EL ÁRBOL

Aquel árbol formaba parte de su album mental de la infancia. Hoy reconocía que había dejado tantos recuerdos volar, que resultaba significativo sentir algunos impregnados, de tal manera y con tanta intensidad, que sabía con certeza que nunca desaparecerían. Formaban ya parte de ella hasta el punto de que, en su día, fueron forjando su propia naturaleza, definiendo su carácter y esencia.

El árbol adornaba el centro del vestíbulo de la primera planta con orgullo. Cada Navidad contaba las horas que restaban para empreder con sus padres el camino hasta aquel pueblo, que no era el de ellos sino de forma indirecta, pues era el de su tío. En una casa inmensa, señorial, en la misma cuesta que subía a la preciosa iglesia románica, allí siempre encontraba la paz y alegría que, a veces, en el día a día, dejaba escapar tontamente. No había una sola estancia que no le gustara de esa casa. Desde la puerta de entrada, al patio inmenso que cruzaba hasta una especie de pasadizo que desembocaba en el jardín, y de allí al huerto. Adoraba inspeccionar con sus primos todas aquellas cerradas y sucias habitaciones que, en tiempos, habían pertenecido a la servidumbre. Restos de épocas y vivencias pasadas que regresaban con mil historias ante los ojos de unos niños empachados de una fantasia bestial, de aquella que se nutría de una imaginación que no daba tregua al aburrimiento en unos años en los que no existía internet, ni excesos de pantallas.

Antiguos retratos, casi ya fantasmales, viejas casas de muñecas y mobiliario de otro siglo. Sí, era fascinante vivir allí. Hasta las ratas que corrían por el tejado sonaban con cierta absurda melodía. En los dos pisos habitados se habían dividido las dos familias que quedaban, los abuelos en el primero y arriba su hijo, con su loca mujer y los dos nietos que les habían dado. La loca mujer, la hermana pequeña de su madre y su madrina, era el espejo al que ella le gustaba mirarse. Su inocencia no le permitía juzgar con criterio una personalidad como la de su tía, no todavía. En esos años ella era perfecta, guapa, alegre, divertida sin límites, la mujer que le permitía realizar todo lo que su madre le impedía. Sería por siempre, pese a acontecimientos lamentables posteriores, la persona que le enseñó a depilarse las cejas, a maquillarse fina y a plantarse una buena minifalda que mostrara sus perfectas piernas. Ella sí sabía vivir la vida, sin pensar en los daños colaterales, eso sí.

Por eso, adornar aquel árbol con su tía y sus primos, era un momento feliz. La mimaba de tal modo que incluso la anteponía a sus propios hijos. Le hacía sentir especial, ella y también el resto. Tenía una familia privilegiada sin duda. O eso creía ella, ya que aún restaban años para percatarse de que «en todas las familias cuecen habas». El viaje, el adorno del árbol, la compañía, eran ya, con diez años, fotos permanentes en su cerebro. Navidad, blanca navidad, porque siendo como era perfecto ese bucle en su conjunto, allí, en ese pueblo, también nevaba. Y el día de Reyes, bajo el árbol, ante los ojos de todos los niños al despertar, sin pereza, aparecían los paquetes perfectamete envueltos y coloridos, con sus nombres, provocando una emoción sin límites que duraba horas.

Hoy, ella mira el árbol de su salón orgullosa y retrata a su hijo y a sus gatos con él de fondo. Es un árbol blanco, como aquel árbol, aunque pocos sepan por qué.

Escapada y memoria

          Escapada breve, pero intensa.

          Hacía tiempo que ya había borrado aquellos recuerdos de la semana en la que había trabajado en la multinacional del petróleo, con sede en Barcelona, reclamando listados de impagos.

          Había acabado horrorizada, pero no por el tamaño o la conflictiva ciudad, sino por la absurda competencia que imperaba en aquel edificio.

          A los dos días ya había decidido que rechazaría esa “oportunidad”. Había sido la primera ocasión, a sus veintiséis años, que había compartido piso con alguien que no fueran sus amigas. El piso de Barcelona lo facilitaba la empresa y estaba muy bien situado, en plena Diagonal y cerca del edificio de las oficinas centrales. El ambiente allí era irrespirable y no podía con esa hipocresía continua, mucho más acentuada entre las mujeres. No había una de ellas que no le hubiera criticado a alguna otra. Por no hablar del tóxico entorno general, cómo se pisaban unos a otros sin ningún escrúpulo con tal de ganar posiciones frente a la jefa de sección.

          Ella había llegado allí enchufada, como se suele decir, porque su vida necesitaba un cambio, aunque no iba a ser ese. La jefa se la llevó a comer, al tercer día, a un carísimo restaurante. Era buena en lo suyo, claro que lo era. Nunca le faltó la autoestima. Sin embargo, no estaba por la labor de dejarse allí la existencia, por cuatro perras e ir pisando cabezas para subir al podio del estatus. Ya sabía, lamentablemente, que la vida era demasiado breve para eso, su futuro no sería así. Los días restantes cumplió con lo justo y disfrutó de la ciudad.

          Volvió a disfrutar de Barcelona cuando una amiga realizó el curso de la escuela judicial, menudas fiestas.

          Y posteriormente, con él, quien le enseñó a vivir, en cada calle, en cada ola, en cada kilómetro, en cada copa de vino y con prisa.

          Estos tres días con el niño habían sido peculiares, siempre lo eran, porque cada instante era único. Cuatro actividades: ilusión, escalada, fútbol y arte. Y una conclusión, ¡diviértete, sueña, pero no olvides quién eres!

Que, desde Aragón, el cierzo surque tus bosques de acero y fuego.

Fíjate que, a veces, no escribo. Simplemente vomito palabras. Y cuando hay tanto que decir ordenarlas es, sin duda, complicado.

¿Qué me pides paisano? ¿Qué me detenga a mirar?

Detenerse y mirar, hoy en día, es casi un acto subversivo.

Estas líneas no son un estudio, no son una crítica. Son un sentir, un pensamiento y un mensaje que surge de la conexión de un alma con la burbuja que la oprime, una salida y un agradecimiento.

Hace unos meses tu nombre vino a mi mente, un sonido fugaz que no se frenó y que me paseó, en una ráfaga, por toda la ciudad, Zaragoza, como si no la conociera, como si hubiera mutado. Te has convertido en un espíritu que nos aborda sutilmente, que nos desafía a interpretar, a sentir y pensar. Porque no basta con observar una obra, hay que leerla y esa lectura es simbólica. No puede ser de otra forma.

Consciente de que esa lectura, esa interpretación, será distinta según cada espectador todo lo que hoy me rodea es Orensanz.

Huesca es Orensanz, sangre y tierra. Zaragoza es Orensanz, tierra y raza. Barcelona es Orensanz, tierra y extensión. París es Orensanz, permiso para volar. Nueva York, Londres, Roma, Florencia, Tokio o Moscú. Sin pausa, Orensanz es mundo que asombra, es una esfera con vida propia, con fuego eterno.

He cambiado, o, tal vez, me he redescubierto. El tiempo, la materia, el gesto que desprende tu obra hoy me conecta con una realidad que había alejado de mi persona. No era yo, era la época que me tocó vivir. Una época marcada por la velocidad y la saturación visual que ha alejado el arte de nuestra vida. No cabe otra cosa que pedirte perdón.

Desde Aragón, con añoranza, vamos a hacer un viaje hacia tu obra. No es nostalgia, es impulso. Volaremos hasta Nueva York, no de forma física, sino emocional. Esa obra que ha sido puente entre nuestra ciudad y todas aquellas que te han acogido. Asistiremos con el eco de nuestras montañas, con los silencios del Pirineo, con la obstinación de nuestros ríos y la fuerza de una tierra, a veces desértica, que no olvida a sus hijos y que, como ves, despiertan de cuando en cuando la memoria.

Y no acaba aquí. La imaginación es poderosa, es mágica. Participaremos en un gran disparate que cruce tiempo y luz, desde nuestra tierra hasta todas las que sembraste. Sé Ángel que serás uno de los guías.

Un silencio de años


Este blog ha estado en pausa durante casi una década. No porque faltaran las ganas de escribir, sino porque la vida me llevó por otros caminos: el trabajo, la maternidad y el día a día que, a veces, desborda.

En ese tiempo también me adentré en otra pasión: el estudio de un grado en Historia del Arte. Fue un viaje de descubrimiento que amplió mi mirada sobre la belleza, la cultura y la forma en que el arte dialoga con la vida.

Escribir siempre siguió latiendo dentro, como una voz que espera. Pero hubo años en los que las prioridades me colapsaron, y las palabras tuvieron que quedarse en silencio, aguardando su momento.

Regreso con la misma ilusión con la que un día abrí este espacio, aunque con una mirada distinta, más madura y llena de experiencias. Vuelvo porque las palabras nunca se apagan del todo: solo esperan a que les hagamos un lugar.

