La noche caía en el valle y lo hacía de forma curiosa. El contraste de la oscuridad que penetraba entre las dos laderas y la blanca cima nevada iluminaba con una luna llena que hacía brillar las estrellas más que nunca, era impresionante.
Sin embargo, ella sólo tenía ojos para él. Él era su luz, su guía, su única ilusión. Ella aborrecía la montaña, pero por ver su sonrisa en esa preciosa cara era capaz de perdonar cualquier otro plan alternativo, por más sugerente que fuera.
No se podía ser más tonta. Poco imaginaba que en unos días iba a salir despedida de aquella especie de montaña rusa en la que se había subido a ciegas. Las ilusiones que su corazón albergaba eran tan frágiles como la nieve que en un alud traicionero resbalaba desde la cima de esa cercana cordillera.
Así, así de efímera era su pretensión de vida. Juventud se llamaba y, mientras ésta escapaba, el aire helado despejaba sus pulmones y congelaba aquella imagen.
