Melodía de existencia

    Musica é…. lalallalalala lala….

    Llevaba una semana danzando al son de distintas melodías… Había descubierto a Louane en La familia Belier y a los dos días me había descargado todas sus canciones, la banda sonora y más… Tenía talento sí, la chiquilla, aunque quizá había influido el hecho de que nunca (hasta ese momento) me había llamado la atención la música francesa. Era, sin duda, un bonito idioma. No como otros que, sin que nadie se moleste, parece que hablan con un plátano dentro de la boca.  Y como ya decía Carlos I de España (V emperador): «Hablo español con Dios, italiano con las mujeres, francés con los hombres y alemán con mi caballo«. Por algo sería, seamos honestos.

     Hice limpieza general contorneando la aspiradora al ritmo de Smooth Criminal y mi caminata diaria con los lereles de la familia Flores. El jueves nos invitaron a un musical. No me gustan nada, para que nos vamos a engañar. En cambio, me pilló receptiva. Sister Act  es divertido y tiene un derroche de color, vestuario y escenarios que bordan la magnífica actuación de sus artistas.También, el pasado sábado, en un arranque juvenil y recuerdos de la Habana me encontré como una loca bailando salsa en un club. A la mañana siguiente me estallaba la cabeza, fue culpa de los mojitos seguro, no pudo ser mi insensatez. O quizá sí.

    En conclusión, he vuelto a sentir la música en mí, si es que alguna vez se marchó. Y he vuelto a comprobar su tremenda influencia. La música es alegría, es pasión, es pesar y melancolía, es una virtud que poseen unos pocos y a través de ellos nos permiten mostrar la más amplia gama de sentimientos que escondemos las personas. A través de la música y desde niña he vivido mis mayores fantasías y anhelos. Sola, encerrada en mi cuarto como cualquier adolescente. A veces aislada, sin que nadie, sólo y únicamente la música te comprenda. A ella contarle todos tus secretos sin vergüenza. Todavía hoy no sé arreglarme sin la compañía de la radio, la música me activa, la música es vida. Siempre hay una melodía paseando por la cabeza. Espero que también en la tuya.

La ciudad en la laguna.

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     La impresión de una ciudad cambia siempre con el tiempo. Dependerá de la compañía, incluso del clima con que la visites. Pero será, en todo caso, tu percepción personal ya que la ciudad en sí, sobre todo Venecia, lleva siglos igual. Ahora un foco de explotación artística y comercial con el turismo, pero desde antaño, un concepto de vida diferente. Y en el fondo un tesoro que esperemos no se nos escape nunca.

     En mi tercera vez en Venecia busqué el olor desagradable y los mosquitos de los que tanto protesta la gente y yo nunca he conocido. Encontré un mosquito traidor y ningún olor extraño. Nada fuera de lo normal en mí recibir, de cuando en cuando, un buen picotazo. Quizá yo planifico demasiado los viajes y nada suele escaparse. Ubicación perfecta pero tranquila, pintoresca pero fuera de lo típico, sin excesos. Así que, de nuevo, fue magnífico perderse entre sus callejuelas y callejones (ojo que no es lo mismo), laberintear y evitar caer al agua. Me sigue fascinando el barrio judío y la zona vecina del Arsenal (este año Bienale), para mí poseedoras hoy de un encanto superior al resto, con algo de la antigua pureza entre sus puentes y escalones. Tampoco desprecio el resto.

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     Con el reto de no estar acompañada por las amigas con ganas de fiesta o con la pareja en busca de ese momento romántico que hay que evitar por devenir forzado (te deberías enamorar antes de navegar o mal te irá), sino por un padre que no se deja sorprender con facilidad y una madre que se apunta a cualquier proposición. Hay que perder el equilibrio en el traghetto (no hace falta pagar ochenta euros por subir en una góndola, vuélvete veneciana@ e investiga las que ellos usan), sí o sí, beber lo que no debes y buscar a La Vieja de Giorgone allá donde inexplicablemente te la han escondido los responsables de la Gallería. Y pasear sola durante un largo rato, impregnarte tú y sólo tú de la esencia del tiempo que todavía recorre las calles y canales (sorteando a las compradoras compulsivas venidas de Oriente, sí aquella tierra a donde los mercaderes venecianos navegaban jugándose el tipo para traer a Europa las telas, los perfumes y los colores más exóticos, ah…el codiciado púrpura).

      La ciudad en la laguna, hoy por hoy, sigue siendo un milagro. Quizá conviene leer un poco de su historia antes de visitarla y saber de antemano que fue antaño un estado poderoso. Poder que con el tiempo pasó y sin embargo la vida continuó en ella sabiéndose eterna. Sobre el agua o bajo ella, Venecia siempre será única.

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