INMERSIÓN

Ilustraciones: JOSÉ LUIS ANSÓN GÓMEZ

Mantener la calma es fundamental antes y durante la inmersión, pero, sobre todo, es primordial evitar el cansancio antes de lanzarse a bucear. Había visto, en bastantes ocasiones, situaciones absurdas de ansiedad y pánico bajo el agua, incluso con submarinistas experimentados. Mucho chulito que llegaba, tras apenas dormir cuatro horas, después de una noche de juerga y sin apenas revisar el equipo descendían precipitadamente.

          Cuando un buceador entra en pánico lo primero que cree es que está dejando de respirar y comienza a ponerse nervioso. Sin causa aparente, su respiración se torna agitada produciendo más burbujas y eso conlleva a una mala ventilación, se elimina incorrectamente el CO2 que se acumula. Es, por ello, que se produce la necesidad de respirar, no por una falta de oxígeno. Y entonces llega la alarma al cerebro que ordena bombear más deprisa al corazón. El buceador escucha los latidos de su corazón y se pone más nervioso todavía, respirando peor, se intoxica de CO2 y sobreviene la sensación de ahogo. Ese círculo vicioso, ese bucle, desencadena el pánico.

          Y ahí está ella, Adriana, siempre está para todos esos inconscientes, curando esa hambre de aire, evitando un accidente de sobrepresión. Detecta la angustia y acude a su contacto. Los mira a los ojos situándose frente a ellos, cogiendo su mano izquierda por el chaleco, sin dejar de mirarlos. El vínculo ocular es muy fuerte para que lean la tranquilidad y seguridad, indicando que se relajen y reduzcan el ritmo respiratorio, respirando varias veces de manera profunda, inspirando y espirando de forma pausada para que elimine el CO2, reduzca la frecuencia cardíaca y así el bucle cese.

   

       No ocurría siempre, por supuesto, pero de una manera u otra, ella había dejado de disfrutar y dejar de relajarse cuando practicaba submarinismo. Amaba su trabajo, había sido su pasión. Pero ahora se pasaba, la mayor parte del tiempo, pendiente de terceras personas y no disfrutaba del mar.  También había perdido a su compañero de inmersión. Él cambió de destino y marchó lejos. No lo había superado, nunca llegó a decirle lo que significaba para ella. ¡Maldita tonta!

          Aquella noche que lo había sido todo en dos años para ella, se empeñó en camuflarla como algo esporádico y trivial. Se negó a darle importancia, se negó a reconocer sus sentimientos, pese a que él había insistido en repetir la aventura, en proseguir con lo que había surgido tras una eterna noche de guardia. Se había prometido que no sería la típica chica que cedía ante los sentimientos, la que posponía sus prioridades por un proyecto fantasioso de convivencia común. No quería fracasar como su madre, como su tía, creía llevarlo en los genes. Una incompatibilidad nata para las relaciones de pareja. Su objetivo debía ser otro, más serio, más profesional, con más aspiraciones. Y así tal y como se colocaba el traje de neopreno, se colocó su escudo habitual anti-coqueteo. Polvo echado, ligue cerrado. Pero él era distinto, no había desistido en dos años, nunca dejó de buscar su complicidad, su reconocimiento, su conexión… No parecía creer que aquella Adriana fría, dura, distante, fuera la misma de aquella noche. Dos copas no la convertían en alguien diferente por arte de magia, compañera, distendida, divertida. La afinidad entre ambos era evidente y la química pura. Ella bajó la guardia por una noche y se dejó llevar.

          Adriana creyó tener todo controlado hasta el día que él anunció su traslado. No la miró a los ojos, lo transmitió sin más a todo el equipo y a ella se le heló la sangre. Permaneció imperturbable y serena para los demás mientras en ese transcurso eterno de medio minuto su interior se desvanecía como el humo.

          “No era él, no lo era”, pensaba. Men, protege la cabeza. “Tonta, eso es lo que eres”. Dô, protege el pecho. “Te lo tienes bien merecido, por ilusa”. Kote, protege las muñecas y las manos. “A ver si así espabilas y piensas en ti”. Tare protege la cintura.

          Mierda, quizá sí era él y ahora estaba así, sola (esa era la palabra), por pensar demasiado en ella misma. ¿Acaso le mandó alguna señal? ¿Qué esperaba?

          Notó la mirada del Sensei clavada en su nuca. Del maestro decían más sus silencios que sus palabras. Intentó mirar el suelo a través de su armadura, la madera parecía recién pulida. El eco de los pasos descalzos delataba un rumor contenido, era el respeto, sin más, de los allí presentes.

          No debería haber ido hoy, ese no era hoy el lugar de su camino. Su Shinai dio en zona valida, una y otra vez, men, kote, y tsuki. Siempre con el tercio superior del shinai, con su cuerpo bien alineado y en equilibro y su kiai oportuno. Pero no bastaba con golpear y eso Adriana lo sabía, sus golpes reflejaban cada una de sus emociones internas. No bastaba con golpear, había que hacerlo con espíritu y presencia.

