplemente raro. Mi vida está fuera de este recinto. Con curiosidad he observado con los años que esta actitud, en vez de granjearme enemistades, me ha cubierto de un extraño halo de admiración ajena. Soy esa persona que el de al lado tiene tan cerca, día tras día, pero nunca llega a conocer. Exquisito en mi profesión, rígido e imparcial. Lo que digo lo digo a la cara pues tengo que perder bien poco de lo que le parezca a la otra persona mi opinión. Por otro lado, me sé intocable en la redacción. Mi firma en este periódico es tan importante como la del director y si aquí la despreciaran la recibirían pronto en la competencia. El don de gentes, la hipocresía, me sobra. Por ello desprecio a gusto el café que tan gentilmente me sirve el nuevo becario peloteando. Es la tercera vez que le informo que no tomo café en la oficina y que, si lo hiciera, podría yo mismo ir a por él. Miradas y gestos cómplices de «ya te lo dije». Pero siempre hay alguien que lo sigue intentando, que sigue creyendo que puede llegar a mí.
Me siento y ocupo mi espacio tranquilo mientras reviso la pantalla del ordenador. Algo se cuece. Sí, se fragua la noticia. La pericia del buen periodista es estar en poder de esa noticia horas, minutos, antes que los demás si queremos convertirla en primicia. Y la única manera de conseguirla es observar.
Observar y contactar con la persona adecuada. Y en este caso sí que es importante tener amigos hasta en el infierno. Hoy el infierno es la Agencia Tributaria. Cualquier persona puede formular una denuncia y esta administración tiene o debería tener la obligación de abrir un expediente que investigue los hechos denunciados. En tiempo de crisis el deber de recaudar aumenta y si alguno lo pone fácil mejor todavía. La última moda es investigar a nuestros políticos y siempre sale algo. Lo previsible comienza a aburrirme pero el artículo es mío.

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¿Azar?

  

    Contemplaba desde la cubierta de la segunda planta la extraña forma que los motores del ferry daban a las olas. Nuestro barco cortaba el mar Egeo como una sierra corta la madera. Esa marca se impregnaba con enorme fiereza y sin embargo, al poco tiempo, desaparecía y el mar recuperaba su oleaje sereno. Interrumpíamos su calma como mis pensamientos eran perturbados por el recuerdo de aquellas palabras. Las mismas se repetían una y otra vez en mi cerebro como repiqueteo constante. En tanto las olas rotas querían asemejar ese ritmo neuronal.

   El ferry iba a rebosar de gente ya que era temporada alta. El sol en aquel mes de agosto abrasaba ya desde primeras horas de la mañana. Por ello, aunque habíamos salido pronto de Atenas, apenas las siete de la mañana, todos los pasajeros nos amontonábamos en un mismo lado del barco para protegernos de los rayos solares. Hablo, por supuesto, de todas aquellas personas que, como era mi caso, habíamos comprado el billete económico y no teníamos la suerte de contar con una butaca acolchada en el interior ni con un potente aire acondicionado que calmase el sofoco matutino con que nos obsequiaba el clima griego.

   Pareciera, por otro lado, que esos billetes económicos se vendieran a discreción sin contar con la verdadera capacidad del transporte. Por esa razón no había sillas bastantes para todos y muchos acababan sentados por el suelo o por las escaleras. Yo, ilusamente confiado en los primeros momentos, había abandonado la silla que casualmente poseía, por asomarme por la borda y ahora permanecía como perfecto idiota en el mismo punto mirando el horizonte y pensando donde podría descansar mis pesadas piernas durante aquel viaje de largas cinco horas. Debería haber sido más hábil, pero (y esto es una constante en mi vida), las oportunidades volaban ante mis ojos tan rápido como aquellas gaviotas sacaban los peces del agua.

   Mis pensamientos, en cambio, no volaban. Iban y venían, iban y venían. Siempre desde y al mismo punto. Es decir, sin evolución ni progreso alguno. Esta lentitud de reflejos iba pareja siempre al vuelo de las oportunidades y circunstancias de mi vida. Al mismo tiempo, jugaba con la fea figura entre mis dedos. Era horrorosa, aunque esa debía ser mi única y particular opinión, ya que se vendían por miles.

A mí ni siquiera me parecía que tuviera forma humana. No podía explicarme cómo personas de hace miles de años habían llegado a tan rara conclusión estética de las personas. Por más que la miraba no dejaba de ver una inspiración para un capítulo cualquiera de aquella serie de Expediente X.

