Inquietud temporal

    Siempre parece faltar el tiempo. Tiempo para leer, para escribir, para hablar, para ponerse al día con las noticas, esa media hora de redes sociales, ese tiempo para la compañía, de dos, de más de dos. Y ese, que a veces valoramos tan poco, ese tiempo para uno mismo. Esa calle que no anduve, ese libro que todavía no he comenzado, esa meditación pendiente. Todo falta en tu vida pues no hay conocimiento extremo ni verdad absoluta. De normal, sin ser conscientes, todos perdemos el tiempo en un noventa y nueve por ciento del transcurso del día.

    Hoy, ante la ventana que nunca tuve el valor de asomar, veo las hojas volar, los perros correr, la gente encoger sus hombros, no sé si de frío o miedo a … esa incertidumbre que trasladan las nubes. De pronto el frío atraviesa el cristal y te eriza el vello. Un extraño sentir, momentáneo pero común, a esas personas que atraviesan la calzada. Podría ser yo aquél que mira, no dos sino en tres ocasiones, a su alrededor. ¿Acaso le persigue alguien?. No lo parece pero ahí está, es su propia sombra. Le acompaña ese elemento formado entre el cielo y la tierra. Explicado científicamente pero siniestro. Su sombra no es alargada como la de los libros de misterio, no parece suya, pero no le deja ir. Acelera y lo pierdo en la esquina del edificio de en frente. Instantes antes de desaparecer la sombra parece girar en absurdo saludo hacia mi ventana y por tanto hacia mi persona. Provocadora oscuridad andante que impide que el frío desaparezca en mí.

    Me percato de que ese tiempo, que siempre falta, pasa ante la ventana de la vida (esa a la que no tenemos costumbre de asomarnos). Ahí está, circula veloz y resulta imposible aprehenderlo. Intentar detener el tiempo es perderlo en sí mismo. Un segundo, dos… cada instante escapa. Escapa sin leer ese libro, sin decir lo que realmente pensabas, sin mirar las vidrieras de cada calle que encierran el tiempo ajeno. Pisamos tiempo, pisamos la vida y la consumimos. Esa lágrima que no quisiste dejar caer, la perdiste por siempre, el tiempo que no corrió con ella te hizo dilapidar un sentimiento que podía crear instantes adicionales. El tiempo es, sin duda, el mayor de los misterios. Es el secreto que dicen, que cuentan, todavía no hemos desvelado las personas. Esas cuyas sombras no parecen propias. ¿Qué sombra viste encajar a la perfección con su dueño@?. No me mientas, pierdes el tiempo.

IMG_3549

Winter is coming…

IMG_4026

    Estos preciosos días de otoño, llenos de melancolía, niebla, humedad, en los que pierdes media hora con la plancha de pelo para llegar al trabajo con tu melena al más puro estilo Jackson Five o arriesgas tus huesos en un resbalón absurdo sobre una hoja mojada. Oh sí, qué bonitos son. Y es que, a pesar de ese tipo de incomodidades, lo son. Descubres colores que ni sabías que existían salvo que hayas estudiado la teoría de Chevreul, todavía el frío no penetra por tus tímpanos poco respetuoso, paseas con el perro en modo meditación on y compras castañas para asar mientras ves la serie de zombies. Aún quedan días para ese tema importante que debes rematar en el trabajo, para los exámenes si te sigues formando o para cualquier otra prueba de fuego; son esos días que a veces no eres consciente que debes aprovechar al cien por cien ya que, como la mayoría, volarán antes de que te percates de ello. Esos son los días de otoño.

    Se está antojando, sin embargo, un otoño intenso. Incluso fuera de esa órbita personal que se llama mundo. Un mundo que se presenta descontrolado. Noticias del horror de todos los días superadas, sólo y esta vez, porque rozan nuestra occidentalizada y aparenta correcta existencia. Porque, como ya dije en twiter, podía haber sido yo. En ese restaurante o sala de París podría haber sido yo, en esa playa de Tunez (donde me picó la más gigante de las medusas) también podría haber sido yo, en aquella estación de Atocha o en esas calles de New York. Y no porque viaje en extremo y cuando puedo, sino porque somos todos, aquí, en Siria o en China, todos somos todos. Todos personas. Días otoñales en lo que parece que hay que andar con pies de plomo y no por resbalar con la citada hoja caída, sino porque incluso si apareces muy sonriente en esa foto de la Torre Effeil que has colocado por solidaridad puedes ofender. Puedes ofender por ser española y apoyar a Valentino Rossi. Puedes ofender con según que comentarios a ese amigo catalán que olvida antaño fue un simple súbdito de tu reino, sí ese que nunca tuvo y al que cortésmente se le otorgaron fueros. Puedes ofender si crees que jamás debió crearse un estado como Israel en terreno ajeno. Puedes ofender si opinas que lo que pasa es culpa nuestra, consentida, votada, alimentada día a día por nuestros representantes… En definitiva, veo miedo y carencia de libertad en un mundo que se me antoja cada vez más radicalizado, leo barbaridades, auténticas mentiras históricas y pretensiones de actos futuros que me horrorizan. Algo se nos va de las manos y tarde o temprano nos va a reventar en la cara. ¡Qué irascibilidad!, ¡qué incomprensión!. Y lo que es peor, con pena, me incluyo en ambas, irascible y radical. En vez de unirnos, nos separamos. Esto es un hecho, a todos los niveles.

    Este otoño siento aquello de …»winter in coming» como algo muy real y huir parece complicado. Sólo volvemos a tener la fantasía como vía de escape. Ese mundo al que puedes entrar de un salto como hacías de cría simplemente con encerrarte en tu habitación y subir el volumen de la música a tope. Trasladarte con las notas o con tu mente ya era una elección más simple. Ahora, en cambio, parece complicado. Las canas o las preocupaciones son otras. Lo tienes todo y nada a la vez. A veces en un instante te sientes así, y todo es nada. Perdida sin saber lo que realmente importa, como el resto del mundo. Así parece estar la vida, desbordando. Tanto que ni en Fantasía nos dejan entrar.