Si la recuerdas…

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   Recuperar. Ese sentimiento ambicioso. Esa sensación de poder, cercana a un juego infantil. Aún cuando el tiempo parece haber borrado toda huella, el eco de aquella voz rasgada parece perdurar en el aire. Un sonido desafiante que propone una negociación externa y extraña. Pretensión de volver a ser una, completa, superior e ilimitada.

   No han pasado las horas, no han pasado los días y menos los meses cuando ella resurge y pretende, con sólo una mirada, quizá con sólo una idea, arrojar al vertedero de la vida esa estabilidad aparente. No ve las arrugas en su cuello y manos, testigos de un  presente cuya rutina le esclaviza.

    Recuperar, el control de su entorno, la capacidad manipuladora sobre los más próximos. Esa actuación a lo Bette Davis que te deja perplejo. Su intención es sólo esa, volver a tener.

      Escapa porque está cerca. El perro, en la puerta de entrada, con las orejas altas, huele el ascensor.

Crisis de crecimiento

    Tus ojos como platos, tu boca entreabierta, siempre demandando el contacto con mi piel. Tan grande la sensación de intimidad y tan tremendo el miedo a fallarte. Unos días de existencia que provocan la mayor de mis fragilidades y al mismo tiempo desvelan una fuerza escondida en mi antiguo interior, aquél que creía perdido.

    Tu pasión es desmedida, tu curiosidad suprema. Asustas, aturdes y enamoras. Ya no necesitaría salir para ver mundo porque lo veo reflejado en ti y sin embargo te llevaré hasta mi fin y tu principio por sus intrincados caminos de historia, mentiras y esperanza. Sólo tú decidirás el trayecto final y poco quiero saber de tus motivaciones, sólo respirar el aroma del triunfo de saberte pleno.

    En estos días de crisis en mi crecimiento, que no el tuyo, en los que dudo hasta de mi mejor criterio me basta contemplarte para saber que algo bueno debe salir de todo esto y que, en la mayor de las oscuridades, siempre serás la luz al final del túnel.

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El trébol

     Jamás vio un cielo como aquel, unas estrellas tan brillantes en un universo tan oscuro. El estómago le quemaba, la garganta estaba obstaculizada de sensaciones ajenas. Hacía semanas que no dormía y lo que ello conllevaba, no soñaba. Y no soñaba con él, no lo veía, no lo imaginaba siquiera. Empezaba a sentir que su cuerpo ya no le pertenecía, apenas la sangre circulaba ya con fluidez y las extremidades se le dormían. Había perdido la poca fuerza que tenía. Y sin embargo, con todo aquel peso, arropada con una manta de un extraño, en medio de ese valle inmenso donde sólo oía pastar a las vacas y a los caballos, alzo la mirada y veo ese cielo, inmenso, puro y poderoso que le hizo percatarse que no era nadie. Y en esa negación halló la esperanza. Pues todo surgía ante la noche y en horas llegaría otro día y todo empezaría de nuevo. Porque todo era una gran maquinaria que reiniciaba cada amanecer. Qué terquedad absurda empeñarse en repetir lo vivido.

     A la mañana siguiente el paseo fue distinto, ya no buscaba ningún trébol. Era evidente que la flor había tomado forma de estrella nocturna. Y esa había sido su suerte. Se dedicó a la contemplación y disfrutó de semejante simpleza como nunca, quizá porque nunca lo hacía. La vida transcurría ajena a su ser, su persona no era nadie, era prescindible para la existencia general del mundo. Y fue en ese instante en el que, valorando lo externo, comenzó a valorarse a sí mismo construyendo una nueva esencia.

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Leyendas de Olhao

    Cuando salió a pasear tras el copioso desayuno el clima todavía era clemente. Hasta el paseo marítimo llegaba la brisa de la marisma y avanzó decidida hacia el centro de Olhao. Estuvo tentada de entrar al mercado. Éste se dividía en dos edificios idénticos con cierta apariencia islámica, no en vano también había sido territorio de Al Andalus y la influencia era notable en muchos edificios. Le fascinaba contemplar cómo descargaban el pescado y el marisco fresco en la multitud de puestos. El otro edificio se reservaba  para fruta, carne y dulces.

    Sin embargo, esta vez optó por introducirse entre las estrechas callejuelas. Era tan temprano que parecía que sólo los gatos las habitaban. Le llamó la atención cómo la mayoría de los pequeños felinos llevaban collar y se acercaban con confianza entre sus piernas si se detenía a observarles. En el portal de una de las casas incluso existía una diminuta construcción para ellos en la que se advertía a todo aquél que pasara por allí que debía respetar el descanso de estos animales. Sí, no había duda de que los felinos estaban mejor atendidos que la mayoría de los perros del municipio.

    El pueblo tenía una infinidad de callejuelas que conformaban un curioso laberinto. Pese a ello, creía que era fácil orientarse dejando siempre en paralelo el mar. Le encantaba la decoración de todos aquellos edificios de apenas dos alturas y cuyo techo acababa en forma de azotea abalaustrada y sus fachadas se adornaban de baldosas de cien mil formas geométricas y colores. Era una pena que hubiera tantas abandonadas. Andaba con aquellas reflexiones cuando un destello plateado llamó su atención. El sol parecía querer amanecer justo en ese punto brillante. Sin dudarlo avanzó hacia él. Era una estatua. Había muchas en el pueblo aunque esta, desde luego, era bastante particular. Ahí plantada como un árbol en medio de una pequeña plaza imponía un respeto complejo. Se agachó para contemplarla mejor y comprobó que, ciertamente, daba miedo. Cualquier imagen de un niño que no inspirara cierta ternura daba miedo. Parecía, por qué no decirlo, el niño de La profecía. Se acercó a comprobar el cartel cercano que la describía, en portugués e inglés. Contaba la leyenda de un niño, fornido y robusto, de grandes ojos negros que se aparecía por las noches y no paraba de llorar. La mayoría de las personas no salían por miedo al encanto, ya que algunos aseguraban que el llanto del niño podía hasta matar a una persona. Pero había marineros que juraban haberlo visto, incluso podían cogerle en brazos para consolarlo, pero el llanto y su peso aumentaba y cuando lo soltaban en el suelo el niño desaparecía. Olhão lo recuerda ahora con esta escultura metálica.

    Expectante contemplaba la figura que apenas se dio cuenta que una anciana le agarraba el brazo con fuerza. El susto fue mayúsculo, aunque al instante le recordó a su abuela y el susto se evaporó. Esta abuela, que no la suya, gesticulaba con la mano libre y le hablaba en portugués con una seguridad pasmosa de que ella fuera capaz de entenderla. Por supuesto, esto no era así pero se encontró andando por la calle con la anciana del brazo (como también solía hacer con su abuela, «donde hay hijas y nietas no cabe bastón«) intrigada pensando a dónde la conduciría la buena mujer. Dando por sentado que era buena, madrugadora y se encontraba tan aburrida que no tenía mejor cosa que hacer que explicar las leyendas del municipio a la primera turista que encontró. Y así fue. Un par de callejuelas más y acabaron en otra pequeña plaza adornada también de extrañas siluetas. Otro material, forja quizá, otro color, negro cuervo intenso. Niños, cinco niños jugando a la pelota. Y el cartel informaba que el pequeño Manuel se encontraba jugando con sus amigos a la pelota cuando un niño, desconocido para ellos, les preguntó si podía jugar también y todos aceptaron encantados. Después Manuel acompañó a su nuevo amigo a su casa, donde había infinidad de riquezas y tesoros, pero el misterioso niño le dijo que no podía contarlo a nadie. Pronto se percató Manuel que sólo él podía ver a este niño. Al final, antes de hacer la comunión su madre le obligó a confesar estos hechos al sacerdote y jamás volvió a encontrarle. ¿Demonio pillado in fraganti?. ¿O amistad traicionada?. Contempló de nuevo las negras figuras intrigada, demonio seguro. Mientras la anciana gesticulaba algo que ella claramente entendió como «hija mía, historias de aquellos años«.

    Temerosa de que la abuela, emocionada, la arrastrara hasta la estatua de la sirena que ya conocía, le señaló el reloj de la muñeca y le indicó que debía seguir su paseo. Ahora la abuela portuguesa formaría parte de su particular leyenda.

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Etérea.

    Recuerdo la sensación fresca en la planta de mis pies al avanzar sobre las baldosas del templo, era una sensación fabulosa. Me encantaba descalzarme como ellos, veía tan estúpido estar allí y no hacerlo. En sólo un instante te sentías integrada con el edificio, con las personas que lo recorrían, con un pasado memorable y con ese presente. Tocar, palpar esos relieves y deslizar las yemas de los dedos entre sus líneas, seguir con ellas el dibujo de las decoraciones florales. Era, para mí, conectar con un mundo de ensueño, estar dentro de aquel cuento de fantasía sin ser una mera espectadora.

