AIRE

Isa no siempre había sentido una curiosidad insaciable por la tecnología, es más, no le había interesado hasta el último año. En una edad en la que, o renovarse o morir, no le había quedado otra opción que ponerse al día. Y de repente se encontró sumergida en un mundo paralelo. Últimamente, su obsesión por las aplicaciones de inteligencia artificial había alcanzado cotas insospechadas: pasaba horas explorando nuevas herramientas, automatizando tareas y descubriendo hasta qué punto podía delegar decisiones importantes en algoritmos inteligentes. Sin embargo, cuanto más profundizaba en el universo digital, más sentía cómo la ansiedad se apoderaba de su día a día. La presión de estar siempre conectada, de responder a notificaciones y de gestionar su vida a través de una pantalla le provocaba un estrés casi insoportable.

Una tarde, al borde de un ataque de nervios, Isa decidió escapar. Sin pensarlo demasiado, preparó una mochila ligera y condujo hasta el Pirineo, apenas hora y media de su casa. Allí, entre senderos de tierra y el susurro del viento a traves de los pinos, descubrió una paz que hacía tiempo no sentía. Sin cobertura, sin dispositivos, solo ella y la naturaleza, pudo por fin respirar hondo y reconectar consigo misma. Se arrodilló junto al río donde tantas veces había acudido con su perro de excursión y lloró. Lloró como si no hubiera un mañana, sin tensión, desolada por la incertidumbre de un futuro que no podía controlar. La vida se le estaba escapando y sólo en aquel momento fue consciente de ello.

Nada detenía el ciclo de la vida y había olvidado, de alguna manera, que ella formaba parte de esa fugaz existencia. ¡Qué ridículo se le antojaba ahora el tiempo perdido y cedido a una máquina!

En la soledad de la montaña, Isa comprendió que, aunque la inteligencia artificial podía facilitarle muchas cosas, siempre iba a necesitar momentos de desconexión para recordar quién era más allá de la tecnología.