Es que era fea, muy fea. De hecho, por la mañana al seguir la luz que entraba por la ventana con los primeros rayos de sol, mi vista se había encontrado con la figura que había dejado sobre la cómoda la tarde anterior. Ese juego de luces y sombras sobre ella me dio miedo. Podía haber comprado el típico burro de Santorini o la miniatura del Partenón, pero no; revolví aquella gigante cesta de anea hasta que mis dedos sacaron la figura. Una igual e idéntica a las que vendían por doquier en todas las tiendas para turistas de Grecia. Fue un acto casi impulsivo. No la quería realmente tener, pero su imagen tan extraña y provocadora me perseguía desde que me detuve frente a ella (la original) en el Museo Arqueológico. Me fascinaba tanto como me repelía. Se suponía que daba suerte y fortuna al que la poseía. Si no era así es que no tenías la original. Evidentemente ninguna era original. Ese tipo de figuritas se encontraban por cientos y de cualquier tamaño en toda excavación que se preciara de ser importante, pero de ahí a comercializarlas, sin duda, se trataba de un bulo.

Sin embargo, nada más descender del ferry algo cambió.

Embriagado de dudas…

  3 de octubre de 1.608

        Aborrecía ese aroma campestre. No debería ser así ya que había nacido y crecido entre esa aura floreal, pero de forma inevitable el olor intenso del polen revoloteando al viento penetraba por sus orificios nasales, suficientemente amplios por herencia paterna, y le llegaba casi de inmediato hasta los pulmones atravesando con terrible quemazón la garganta. Le repelía y el estornudo de después, le repelía todavía más. Cadena de movimientos corporales que escapaban a su control, como tantas otras cosas.

            Michelangelo Merisi da Caravaggio atravesaba la pequeña y escasa campiña de la isla de Malta, huyendo de la capital, entre rabia y humillación, con la ira contenida a fuerza de un aprendizaje forjado y forzado con los años. Una vez más, incomprendido y despreciado salía de La Valetta.

            Si creía Alof de Wignacourt que sería más listo él que sus también perseguidores en Roma, estaba muy equivocado. Algo innato en Michelangelo le hacía estar alerta ante situaciones extrañas. Y extraña había sido la cita que había recibido. Podía sentir el plan, la conspiración, querían atraparle. Pero no lo lograrían. Volvería a huir. Ya se había acostumbrado a no tener hogar, a ocupar las vidas ajenas, a vivir sólo para la pintura y a sobrevivir de su obra. Cierto era, sin embargo, que no había sospechado hasta hacía bien poco, de la ingratitud de Alof. De buen grado se llegaría hasta su palacio y rajaría con el filo de su daga su propia tela. Sí, eso sería en verdad una empresa difícil, pero quizá no lo sería tanto acceder a la Concatedral de San Juan y cumplir su objetivo sobre “San Jerónimo escribiendo”. Y así, borrar la cara del pretencioso Alof de su propia obra, de su creación, ahora mancillada por la imagen del engreído maestre sustituyendo a la del santo.

            De repente se detuvo. No era una buena idea regresar a La Valetta. Pero…¿Y si lo que le habían insinuado del Gran Maestre no era cierto?. ¿Por qué dudaba de él, a priori, tan alegremente?. Hacía poco más de un mes que le había nombrado Caballero de la Orden. Había hecho lo imposible para que Michelangelo recibiera ese honor, ese sueño tan anhelado. Ese gran hombre había rogado al Papa por él. Recuperó por momentos el raciocinio perdido en el altercado de una hora antes, se detuvo y pensó.  Pensó que antes de destrozar su propia obra, debería conceder a Alof, el Gran Maestre, el beneficio de la duda. Y regreso a La Valetta, al palacio. Si bien, en esta ocasión, no entraría por la  puerta habitual, daría un pequeño rodeo. Debía saber quién estaba de su parte en aquella isla que comenzaba a antojársele una prisión a cielo abierto.

            La historia, de nuevo, se repetía.

El paseo en bicicleta

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    Se  arrojó por una pendiente de dieciocho metros con la mochila y el rifle a cuestas.  La posición correcta era fundamental a la hora de rodar. No podía fallar delante de sus chicos. Ellos debían rodar tras él y querían hacerse una justa idea de cómo hacerlo. No podía exigirles que realizaran un ejercicio sin demostrar ante sus ojos que él era capaz de ejecutarlo.

Aquellos recuerdos fluían en su memoria todavía frescos mientras el sudor se deslizaba por la sien como en los antiguos tiempos. Pedaleaba sin pausa y también sin destino, pero esto último sólo lo sabía él y no quienes le acompañaban en lo que prometía ser simplemente una agradable jornada primaveral. Sus hijas, su hermano, su cuñada y su “nueva amiga” le seguían ya con desasosiego y la diversión había pasado a rallar un extraño punto de sufrimiento. Entre tanto, el paisaje de la ribera del Ebro se sucedía cada vez a más velocidad sin apenas tener la posibilidad de contemplarlo. Los fresnos habían dado paso a los olmos pero nadie pudo reparar en ellos ni en la crecida del río que avanzaba sigilosa ganando, en cada choque, un poco más de terreno hacia la senda natural por la que avanzaban al paso firme y marcial que marcaba el hombre que marchaba primero. En un momento inesperado una de las niñas se fue al suelo. Sabía que mostrar su dolor sería un error para su padre pero le palpitaba la rodilla del golpe y las lágrimas habían comenzado a brotar sin control.