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    Avanzar descalza era la mejor forma de desprenderte de tu vida anterior. No abandonarla pero sí filtrar, de alguna manera, lo positivo. Nada perturbable asomaba a tus pensamientos mientras cruzabas unas salas de extrema pureza. El blanco del mármol ahuyentaba el humo oscuro hacia las cúpulas abiertas y lo diluía entre las nubes. Así pues, desaparecía toda sombra de duda. Y deseaba más y más, incluso girar sobre sí misma, volver a pisar una y otra vez aquellas baldosas que inyectaban de forma inmediata vida a mis venas. Notaba circular la sangre a través de ellas, desde la punta de mis dedos hasta la neurona más apartada de mi cerebro. Me sentía extremadamente ligera, delicada, como algo fuera de este mundo, etérea…

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El monstruo de las galletas.

IMG_5061        «Escribir de Nueva York en un libreta de Londres puede parecer extraño, pero en mi caso es habitual. Quién sabe dónde estaré cuando escriba en mi libreta de Nueva York. Trajimos una maleta de más y a dos días para el regreso aún no hemos comprado nada. Eso sí que es absurdo. «

Pasados esos dos días, puedo confirmar y confirmo (en el mismísimo JFK) que llevo la maleta a rebosar. Yo misma estoy a rebosar y pensando en que debería coserme la boca si quiero adelgazar todos esos kilos que no he pesado jamás y parecen haberse afincado en mi cuerpo estos dos últimos años. El degustar toda la comida internacional esta semana tampoco ha ayudado demasiado. Pero lo que definitivamente me ha matado y convertido en el monstruo de las galletas son las cookies de Levain Bakery. Hechas por los ángeles son un verdadero pecado en el que recaímos por un total de tres veces. Una experiencia que nunca borraré de mi viaje a Nueva York.

Gratamente sorprendida con la educación de la gente en cualquier lugar; museos, metro, tiendas, restaurantes… Un esfuerzo por agradar que aprecio (casi) perdido en mi ciudad. No puedo dejar de recordar la cena en el restaurante Kang Ho Dong Baekjeong, en el barrio coreano, al ladito del Empire State. A nosotros nos pillaba a unos pasos, pero merece la pena degustar una barbacoa tan original como esta. Eso sí, puede parecer una clavada, pero amig@ estás en Nueva York y en que sales de la burguer es lo que hay. En ese aspecto, sobre todo para los españoles amantes del vino, el precio del mismo resulta desorbitado. Por lo demás, restaurantes hay cientos, miles y de buena calidad. Basta echar un ojo a los buscadores más conocidos de la red y seleccionar los mejores valorados de la zona que te interese.

Fuera de este escueto apartado gastronómico aconsejo estudiar con mucho detenimiento los días que dura el viaje y lo que se quiere visitar a la hora de decidir si conviene más la City Pass o el New York Pass. Si al menos estás siete días,  como nosotros eres de los que les cunde el día y sabes manejarte con el metro, el New York Pass es una buena opción. Ojo, no en todas atracciones ahorras tiempo ya que, pese a tener la tarjeta, harás igual fila (otra) para el ticket de rigor. Reconozco que, en ese sentido, me ha decepcionado el funcionamiento del Pass ya que, una vez adquirido el mismo, se supone que ya has comprado todos los tickets que lo incluyen y con instalar un lector de esta tarjeta en cada atracción debería bastar para acceder a las visitas (véase por ejemplo como funciona en Venecia). La organización debería ser más fluida. En cualquier caso dependerá de la hora o la época del año el encontrar ciertas atracciones más saturadas.

Recomiendo quitarse lo principal (Empire State, Estatua de la Libertad, Top on the rock…) los primeros días de forma que el resto te dé para patear y vivir la experiencia de la ciudad como es debido. No esperes pasear entre calles de historia y pasado impresionante. En Nueva York tu cabeza se  nutre de las imágenes que las series y películas americanas que nos tragamos desde hace generaciones. Detente en el Museo de la Inmigración para comprobar que, pese al patriotismo posterior, este país lo construyeron los inmigrantes europeos. Y por cierto las calles, los puentes, el metro y los barrios periféricos necesitan más que un repaso y lavado de cara.

Harlem puede ser apasionante y no precisas reservar ningún tour para escuchar godspell . En cualquier iglesia serás bienvenido, toma algo en sus pubs y visita el Apollo. Tanto este barrio como el latino o Brooklyn tienen sus propios museos. De todos puedes sacar alguna impresión importante. Pasea sin miedo por la ciudad, toda ella, no te quedes sólo en la casa de la protagonista de Sexo en Nueva York o en el Puente de Brooklyn que, por cierto, deberían cerrar y acondicionar. Ve a correr a Central Park.

Si te toca algún día de mucho frío o muy caluroso no lo dudes: resérvalo para los Museos, a ellos de cabeza. El Moma y el Metropolitan, aun cuando no te interese el arte, los considero imprescindibles y los demás optativos para los que somos más curiosos de la historia o arte contemporáneo. El de Historia Natural, antiguo pero interesante. Llama la atención al vitrina de los animales próximos a la extinción. Dan ganas de llorar. La Biblioteca Pública es una maravilla. El Intrepid (portaaviones y submarino) también merece la pena para los que no vivimos de cerca el mundo del ejército. El Whitney también es una maravilla y tiene un mercadillo al lado para picar exquisito. El mercado de Chelsea, según el día, saturado. Pero el paseo por High Line lo vale.

Puedes quedarte parad@ dos minutos en Times Square deteniendo tu tiempo para comprobar lo imbuidos que estamos de consumo y apariencia. Esos instantes de reflexión los rompes con un hot dog callejero y para los amantes del deporte o musicales, tirad de internet y reservar con antelación.

El Memorial de las torres gemelas lo dejamos para el último día. No era algo que nos llamara demasiado la atención. Pero, sin duda, sorprende por cuanto está hecho con una delicadeza y respeto asombrosos al suceso en sí. Inevitablemente te trasladan al momento y lugar donde tú viviste aquellos hechos, recordarás tus impresiones y vivirás la de los americanos.

Una nación poderosa, orgullosa de sí misma y algo pretenciosa. ¿No van y me dicen en un folleto que la Catedral de San John es la catedral gótica más grande del mundo? De estilo gótico puede, pero señores, gótica… como tal va a ser que no. Que nadie espere las vitrinas de Oviedo o de la Sant Chapelle, ni los muros de Toledo o Burgos, ni sus piedras, ni su historia… Un edificio de 1892, señores, no es gótico en esencia, ni por tiempo ni por materiales.

Pero oye, el que no tiene historia se la inventa. También lo he comprobado en otros lugares como Singapur. En fin, se quieren y se creen el centro del mundo. Probablemente lo sea o así se nos ha metido en el subconsciente desde que lo visitó King Kong. Es un hecho que aún les faltan siglos para equiparse a otros antiguos imperios, pero a día de hoy a todos nos encantaría tener un loft en la city….;)

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Winter is coming…

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    Estos preciosos días de otoño, llenos de melancolía, niebla, humedad, en los que pierdes media hora con la plancha de pelo para llegar al trabajo con tu melena al más puro estilo Jackson Five o arriesgas tus huesos en un resbalón absurdo sobre una hoja mojada. Oh sí, qué bonitos son. Y es que, a pesar de ese tipo de incomodidades, lo son. Descubres colores que ni sabías que existían salvo que hayas estudiado la teoría de Chevreul, todavía el frío no penetra por tus tímpanos poco respetuoso, paseas con el perro en modo meditación on y compras castañas para asar mientras ves la serie de zombies. Aún quedan días para ese tema importante que debes rematar en el trabajo, para los exámenes si te sigues formando o para cualquier otra prueba de fuego; son esos días que a veces no eres consciente que debes aprovechar al cien por cien ya que, como la mayoría, volarán antes de que te percates de ello. Esos son los días de otoño.

    Se está antojando, sin embargo, un otoño intenso. Incluso fuera de esa órbita personal que se llama mundo. Un mundo que se presenta descontrolado. Noticias del horror de todos los días superadas, sólo y esta vez, porque rozan nuestra occidentalizada y aparenta correcta existencia. Porque, como ya dije en twiter, podía haber sido yo. En ese restaurante o sala de París podría haber sido yo, en esa playa de Tunez (donde me picó la más gigante de las medusas) también podría haber sido yo, en aquella estación de Atocha o en esas calles de New York. Y no porque viaje en extremo y cuando puedo, sino porque somos todos, aquí, en Siria o en China, todos somos todos. Todos personas. Días otoñales en lo que parece que hay que andar con pies de plomo y no por resbalar con la citada hoja caída, sino porque incluso si apareces muy sonriente en esa foto de la Torre Effeil que has colocado por solidaridad puedes ofender. Puedes ofender por ser española y apoyar a Valentino Rossi. Puedes ofender con según que comentarios a ese amigo catalán que olvida antaño fue un simple súbdito de tu reino, sí ese que nunca tuvo y al que cortésmente se le otorgaron fueros. Puedes ofender si crees que jamás debió crearse un estado como Israel en terreno ajeno. Puedes ofender si opinas que lo que pasa es culpa nuestra, consentida, votada, alimentada día a día por nuestros representantes… En definitiva, veo miedo y carencia de libertad en un mundo que se me antoja cada vez más radicalizado, leo barbaridades, auténticas mentiras históricas y pretensiones de actos futuros que me horrorizan. Algo se nos va de las manos y tarde o temprano nos va a reventar en la cara. ¡Qué irascibilidad!, ¡qué incomprensión!. Y lo que es peor, con pena, me incluyo en ambas, irascible y radical. En vez de unirnos, nos separamos. Esto es un hecho, a todos los niveles.