          El espíritu de Adriana no estaba allí, había volado con él, a kilómetros del dojo.

          Bastó un gesto del Sensei para girarse y marchar. Estaba rota.

          Sexo, tan sobrevalorado, una vez al año para desfogar y basta. A ella con sus dedos y dos minutos le sobraba. De hecho, ninguno había llegado a ese nivel. Y actuar no era algo que la motivara especialmente. Siempre había sido tan autosuficiente que los hombres le habían dado pereza. Desde su padre hasta su hermano, no consideraba al resto una excepción.

          La atracción hacia su compañero, sin embargo, había ido in crescendo, día a día, noche a noche más bien. A los tres meses tuvo claro que se lo tiraría, sólo tenía que pensar cómo. Debía hacerlo sin atadura alguna, un encuentro ocasional, el típico “hagamos que no ha pasado”, “me pasé con el vino” … Mantuvo su distancia.

          Y no bastó, fue espectacular sí, había que reconocerlo. Una química fuera de lo común para ella, un listón muy alto, difícil de olvidar. Por ello, tuvo que poner un límite claro. No podía permitirse el lujo de repetir, de engancharse, de depender emocionalmente de otra persona. Y lo fue alejando, así sin más.

          Él también tenía un límite, parecía obvio ahora, analizando los meses transcurridos. ¿Y por qué no iba a tenerlo? ¿Cómo había sido tan ilusa? El mundo no giraba en torno a Adriana y ella había creído, durante un tiempo que sí, que esa rotación era controlable.

          Y después nada, sólo el fondo del mar, un fondo oscuro y con un misterio insondable. Allí donde nació la vida, sólo allí se vislumbraba el destino final. Necesitaba un cambio, pero era incapaz de salir del oleaje que ahora amenazaba aquel irreal equilibrio que se había creado durante años..

PIES DESNUDOS

No recordaba verlas así, jamás había considerado la idea de no pintarlas. ¡Qué dejadez! Las uñas decían tanto de una persona como el orden de sus armarios o el de sus ideas.

Nunca había ido a un salón de manicura. Siempre, desde la infancia, tal y como lo hacía su madre y sus tías, había cuidado con esmero sus manos y sus pies. Cortaba, limaba y pintaba, con paciencia y concentración, retirando después el sobrante derivado del mal pulso (que, normalmente, era mayor si el ritual se dejaba para el último momento, previo a cualquier salida). Y esto había sido así durante, al menos, treinta y siete años.

Comenzó a andar, como una pava, descalza por el pasillo. Sentía cada paso y el frescor que desprendía la baldosa era gratificante. Era una bonita sensación que le recordaba aquellos paseos por los templos de la India. No podía dejar de mirar sus pies desnudos. Conocía de memoria la casa, lo suficiente para poder caminar por ella sin mirar a ningún otro lado que no fueran sus pies desnudos. Había retirado los esmaltes de manos y pies antes de darse un baño. El agua caliente había eliminado cualquier rastro que no detectara su vista, ya menguante.

Era inaudito, pero cierto. De repente, le atraían esos pies sosos, naturales y sin color. Eran perfectos. Maduros, cansados, pero perfectos. Cuando se cansó de pasear por la casa contempló sus manos y no pudo, por más, que opinar lo mismo. Desde hacía un tiempo le pasaba algo similar con su rostro. Apenas se maquillaba ya, sólo rímel y un poco de brillo en los labios. Se encontraba mejor así, de alguna manera era como si hubiera dejado de reconocerse. Así sus arrugas se suavizaban y la flacidez de la piel se notaba menos.

Volvió a sus pies, con la mirada y con el pensamiento. ¿Sería posible calcular todos los kilómetros recorridos en su vida? Tantos y tantos viajes… ¿Y todos los precipicios a los que se habían asomado en los altos tacones que usaba más joven? Seguro que sí, ahora todo era posible. Se sintió orgullosa de aquellas extremidades que tan bien la habían soportado en los buenos y en los malos momentos de su existencia. Guardaban muchos secretos esos pies.  Sin duda, así, sin ningún color en las uñas que minimizara el tono rosado de la carne, eran más auténticos. Levantó sus manos hasta la altura de los ojos, ocurría lo mismo. No, claro que no. No es que hubiera dejado de reconocerse. Se aceleró hasta el espejo de cuerpo entero de su habitación y dejó caer la toalla. Lo que ocurría, con certeza absoluta, era que se reconocía más que nunca. No veía arrugas, ni flacidez, ni decadencia alguna. Veía sabiduría, experiencia y belleza. Y se quería. Sonrió satisfecha. Se vistió con un pijama ligero.

A los pocos minutos se encontró en el sofá seleccionando entre varios esmaltes. Mañana volvía a salir de viaje. Viajaría hasta que aquellos pies le dijeran que parara y, para eso, aún quedaba bastante. Lo que a ella le susurraban seguiría siendo un secreto, para los demás, color.