….o mi frío pie y el mármol desnudo de aquella habitación escondida.
Añoro caminar por tus palacios y la sensación que aquellos paseos me producían. Recordarlo me hace creer que no era yo, que era otra persona. Y quizá lo era si no me reconozco, como una película muy vivida.
Ahora me siento, como aquel día, escondida en el subsuelo con los murciélagos reposando a unos metros de mi cabeza. Puedo sentir la piedra roja en mi espalda y el susurro del agua al correr por los pasadizos. Todo tiembla mientras los elefantes suben la pendiente del fuerte y mi corazón retumba al mismo paso marcial. Físicamente entera y un espíritu intrépido pero prudente.
Sin embargo, me pregunto por qué me paraliza cualquier inconveniente, por qué me duelen las piernas y la cadera como si fuera una abuela, por qué llueve en mi cabeza ese repiqueteo constante que me nubla el juicio y amontona mis quehaceres. Es por todo ello que he vuelto a aquel lugar de piedra, inventado, que nunca lo he abandonado y que reconozco habito por fases intermitentes de sueño. Porque allí, en sus estancias y en sus dominios, vuelvo a ser yo reconociendo la pureza en la oscuridad y tu extraño poder sobre mi libertad.