    Este otoño siento aquello de …»winter in coming» como algo muy real y huir parece complicado. Sólo volvemos a tener la fantasía como vía de escape. Ese mundo al que puedes entrar de un salto como hacías de cría simplemente con encerrarte en tu habitación y subir el volumen de la música a tope. Trasladarte con las notas o con tu mente ya era una elección más simple. Ahora, en cambio, parece complicado. Las canas o las preocupaciones son otras. Lo tienes todo y nada a la vez. A veces en un instante te sientes así, y todo es nada. Perdida sin saber lo que realmente importa, como el resto del mundo. Así parece estar la vida, desbordando. Tanto que ni en Fantasía nos dejan entrar.

Melodía de existencia

    Musica é…. lalallalalala lala….

    Llevaba una semana danzando al son de distintas melodías… Había descubierto a Louane en La familia Belier y a los dos días me había descargado todas sus canciones, la banda sonora y más… Tenía talento sí, la chiquilla, aunque quizá había influido el hecho de que nunca (hasta ese momento) me había llamado la atención la música francesa. Era, sin duda, un bonito idioma. No como otros que, sin que nadie se moleste, parece que hablan con un plátano dentro de la boca.  Y como ya decía Carlos I de España (V emperador): «Hablo español con Dios, italiano con las mujeres, francés con los hombres y alemán con mi caballo«. Por algo sería, seamos honestos.

     Hice limpieza general contorneando la aspiradora al ritmo de Smooth Criminal y mi caminata diaria con los lereles de la familia Flores. El jueves nos invitaron a un musical. No me gustan nada, para que nos vamos a engañar. En cambio, me pilló receptiva. Sister Act  es divertido y tiene un derroche de color, vestuario y escenarios que bordan la magnífica actuación de sus artistas.También, el pasado sábado, en un arranque juvenil y recuerdos de la Habana me encontré como una loca bailando salsa en un club. A la mañana siguiente me estallaba la cabeza, fue culpa de los mojitos seguro, no pudo ser mi insensatez. O quizá sí.

    En conclusión, he vuelto a sentir la música en mí, si es que alguna vez se marchó. Y he vuelto a comprobar su tremenda influencia. La música es alegría, es pasión, es pesar y melancolía, es una virtud que poseen unos pocos y a través de ellos nos permiten mostrar la más amplia gama de sentimientos que escondemos las personas. A través de la música y desde niña he vivido mis mayores fantasías y anhelos. Sola, encerrada en mi cuarto como cualquier adolescente. A veces aislada, sin que nadie, sólo y únicamente la música te comprenda. A ella contarle todos tus secretos sin vergüenza. Todavía hoy no sé arreglarme sin la compañía de la radio, la música me activa, la música es vida. Siempre hay una melodía paseando por la cabeza. Espero que también en la tuya.

La ciudad en la laguna.

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     La impresión de una ciudad cambia siempre con el tiempo. Dependerá de la compañía, incluso del clima con que la visites. Pero será, en todo caso, tu percepción personal ya que la ciudad en sí, sobre todo Venecia, lleva siglos igual. Ahora un foco de explotación artística y comercial con el turismo, pero desde antaño, un concepto de vida diferente. Y en el fondo un tesoro que esperemos no se nos escape nunca.

     En mi tercera vez en Venecia busqué el olor desagradable y los mosquitos de los que tanto protesta la gente y yo nunca he conocido. Encontré un mosquito traidor y ningún olor extraño. Nada fuera de lo normal en mí recibir, de cuando en cuando, un buen picotazo. Quizá yo planifico demasiado los viajes y nada suele escaparse. Ubicación perfecta pero tranquila, pintoresca pero fuera de lo típico, sin excesos. Así que, de nuevo, fue magnífico perderse entre sus callejuelas y callejones (ojo que no es lo mismo), laberintear y evitar caer al agua. Me sigue fascinando el barrio judío y la zona vecina del Arsenal (este año Bienale), para mí poseedoras hoy de un encanto superior al resto, con algo de la antigua pureza entre sus puentes y escalones. Tampoco desprecio el resto.

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     Con el reto de no estar acompañada por las amigas con ganas de fiesta o con la pareja en busca de ese momento romántico que hay que evitar por devenir forzado (te deberías enamorar antes de navegar o mal te irá), sino por un padre que no se deja sorprender con facilidad y una madre que se apunta a cualquier proposición. Hay que perder el equilibrio en el traghetto (no hace falta pagar ochenta euros por subir en una góndola, vuélvete veneciana@ e investiga las que ellos usan), sí o sí, beber lo que no debes y buscar a La Vieja de Giorgone allá donde inexplicablemente te la han escondido los responsables de la Gallería. Y pasear sola durante un largo rato, impregnarte tú y sólo tú de la esencia del tiempo que todavía recorre las calles y canales (sorteando a las compradoras compulsivas venidas de Oriente, sí aquella tierra a donde los mercaderes venecianos navegaban jugándose el tipo para traer a Europa las telas, los perfumes y los colores más exóticos, ah…el codiciado púrpura).

      La ciudad en la laguna, hoy por hoy, sigue siendo un milagro. Quizá conviene leer un poco de su historia antes de visitarla y saber de antemano que fue antaño un estado poderoso. Poder que con el tiempo pasó y sin embargo la vida continuó en ella sabiéndose eterna. Sobre el agua o bajo ella, Venecia siempre será única.

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Igual opino…

    Se nos ha ido la cabeza, al menos a algunos. O lo que es peor, a muchos. Jamás hablo de política, futbol o confrontación alguna de según qué opiniones. Respeto todas y son temas que me aburren soberanamente. Pero la relevancia que adquieren algunas barbaridades me asombra cada día más. ¿Es incultura, prepotencia o creencia en esa falsa prosperidad que les venden?. Quizá es responsabilidad de todos que, durante años, hemos dejado evolucionar esas ideas absurdas sin decir ni «mu». De igual forma que (no se nos olvidé) se permitió pasear a Hitler sobre Europa para luego llevarse las manos a la cabeza. También él vendía esa idea de «somos mejores», «más buenos», «irrepetibles», etc… No concretaré, ya que no es cosa de unos pocos. Pero lo que más llama la atención es la tergiversación y apropiación de la historia que hacen según qué personas. Lo han hecho desde la base, desde las escuelas, han cambiado los libros, los nombres de los antiguos reinos, escudos, banderas e incluso las fronteras. Lo han hecho a izquierda y a derecha de mi maravillosa parcela de tierra. Eso, amigos, lo hemos permitido ya que no se frenó a tiempo. Y ahora nos encontramos con distintas generaciones que creen, firmemente, que esa es la realidad. Es su realidad, desde luego, no la nuestra. Ello lleva a pensar que o son tontos, o  muy listos. Cualquiera de las dos opciones asusta. Son tontos porque se basan en hechos falsos y a día de hoy para todos es accesible la verdad, al menos la histórica. Basta lanzarse a la aventura y sana práctica de la investigación. Sobran las fuentes históricas, legales,… Cierto es que muchos de los que «abanderan» (sin saber o no querer saber que ni es su bandera, ni su patrón) estas ideas probablemente no saben leer una ley de presupuestos, ni examinar las competencias cedidas a ciertas comunidades para interpretar quién es el responsable o repartidor de culpas. Pero buff… en este caso el poder de la ignorancia deviene amplio, ya que les convierte en una masa más y más manejable (listos entonces). Para muestra un botón, es decir, la sarta de gilipolleces que tenemos que tragarnos si vemos los noticiarios del día o seguimos twiter al minuto (agotador por otra parte). Hace tiempo ya que se concluyó que la disgregación no lleva a grandes metas y es en la unidad donde está la fuerza. Es esto, de nuevo, cuestión histórica. Son precisamente los que nunca tuvieron su propia identidad (por depender siempre del vecino) quienes más la desean. Causa hilaridad, mucha. Probablemente no se dan cuenta que a muchos nos importa un pito semejante agitación. El problema es que se han convertido en cansinos, mucho. Sino te gusta tu país, vete. Pero no seas tan ridículo de inventar uno que nunca existió. Ojo, pero pudiera darse. Todo es posible en esta vida. Es mucho más simple y sencillo utilizar las propias armas que te da la legislación para clarificar e incluso, por qué no, para cambiar situaciones «estancadas». Adaptarse o morir pero, dejen de dar el coñazo, aburren mintiendo y pierden nuestro respeto. En cualquier caso, fuera de las fronteras (por ahora comunes para disgusto de algunos) igualmente hemos dejado «hacer» al estado islámico, y a algún otro, lo que ha querido o ha interesado (tontos también si nos engañamos). De poco sirvió llorar por aquellas ruinas que apenas reflejaban lo que quedaba de raciocinio en un valle de dudas y turbantes. Ahora (y como en las grandes guerras que todos olvidan) nos llevamos, de nuevo, las manos a la cabeza ante el desfile de pueblos enteros por mar y carretera (el avión parece inaccesible).

