Etérea.

    Recuerdo la sensación fresca en la planta de mis pies al avanzar sobre las baldosas del templo, era una sensación fabulosa. Me encantaba descalzarme como ellos, veía tan estúpido estar allí y no hacerlo. En sólo un instante te sentías integrada con el edificio, con las personas que lo recorrían, con un pasado memorable y con ese presente. Tocar, palpar esos relieves y deslizar las yemas de los dedos entre sus líneas, seguir con ellas el dibujo de las decoraciones florales. Era, para mí, conectar con un mundo de ensueño, estar dentro de aquel cuento de fantasía sin ser una mera espectadora.

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    Avanzar descalza era la mejor forma de desprenderte de tu vida anterior. No abandonarla pero sí filtrar, de alguna manera, lo positivo. Nada perturbable asomaba a tus pensamientos mientras cruzabas unas salas de extrema pureza. El blanco del mármol ahuyentaba el humo oscuro hacia las cúpulas abiertas y lo diluía entre las nubes. Así pues, desaparecía toda sombra de duda. Y deseaba más y más, incluso girar sobre sí misma, volver a pisar una y otra vez aquellas baldosas que inyectaban de forma inmediata vida a mis venas. Notaba circular la sangre a través de ellas, desde la punta de mis dedos hasta la neurona más apartada de mi cerebro. Me sentía extremadamente ligera, delicada, como algo fuera de este mundo, etérea…

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Ahhh…lo prohibido.

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             Los días pasaban tan rápido en aquella escapada rural que la fugacidad de las estrellas en ese extraño cielo transparente se le antojaba anécdota. Él llevaba todos esos días contemplándola con una espía serenidad que, sin embargo, había ido creciendo en anhelo material. A la misma distancia pero cada vez visual y mentalmente más cercano a ella, a su cuerpo. Le fascinaba verla leer, tomar sus notas con esa delicadeza innata con la que unía sus pensamientos al folio en blanco. Él tomaba su café tan despacio como ella su té, casi sorbiendo al mismo intervalo. Había llegado a sincronizar sus movimientos de una forma natural. Ella, en cambio, seguía ajena a su persona. Pero, al menos, quedaba el consuelo evidente de que ella era ajena a todo lo que la rodeaba. Su libro y su libreta como preciosas antigüedades frente al último modelo de portátil. Su té y su perro a los pies, vigilante, como ente que la hacía viva. Todos ellos conformaban una especie de burbuja cerrada cuya llave se custodiaba sólo desde el interior de la misma. Tan sólo imaginar que accedía a esa dependencia privada hacía que un cosquilleo nervioso subiera por todo su cuerpo. De inmediato lo controlaba porque no era bueno que nadie, absolutamente nadie, le hiciera perder el control de sí mismo. Al menos allí, en público.