–          A la bici, no pares. Ahora no, será peor. – le dijo. Y no era una sugerencia ni una opinión, era una orden.

Todos la contemplaban mudos mientras su padre emprendía de nuevo la marcha. No merecía la pena desperdiciar siquiera saliva argumentando razones para detenerse, al menos, unos minutos. Nadie osaba llevarle la contraria. Pero, durante unos segundos, vio como la “nueva amiga” se mordía el labio inferior reflexiva y la niña supo al instante que no volvería a verla. Sin embargo, no era la autoridad paterna lo que preocupaba a la “amiga” sino el cambio súbito del tiempo. Las nubes y el viento se habían apoderado, en apenas media hora, de aquel paseo. Observó como el río circulaba de forma violenta por el cauce. Y ya no fue asombro o curiosidad lo que sintió, sino temor. Los patos que, hasta ese momento, veían de cuando en cuando junto a la orilla la habían abandonado levantando el vuelo hacía otra zona lejana. El agua llegaba ya hasta el camino y lo hacía con tal oleaje que el Ebro asemejaba al revuelto mar Cantábrico.

–          No deberíamos seguir. – dijo señalando al río.

–          No podemos abandonar, hay que hacer los quince kilómetros y llegar hasta La Alfranca. – Él nunca abandonaba, nunca se rendía. Luchaba hasta consigo mismo.

En esta ocasión, sus soldados no le siguieron y el río no dio tregua a sus objetivos.

El Monasterio (1.101 d.c)

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Se ha sacudido el polvo del camino, se ha quitado el sombrero del viaje y se ha humedecido los pocos cabellos que le quedan apartándolos del rostro. Pero el tiempo de espera le ha hecho perder las ganas de causar una buena impresión al abad. Cuánta desidia, cuánto orgullo disfrazado de pobreza y humildad. Esos capiteles desnudos de ornamentación, esas rudas paredes, esa aparente sencillez no pueden ocultar la monumentalidad del edificio. No le engañan, a él no. Y se rie para sí de esa estúpida regla benedictina llevada al extremo. Cansado de dar vueltas al claustro no se arrepiente de no haberse dejado arrastrar por los ideales de su hermano. Sin duda, ahora se lo hace pagar demorándose en atenderle mientras su padre agoniza en el lecho. La familia ya no es su prioridad, la iglesia es ahora su casa y Dios su único padre. Así pues, sabe que su viaje ha sido en vano.

Le ve llegar envuelto en un harapo blanco, amago de hábito. Sabe sin mirarlo que sus pensamientos son certeros. El hombre de Dios no le mira a los ojos cuando le habla, no le sonrie, ni tampoco le hace mueca alguna. No le escucha. Ese hombre que le evita pero aconseja sin pudor ya no es su hermano. Le invita a orar en su iglesia donde la luz del señor iluminará sus pensamientos. Pero el señor ilumina más allá de esos muros que al abad ciegan de realidad y de verdad. Él le entrega un paquete al que acompaña un sobre y cumple su misión. Abandona el monasterio con menos peso y mayor honor. Se coloca el sombrero y emprende su regreso.

Esquivo viento

Porque los sentimientos a veces son esquivos, o el esquivo eres tú, depende de la situación. Huyes de ellos veloz, a nada que los ves llegar cambias tu objetivo.

Esa neurona que hace girar tu ansiedad tan rápido como el viento de esta ciudad gira la rama del chopo hasta casi hacerla quebrar. Más fuerte en su romper por la periferia que aquí en el centro donde sólo desfila con garra desmedida en la salida de alguna calle a la avenida principal. O, al menos, es donde a mí más me perjudica, el punto en el que debo detenerme y calar mi gorro hasta las orejas.

Y en ese momento parezco atrapado en mí. En ese gesto evito dejar escapar cualquier pensamiento. Y recopilo. A veces, basta un instante fugaz para recopilar toda una vida que siento escapar, que siento que volará un día con el viento. Y atrapo ese cúmulo de sentimientos, de ideas, de vida, al mismo tiempo que oprimo con la lana mis orejas evitando que el aire frío las afecte. Como si sobrevivir dependiera de ello.

Quizá sea así, quizá un gesto fatal condicione el destino. ¿Pero quién esquiva a quién?. ¿El viento a mí o yo a él?. Probablemente él se divierte ante mi temor.