    Estos mínimos ejemplos (de tantos) de incoherencia de la humanidad me llevan a pensar que, sin casi darnos cuenta, estamos ante el preludio de un nuevo cataclismo mundial. Dentro y fuera de cada país. Y ya sabemos (o no, para los que olvidan el pasado) cómo suelen acabar estos acontecimientos. Me veo inmersa de repente en una gran «pliegue» del tiempo, ya no tanto espectadora sino participante. Por ello, hoy me desahogo. Resulta utópico pensar que sólo un virus que nos convierta en zombies, un asteroide que se estrelle en el planeta o una invasión alienígena haría que nos uniéramos en una misión común de supervivencia. Pero no, casi he perdido la fe, probablemente, sería el fin ya que nos destruiríamos antes entre nosotros. Nos hemos cargado el mundo, la naturaleza, los animales, la historia y por tanto la vida. Avísenme cuándo recuperemos el sentido común. Estaré hibernando entre antiguos cuadros y documentos con polvo de siglos mientras todavía sigan expuestos y existiendo. Ahora bien, que nadie venga a molestarme a mi propia casa (y este es un concepto amplio de frontera) porque se llevará un «soberano» puñetazo.

Ese momento del día.

  

Castillos en la arena

  image    No hay dos sin tres y después de cuatro días estoy convencida que volveré a Grecia. A la sombra de un castillo milenario que defendió a la cristiandad de los turcos y ayudó a la independencia del pueblo griego contra los otomanos, contemplo una bellísima y tranquila playa donde el espíritu de lo auténtico pasea entre las hamacas e invita a reflexionar. Ante sus firmes murallas desfilaron los nazis en su intento frustrado de conquistar el mundo. No llegarían mucho más allá. Las islas griegas, también su península, son y han sido la puerta de Europa. Paso, pero también freno. Es por ello que estos días en los que el pueblo griego se ha convertido en protagonista de la crisis económica, debiéramos echar una mirada al pasado y pedir respeto a la verdad. Todas las grandes crisis económicas de la historia se han solucionado con guerras que dejaban de nuevo la cuenta a cero. Y volvía a empezar el ciclo. De nosotros dependerá cuánto nos dejamos provocar en una era en la que el poder y la soberanía ya no residen en los estados que antaño conocimos.

Caminos sin salida

    Estoy pensando (decía yo) y es de pensar (añadía mi madre)… si tendrá mi novio con que mear (culminaba mi abuela que no tenía pelos en la lengua). En ese instante aquel pensamiento de mis años juveniles de introversión quedaba en el olvido y se iniciaba una serie seguida de dichos y refranes, siendo la rima la que perdía importancia a la vez que avanzaba la serie. Durante años mi abuela fue perdiendo memoria pero siempre recordaba sus «dichos». Sin embargo llegó el día que los iniciaba decidida y nos miraba buscando en nuestros labios la frase final de los mismos. Entonces comenzamos a preocuparnos. Entró en un camino sin salida y si existía alguna nadie deseábamos que la encontrara.

    Estoy pensando (nada que ver con lo anterior) que…, por llevar la contraria, Grecia allá vamos de nuevo. Concediendo a su gente el beneficio de la duda y deseando disfrutar de todas sus maravillas. Buscaré la cueva de Zeus y el laberinto del Minotauro en Creta, pero también me encontraré a mi misma y espero, es más, deseo y necesito que mi mente vuelva de nuevo a sus caminos sin salida pero llenos de fantasía. La realidad diaria (ni mala ni buena, realidad sin más) los obstruye como roca pesada. Al menos (eso seguro) podré narrar un nuevo viaje. Así que nos vamos encontrando en alguno de esos caminos amig@s. Esperemos salir del laberinto. …;)

El recuerdo

    A veces cuando creo que todo es perfecto (me refiero a esos efímeros momentos de plenitud que llegan ocasionalmente a lo largo de un día o quizá una semana…), me percato de que faltas tú. Y esa perfección se disipa. No escucho tus ronquidos (bueno, tu respiración fuerte), no siento tu roce en mi piel, tu lengua sutil (o no tanto), el sonido de tus pasos al recibirme, tu mirada, tan clara, tu cuerpo de puro nervio, esa alegría contagiosa. En definitiva, tu amor.

    Maldita sea, no estás. Sé que no vas a volver y me fastidiará por siempre. Yo te dejé marchar, acariciando tu rostro, pero te dejé marchar. La vida me obligó.

Esa calle que respira…

          Hacía tanto tiempo que no visitaba el barrio que, al girar la esquina y contemplar el inicio de la calle, se quedó estupefacta. La calle escupía vitalidad.  Apenas podía ver su final. Seguía siendo una arteria principal de la ciudad, antigua, vieja, pero todavía relevante. Inmigrantes y gente de toda la vida le imprimían ese carácter auténtico. Pudo comprobar que las más importantes franquicias tenían sede en la vía, peatonal por fuerza. Entre empujones y escrupuloso análisis de carteles comenzó a sentirse de nuevo en casa. Habían pasado más de treinta años pero todavía podía verse correteando tras sus primos, entrar en el mercado saludando (de niña era más simpática) tras su madre, acompañar al estanco a su padre… Incluso pasó por el lugar donde escuchó la palabra «puta» por primera vez en su vida. Ella desconocía su significado, sólo había defendido a su primo de otro niño que quería arrebatarle su juguete de soltar burbujas, pero por el tono de la palabra en cuestión se consideró altamente ofendida. Y ahí estaba, ahora había una floristería donde antaño era la mejor pastelería que conoció jamás. Recordar aquellas palmeras de chocolates, esas brevas (que sólo le permitían tomar en los paseos del domingo), casi podía volver a saborearlas. Lástima, por un momento creyó que podía volver a probarlas. En el fondo había acudido a hacer un recado tonto y se estaba deseando llevar por absurdos recuerdos. Pero era un hecho que aquel paseo le estaba inyectando una buena dosis de ánimo. La calle palpitaba por sí misma, las ventanas de los edificios respiraban y la gente interactuaba con todo ese entorno de tal forma que cualquiera que pasaba por allí debería integrarse o morir.

El reportaje inconsciente.

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Intensidad, sin duda, es lo que más llamó su atención al ver las fotos.
Intensidad de lo vivido, de lo sentido, de lo amado en todo este año. Fue un año duro, desilusiones, frustraciones y despedidas. Difíciles despedidas. En aquellas fotos estaba su lucha, inconsciente pero evidente. La vida seguía y ellos así lo habían ido reflejando. Aquellos libros eran un resumen de todo lo acontecido, el diario de sus vidas desde el minuto uno. Y había alegría, había emociones, un ejemplo de saber vivir sin desaprovechar ni un sólo instante de esta efímera existencia. Al verlas, una a una, asumió aquella curiosa evidencia que era suya aunque hasta ese momento no lo había visto así. Y dio gracias a Dios, se paseó por un instante por todas la iglesias católicas, anglicanas, protestantes, templos hindúes y mezquitas que había visitado, a lo largo de su vida, en sus viajes. En todas estaba la presencia de ese ser superior al que debía, como humana, agradecer el haberle otorgado la suficiente lucidez como para apreciar el paso de los días, el transcurso de los minutos, las horas, el deterioro de su propia piel, los efectos del cansancio de su cuerpo. Sentirse anciana, sin serlo. Y por todo ello, vivir, vivir y vivir. Agradeció tener montones de aquellos libros de fotos que no eran otra cosa que el reflejo de su vida. Lamentó entonces que su abuela tirara todas fotografías de la suya. ¿Por qué lo había hecho?. ¿Por qué borrar su recuerdo para ella y para los que la sucedían?. Le angustiaba pensar que era arrepentimiento o vergüenza, no tenía otro sentido. Salvo que el sentido fuera otro,… no ver lo que ella veía ahora en los suyos, ese paso del tiempo. Y por tanto negar ese hecho con la destrucción material, que no real. Negar lo que venía, el paso a otro estado no deseado en el que, desde luego su abuela, no creía. Estaba segura que no era por olvidar u ocultar, sino por frenar esa evidencia temporal. Ambas entonces se agarraban a la vida, pero lo hacían de forma distinta sin duda. A veces, ella incluso tenía la impresión de acelerarla, de ir por delante. Quizá unos veinte minutos antes de la hora que señalara cualquier reloj. Antes, ella ya había llegado. Se sintió orgullosa de su ventaja y decidió seguir aprovechándola.

Thinking Nápoles…

Al final de la meditación había logrado ver el universo dentro de mi propio cerebro. Era negro, lo más oscuro que había visto jamás. De vez en cuando aparecía un punto fugaz e igualmente fugaz brillaba. Suponía las estrellas de aquel universo o quizá mis poco frecuentes ideas. Iban y venían. Intenté con persistencia que desaparecieran del todo. Quería ser engullida en la total masa negra. Fue en ese instante cuando volví a trasladarme a la Nápoles subterránea que había conocido el último fin de año.

Túneles y más túneles bajo la tierra. Acueductos monumentales entre los cimientos de una ciudad milenaria. Habían traído el agua desde las montañas a la colonia griega, también a la romana. Perfeccionados por los aragoneses para poder ganar altura en sus edificios ya que no querían ampliar la muralla y la población no cabía entre sus muros. Piedra que guardaba miles de secretos e historias, entre sus grafiti y mensajes encriptados. Refugio durante la segunda guerra mundial para la ciudad más bombardeada de la contienda. Y entre todos aquellos pasadizos yo había paseado, encogiendo el ombligo, atenta a sus rincones, a sus historias y a sus sensaciones. Podía recordar todavía la impresión causada en el grupo cuando el guía decidió apagar toda la iluminación de las cuevas. Y se hizo el silencio. Y se hizo la oscuridad. Y todos quedamos engullidos en la nada. Tan sutil que podías oír latir tu corazón. Los sentidos  se agudizaban hasta detener el tiempo en un espacio atemporal. No hacía frío, tampoco calor. Sin espacio, sin tiempo, sin luz, sin sonido, sin vida…, la nada. Las almas vagaban a nuestro alrededor y te susurraban sus secretos y su sabiduría.

Arriba, en la superficie, soportaba Nápoles un frío gélido, extraño (muchos no recordaban ver nieve sobre el Vesubio desde hacía años). Pero no importaba, la vida te explotaba en el rostro como un globo reventado con ansia por un niño. Se paseaba, se visitaban exposiciones, se compraba, se vendía, se comía, se regateaba al volante o como peatón, se lanzaban petardos, se iba de concierto, se disfrutaba en extremo del momento, en definitiva, se vivía con intensidad. Como no podía ser de otra manera en un lugar como aquel los pensamientos se desbordan, la mente se enriquece y las piernas andan solas hasta la colina con mejor vista de una bahía irrepetible. Y la oscuridad torna en luz, la luz en agua y todo fluye cual sabiduría eterna.

Sin duda tu existencia merece más de una poesía, pero conservo esta y mis recuerdos.

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Anhelos de un joven Werther contemporáneo:

En estas que andaba yo en uno de esos paseos matutinos que no siempre tengo la fortuna de realizar. Aproximadamente las ocho y cuarto de la mañana, entre vendaval de cierzo y pensamientos sin sentido que se intentan poner en orden dentro de una música de fondo poco acorde con los mismos (leve intento de no quedarme antigua con las tendencias actuales). Ajustándome los cascos dentro del gorro, al mismo tiempo que sujetaba el bolso, me encaminaba decidida a cruzar por el anillo verde cuando antes de llegar al mismo, en la peatonal por la que suelo acceder, me encuentro la acera pintada con spray blanco y el siguiente mensaje:

«Este amor no se acabará nunca. Tu recuerdo vive en mí. A pesar de la distancia te sigo queriendo a ti Peluchita, 28/05/2014».

Atravieso el mensaje, es más, lo pisoteo. ¿Lo he leído bien?. No, no. Vuelvo sobre mis pasos y lo leo con más detenimiento. Vuelvo a pisotearlo y sigo mi camino. Pero el paseo cambia, pese a no variar mis pasos. Los pensamientos han cambiado. Nuestro día también es el 28. ¿Quién será Peluchita?. ¿Vivirá muy lejos?. Han pasado ocho meses por lo que contabilizo. ¿Será este un amor correspondido?. ¿Se acordará ella de su amado en la distancia o andará embelesando a otro caballero?. Oh sí, es tan de otra época. Un joven Werther contemporáneo. Ciertamente no parece que hoy se estilen mucho. Parece que cueste horrores decir «te quiero». Te quiero, te quiero…. Cierto es que hay que ser comedidos o el amad@ saldrá corriendo. El amor pesa, no es ligero. De poco en poco y manteniendo. Lo poco gusta, lo mucho cansa, bla, bla, bla…
Tanto me impresionó la declaración de Peluchito que volví por la noche con el perro a hacer la foto que adjunto. Quería contemplar los trazos una ultima vez antes de que la manguera de los de la limpieza (que se acordarían de toda la familia de Peluchita no para bien) los borrara para siempre. Oh Werther-Peluchito sufre en la distancia. Si bien, espero que no tenga el mismo final que el del siglo XVIII. Y desde entonces los ecos del romanticismo nos acompañan, pese a quien pese, entre tanto estilo innovador. Porque el hombre también llora, también se estremece, es sensible al presente y al sufrimiento. Y las lágrimas demuestran su pureza de corazón.
Y al final el que no lo suelta no descansa. O, lo que es lo mismo, el que no arriesga no gana. Bravo Peluchito que aprovechó su oportunidad mientras que tantos otros, acogidos al miedo, la cobardía o a la chulería (todo es valido) son incapaces de vivir el momento aferrados a tanta racionalidad absurda. ¡Viva el triunfo de lo espontáneo y de la naturaleza!. Sublime aquel que, sin dañar ni ofender a nadie, rompe los límites de la percepción habitual de los sujetos. Sólo ese sentimiento, Peluchito, será infinito. Y lo será hasta el fin de tus días, aunque no la vuelvas a ver jamás.

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Mi yoga.

Aire. Dentro, fuera, aire. Ladridos, pasos, aire. Zumbido de abeja, de mosca, de moscardón, de mosquitos. Siseo de araña. Repta la babosa, salta la rana. Aire, respiro, vida. Naturaleza. Tierra. La rompe el sonido del tren. Camino, avanzo entre las rocas, piso las hojas caídas. Siento el viento, siento la vida. Gotas de agua caen, suenan, vida. La gruta, mi interior, la oscuridad. Aire, luz, agua. Siento el calor, la vida. La roca erosionada de siglos forma la media luna y el océano se retira para que sienta el agua y la tierra. Me hundo en la arena, en la tierra, nazco y muero. Donde todo empieza y acaba. El zumbido quiere despertarme. Vivo en esa tierra. La naturaleza lucha por sobrevivir a mi presencia. Lucha con los hombres, conmigo, contigo. La siento. Las plantas de mis pies abiertas en contacto con la tierra. El sol en mi rostro. El viento moviendo mi pelo. Bebiendo ese agua. Está dentro, soy parte de ella. Debería saberlo, no soy más que eso. Como la vaca, la abeja, el perro o la rana. Para ella no soy más. Sólo destaco por mi destrucción. Cierro los ojos, conecto con ella. La siento y vivo. Desato mi cuerpo.

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Sepulcros

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Leyendo y leyendo a veces una se queda con los sesos agua. Esto es así sólo por una razón y es que ya me lo decía mi abuela. Hay otra más poderosa y es que, en definitiva, no se puede llegar a entender todo. Y en esas estaba, ampliando mis conocimientos de escultura barroca fuera de Italia y España. En un manual bastante mediocre, hablando de los sepulcros franceses, se comenta que éstos no caen en exageraciones dramáticas como ocurre en Inglaterra. Sin embargo, posteriormente hablando de los sepulcros ingleses dice que conducen a la exaltación humanista del difunto por lo que no suelen ser demasiado dramáticos. Entonces … ¿Hay unos más dramáticos que otros? ¿En ambos países son poco dramáticos?…
Y por otro lado, con el fondo del asunto entre ceja y ceja, ¿existe un sepulcro que no sea dramático?. Porque lo que es evidente es que, sin muerto, no hay sepulcro, ni tumba, ni jardín de cenizas que valga. Sepulcro igual a muerte. ¿Quién se quiere morir?. El que lo desee sin más no tiene, desde luego, una mente muy equilibrada.
Por otro lado está la fe, esa que desde siempre nos conduce a una muerte serena. Sea la fe del Samurai, la de los antiguos egipcios, la de los mártires cristianos o la de cualquiera que, a día de hoy, confía en que estamos aquí de paso. Bien, sólo la tumba de estos «creyentes» de diversos signos puede no ser dramática por esperada y deseada. El resto miente y su sepulcro es una pura petición de socorro, hasta el del monarca con el panteón mas bello. Oh qué lujo de tumba, qué bella lápida, qué materiales preciosos, qué interesante recuerdo del que se creía estar por encima de los demás. ¡Estás muerto chaval!. Y ahora eres un espectáculo para el resto de la humanidad. Gracias por esa concesión.

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Brussels

Empezar el año fuera de tu casa y más de tu país tiene cierto encanto. Volar, volar, acontecimientos pasados y futuros, volar. Ver la cara de la gente cuando sacas tu puñado de doce uvas en una plaza extraña y cosmopolita no tiene precio, aunque el comportamiento ante la festividad no varía mucho de un lugar a otro del mundo. Deseos y más deseos, volar… Este año he cambiado el hábito, no pedir nada significa recibir siempre algo. Rodeada de tanta gente contemplando esas maravillas arquitectónicas llenas de tanta, tanta historia hace volar la imaginación.
Si fuera rica (cual cuento de la vaca lechera) me gustaría pasar unos cuatro meses (periodo medio) en un ciudad distinta. Alquilar un apartamento bucólico pero viejo y ver qué podía escribir en él, qué me inspiraba cada ciudad. Pasear por sus calles y descubrir los misterios y leyendas de cada rincón. Ser capaz de descubrir quién tiene la tabla robada del políptico del cordero místico. O, de lo contrario, inventar una historia sobre su posible paradero que fascinara a algún editor. Bah, quizá muy visto ya. Así que… Por ahora no.
Sin embargo, a alguien tal vez interese saber a la velocidad a la que circulan los carros de caballos por Brujas, veloces como rayos. Me pregunto si el turista de turno es capaz de ver la ciudad y sacar la foto del monumento al mismo tiempo que bota en el carruaje. Tal vez a alguien interese saber que en diciembre hace aquí mejor tiempo que en España, nos tienen engañados con eso del… norte de Europa. Ante todo lo más importante para cualquier potencial visitante a Bruselas es este consejo: no pierda una hora de su tiempo haciendo fila para probar las patatas de Antoine. Sí, esas que dicen son las mejores de la ciudad y que nadie se debe perder. Por el amor de Dios, patatas fritas normales con bastante resaca a freidora con aceite gastado. En cambio, aunque no le guste la cerveza, no se resista a probarlas, todas y de distintos sabores, cereza, melocotón… Eso sí es algo que no encontrará a la vuelta. Y los gofres sin añadidos, no gaste más de dos euros. Los mejillones como en Francia, acompañados de nuevo con más y absurdas patatas fritas. No es de extrañar que adoren nuestra cocina. Y nuestros mejillones ni punto de comparación. Pero donde fueres haz lo que vieres y… Juzga. Foto al Manneken, a la Janneken, al atomium y a disfrutar la ciudad del parlamento europeo.
Pero, sin duda, en Bélgica hay mucho más. Hay historia, borgoñesa, española, austriaca y muchos periodos más hasta llegar a su ansiada independencia. Y donde hay historia, hay arte y por tanto fantasía. Y lo hay allá donde uno quiera dejarse llevar. Puede ser una calle antigua en la que dibujes aquel Flandes pero también una exquisita farmacia o una pastelería. Y sobre todo la hay en las iglesias, testigos mudos de tanto cambio social y de tanta sabiduría. Y de tanto secreto. Entre sus pilares y sus bóvedas, en las criptas y en las capillas. Las que ves y las que no ves. Y en sus museos donde cada cuadro esconde una verdad no revelada y distinta para cada espectador. Pregúntale a Magritte.

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Pause

El sonido de las gaviotas no ha dejado de acompañarnos desde hace días. No en vano nuestra ruta es en la mayoría costera. Llega un momento en que te haces a ese sonido, no lo distingues, forma parte de la banda sonora de tu día. Entre la historia y mi propia vida, sumergida en tantas experiencias, cada vez me cuesta más hacer apartados de ella. Ahora escribe, ahora estudia, ahora vive… Durante un tiempo seguiré viviendo y estudiando, lo que implica que esto último me va a recortar el tiempo que pudiera dedicar a escribir. Además a veces ese tiempo resulta absurdo porque nunca debe ser buscado, sólo llega cuando menos lo esperas…así qué abro un tiempo de paréntesis esperando a las musas mientras aprovecho en otros objetivos. Seguiré aquí pero en modo pausa. Los diarios de viajes pueden seguirlos mis seguidores vía Facebook, además de modo más gráfico. Nos leemos. Salgo hacia Santiago con sensación de naufragio.

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Noche blanca en Zaragoza

Madre mía, no tengo vergüenza. Quizá os preguntéis dónde me he metido este tiempo o por qué no tenía nada que contar. Más simple que todo eso, estaba viviendo. Trabajo, exámenes y ante todo personas. Incluso mi perro (el macarra del barrio) necesita de mi atención diaria. El ritmo de los tiempos actuales se apodera de nosotros casi sin darnos cuenta. Intentas llegar a todo y sobre todo a todos. Y mientras, inevitablemente, pasa el tiempo. Basta ver las fechas de las entradas del blog para comprobarlo. En todo caso, mea culpa, mala organización y para compensar hoy os contaré algo:

«No era una noche propicia ya que, tras toda la jornada fuera y una semana intensa, lo que más me apetecía era tumbarme en mi sofá. Sin embargo me dejé convencer y salí a pasear unas horas por mi ciudad con nocturnidad y alevosía. La primera parada fue el Museo Pablo Serrano. No había estado desde la rehabilitación del edificio (larga) y me encantó el resultado. Los antiguos muros como arranque a una escalada hacia el cielo con invitaciones a la contemplación. Si hay algo que me fascina del arte contemporáneo es «mirar al que mira», escudriñar lo que otro ve o pretende ver. Las sonrisas. Esta pasada noche me detuve únicamente en una figura y era la de la artista: Juana Francés. Y lo hice porque lo merecía, porque incluso aquí ha sido relegada a un segundo plano. Una marginación que tuvo toda su vida y de la que no dudo que fue consciente. Una mujer revolucionaria en su tiempo a la que Francia supo valorar otorgándole una beca para sus estudios en 1.951. Pero aquellos tiempos (como tantos otros) no eran buenos para la mujer. Ella supo adaptarse y llegó a formar El Paso con otros artistas como Miralles o Pablo Serrano. Curiosamente es la única artista española que expone obras en el extranjero por aquella época pero su matrimonio con Serrano le hace estar, aún hoy, a su sombra. Ambos abandonan el grupo cuando otros artistas cuestionan la presencia femenina en el mismo. Por ello, Juana Francés es la gran desconocida, incluso tras su muerte en 1.990, la menos expuesta.
Una pena que nos impide a muchos conocerla o hacerlo tarde. Parte de su obra podéis contemplarla en Zaragoza, navega entre la abstracción y la figuración de forma complementaria. Podemos apreciar una búsqueda constante y una gran versatilidad enriquecida con la investigación con distintos materiales. No hay duda que Juana, con su arte, se reafirmaba como mujer y como artista. Así qué aún estáis a tiempo de descubrirla y contarme qué veis a través de ella.
No podréis copiar mi recorrido siguiente por la ciudad ya que no se repetirá. En la azotea se disfrutó de una vista increíble del Pilar iluminado y un espectáculo de luz y sonido. El tapeo necesario por la calle Azoque y desembocar en la gran plaza atravesando otras menores, cada una de ellas, con una invitación a la novedad. Curioso debate frente a La Seo del arte actual en todas sus facetas y finalizar brindando con un mojito por ser quien somos y estar donde estamos, pese a todo.»

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Conviene desconectar

A veces conviene desconectar, pero sigo aquí. No lo olvidéis…

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¿Traumas?

bola fuego

Me desperté sudando. Tenía la camiseta del pijama pegada al cuerpo y me hizo sentir sucia. Con apenas seis años de edad no podía entender qué me sucedía. La opresión que sentía en el pecho me asustaba y desconcertaba. Deseaba saltar de la cama y acudir en busca de mis padres pero una fuerza superior parecía impedírmelo. El temor se había apoderado de mí, estaba inmóvil. Todos mis instintos me sugerían una presencia extraña en la habitación. Esa presencia, ese ser, debía ser sin duda el causante del sofocante calor que invadía el cuarto.
Sabía que lo mejor era no mirar pero algo me impulsaba a hacerlo. En el fondo de mi mente infantil algo me decía que debía analizar la situación. Concentré todas mis fuerzas en girar la cabeza hacia la derecha pues hacia la izquierda sólo tenía pared. La impresión fue indescriptible. Entre la ventana que daba al tejado del viejo mercado y mi armario una enorme bola de fuego se hallaba suspendida en el aire. No era capaz de gritar. Tampoco podía llorar. Y en cualquier caso, la habitación de mis padres estaba tan lejos que, a lo que me hubieran oído, la bola de fuego me habría abrasado.
No se mueve, pensé. No se mueve. Y si lo hace…, ¿vendrá hacia mí?. En mi mente de niña esa esfera de luz cegadora no era sólo eso. Era algo más y era malo. Claramente era una bruja que había venido a por mí para llevarme a su mundo. Tenía que actuar antes que lo hiciera ella como fuera. La puerta estaba frente a la ventana y la bola todavía seguía suspendida junto a ella, en el mismo lugar. Tenía poco margen pero lo vi claro. Debía saltar, correr, atravesar la puerta y salir de mi cuarto antes de que la esfera fuera consciente que yo ya estaba despierta.
Fue el único momento en mi vida en el que, con toda probabilidad, no pensé dos veces lo que iba a hacer. Aparté con brusquedad la ropa de cama y salté. En el justo instante que llegaba a la puerta la esfera se movió. Fue la única vez que la mire de frente. Y vi su cara, su pelo, sus ojos y en ellos su rabia. Me quería atrapar. Salí temblando de la habitación pero, gracias a Dios, las pequeñas piernas respondieron y corrí lo más rápido que pude. Con toda probabilidad, esta ha sido la única ocasión en mi vida que he corrido con ganas. Pero no tenía alternativa. Mi habitación era la última de aquella casa de mi infancia que nunca olvidaré. Tenía que cruzar el comedor y tras él, un larguísimo pasillo que conducía a la primera habitación, la de mis padres.
Recuerdo que gritaba «mamá» en mi trayecto y sé muy bien que la bola estuvo a punto de atraparme al estirarse cual serpiente. Sentí su fuego y sus garras. Cuando llegué al umbral de la puerta mi madre ya había encendido la luz de su mesilla y la esfera, al girarme y señalar, había desaparecido. «Fue sólo una pesadilla» me dijo mamá. Yo sé que no lo fue. A día de hoy sigo con la certeza de que no fue un sueño.
Años después, con casi diez años, me dejaron ver aquella serie titulada «El misterio de Salem’s Lot». No soy capaz de recordad ninguna escena de la misma salvo una. Ese horrible niño muerto llamando a su hermano por la ventana, rascando con sus uñas el cristal. Fue un trauma difícil de superar para muchos de mi generación según he comprobado en los comentarios del facebook de una página que, de forma ocurrente, rememora aquellos años de la EGB.
No me pregunten ya por qué no soporto el ruido de una persiana golpeada por el viento contra el cristal. Una ventana ha de estar siempre bien cerrada por la noche. De igual modo conviene dormir siempre tapado, no ser de fácil acceso para los espíritus errantes. Importante es, también, cubrir tu cuello con una mano durante el sueño de forma que, si un vampiro atacara, tuvieras tiempo de reaccionar al sentir su mordisco en la mano.
Nada…, que esta semana he oído decir que los escritores siempre escriben de sus miedos. No sé yo si será cierto este dato ni tampoco sé el motivo claro de por qué adoro, en la actualidad, las pelis de terror. Pero, por mí, que no queden los miedos escondidos.

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Reflexión fugaz

Tengo una pulsera de recuerdos. Está casi llena pero todavía sobra espacio. Es la pandora de mi vida y tú también estás en ella. Espero que te guste saberlo, que te ilusione. Es importante cruzar por los caminos compartiendo la existencia los unos con los otros y dejar huellas en el alma ajena. Porque el alma todo se lo llevará y el cuerpo nada contendrá.

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Listos para el viaje

                Que si los exámenes, que si el trabajo, que si la boda, que si me estreso, que si… Ah, qué descuidados os tengo. Debería remediarlo sí. Por ello he decidido que haré un diario de viaje, sí, de mi viaje. Londres, Pekin, Singapur, Delhi, Agra, Jaipur…. Serán muchos días, pero también muchas experiencias, anécdotas y vivencias en otros países, con otras gentes y con otras culturas. Sin duda, todos aprenderemos algo, yo la primera. ¿De qué vale viajar sino?. Si no es para aprender o en definitiva para vivir.

                Salir de nuestro encierro, de nuestras escasas miras. Abrir la mente a otros horizontes. Lloverá, ya lo anuncio. Habrá que apartar esa cortina de agua para ver mejor pero también servirá para desconectar de la realidad. Tomar distancia a veces es conveniente para regresar con más fuerza y ver la vida desde otros puntos de vista. Así que os animaré a viajar a mi lado con la fantasía. Sí, la fantasía. Esa cualidad que tanta gente, sobre todo al llegar a edad adulta, ha relegado a lo más profundo de su cerebro.

                Craso error olvidar que la fantasía existe. Fantasía puede ser un mundo, como lo era en la Historia Interminable, pero lo mejor es que es TU MUNDO. Y sólo tú lo diseñas a tu gusto y medida. Y en él todo es posible, todo. ¿Por qué entonces renegar de él?. ¿No eres capaz de volar con la fantasía?. ¿Ya no sueñas?. O peor…¿ya no lo recuerdas?. Entonces, sólo te puedo decir dos palabras: qué pena. Qué limitada es tu vida. Que, de por sí, ya es breve esta existencia y tú aún la acotas más y más. ¿Ya no recuerdas lo que te diferencia del resto de los seres vivos del planeta?. ¿De las plantas?. ¿De los animales?. Sí, eso es… tu mente. En ella está TU MUNDO. Si quieres viajar yo lo haré contigo. Nos vemos allí, en el puerto donde arranca la escapada de tu vida. Si, por ahora es la primera, no será la única y nadie dice que vaya a ser fácil.

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QUEDAN 5 DÍAS

RELAX

   Son días de un ritmo incesante. Tantas cosas en la cabeza y todo lo quieres hacer bien. Cosas buenas y cosas malas. Tantas otras debes dejar previstas. Sin fallos que te cuesten tu calidad de vida.

   Alquien que se nos va…alguien que seguro llegará. Y a veces, poco que decir. Sólo mirar, esperar que te devuelvan la mirada e intentar entender. Y ese trabajo, a la orden del día, mostrándote las miserias humanas. Mostrándote cómo las personas se olvidan de todo. Se olvidan los unos de los otros, olvidan lo que les unió, olvidan los momentos que gozaron y se atacan. Y me pregunto por qué. En qué instante borró de su cabeza lo bueno que le daba esa persona. Del amor al odio hay verdaderamente un paso. Y tú no puedes hacer nada, escapa a tu control, a tus consejos…y te duele ser tan incapaz. Y llega otra cosa que te aturde pero la haces. Y lo haces bien. Y ves que eres buena aunque no te guste. Y otra, y otra… Y rezas para no volverte como ellos, para no olvidar ni una sola etapa de tu vida ni lo que te dió cada una de ellas. Lo que debes y lo que te deben. Lo que aprendiste se puede olvidar con facilidad. Y eso da miedo. Sin ver la hora de hacer la maleta e irte y volar…………volar. Sabiendo que volverás a todo de nuevo, pero más fuerte y con la psiquis recuperada porque apretar tanto los dientes no debe ser bueno.

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El Arco

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     Intentando estudiar la puerta monumental de lo que fue la Abadía de Lorsch. Buscando la explicación de la versión cristiana del arco del triunfo romano. Mitad del siglo VIII y volviendo a caer en los defectos y en las virtudes humanas. Sin duda todo vuelve y es curioso como a veces no somos capaces de ver lo repetitivos que somos. Y caemos. Y volvemos a caer. Nacemos y morimos. Y nos seguimos sorprendiendo por morir, como si no fueramos capaces de asimilar el hecho más evidente de nuestra existencia; estamos aquí de paso. Así que deberíamos pasar con orgullo por esta puerta de la vida y buscar lo más bello en lo más simple. Dejar atrás el arco de la amargura y aprovechar cada instante al máximo pisoteando los burdos ataques ajenos de distorsionar el trayecto vital. Buscar las soluciones al problema antes de crear otro. Dar color a los pensamientos como los primeros medievales lo hiceron con sus muros. Pasar por el arco sin respirar y pedir un deseo. Porque todo lo que tú desees se hará realidad sólo si crees que así será. Cada persona tiene un arco que atravesar, un reto que cumplir. Eludirlo te hará vivir la vida de otros y la tuya volará por el torreón lateral, de defensa. ¿De defensa de quién?. Cobarde.

SON

      Liberada del velo de la somnolencia el viento golpea mi rostro despertando las ideas. Me gustaría volar como un pájaro, como el mejor de los pájaros, correr como una gacela, la mejor de ellas…Querría poder ver en la oscuridad, caminar sobre las aguas o nadar entre las celulas de mi propio cuerpo y saltar a las de seres ajenos. Desearía rejuvenecer doce años con la sabiduría de los próximos diez. Pagaría porque mis días contarán con seis horas más en las que poder hacer todo lo que la prisa y la tontería se llevan. Y aunque a veces lo mataría, otorgaría a mi perro la inmortalidad de un huargo de novela. Querría amar más de lo que amo, a todos, a mi pareja, a mis amigas y a mi familia y sobre todo querría que ellos lo notaran, me notaran a su lado, siempre… Seguiría pensando eternamente que la felicidad es posible sin entender a los que se esfuerzan por obstaculizarla y golpearía a tantas personas, inútiles a esta existencia común y compartida, que la prudencia me impide confesar. Zarandearía al planeta en una coctelera gigante con la esperanza de que cayeran los microbios. Debería ser capaz de gritar al mundo que luche por sus sueños intentando no abandonar los míos. Pero sobre todo amiga va por ti y por tus pensamientos metáfisicos y filosóficos de estos días, porque no son malos, simplemente SON. Continuaré con ellos y soñando y ……ustedes lectores perdonen que, casi mes y medio después, todavía ande descubriendo como se «justifican» estos textos.

Empezando…una nueva aventura…

Sin prisa pero sin pausa iré dando forma a este blog. Es mi idea ir colgando relatos o pequeñas historias y poco a poco capítulos de mi libro El Archivo. Aunque casi siempre estarán relacionados con el arte no siempre tiene que ser así. También me gustaría que este fuera un espacio donde comentar otros temas de la actualidad y donde puedan, además, participar los lectores. Un lugar donde todos pasemos un buen rato. Empecemos…

Aviso para navegantes: primero tendré que tomar conciencia de esta nueva realidad virtual y nos iremos soltando!!

(Se aceptan sugerencias)