Igual opino…

    Se nos ha ido la cabeza, al menos a algunos. O lo que es peor, a muchos. Jamás hablo de política, futbol o confrontación alguna de según qué opiniones. Respeto todas y son temas que me aburren soberanamente. Pero la relevancia que adquieren algunas barbaridades me asombra cada día más. ¿Es incultura, prepotencia o creencia en esa falsa prosperidad que les venden?. Quizá es responsabilidad de todos que, durante años, hemos dejado evolucionar esas ideas absurdas sin decir ni «mu». De igual forma que (no se nos olvidé) se permitió pasear a Hitler sobre Europa para luego llevarse las manos a la cabeza. También él vendía esa idea de «somos mejores», «más buenos», «irrepetibles», etc… No concretaré, ya que no es cosa de unos pocos. Pero lo que más llama la atención es la tergiversación y apropiación de la historia que hacen según qué personas. Lo han hecho desde la base, desde las escuelas, han cambiado los libros, los nombres de los antiguos reinos, escudos, banderas e incluso las fronteras. Lo han hecho a izquierda y a derecha de mi maravillosa parcela de tierra. Eso, amigos, lo hemos permitido ya que no se frenó a tiempo. Y ahora nos encontramos con distintas generaciones que creen, firmemente, que esa es la realidad. Es su realidad, desde luego, no la nuestra. Ello lleva a pensar que o son tontos, o  muy listos. Cualquiera de las dos opciones asusta. Son tontos porque se basan en hechos falsos y a día de hoy para todos es accesible la verdad, al menos la histórica. Basta lanzarse a la aventura y sana práctica de la investigación. Sobran las fuentes históricas, legales,… Cierto es que muchos de los que «abanderan» (sin saber o no querer saber que ni es su bandera, ni su patrón) estas ideas probablemente no saben leer una ley de presupuestos, ni examinar las competencias cedidas a ciertas comunidades para interpretar quién es el responsable o repartidor de culpas. Pero buff… en este caso el poder de la ignorancia deviene amplio, ya que les convierte en una masa más y más manejable (listos entonces). Para muestra un botón, es decir, la sarta de gilipolleces que tenemos que tragarnos si vemos los noticiarios del día o seguimos twiter al minuto (agotador por otra parte). Hace tiempo ya que se concluyó que la disgregación no lleva a grandes metas y es en la unidad donde está la fuerza. Es esto, de nuevo, cuestión histórica. Son precisamente los que nunca tuvieron su propia identidad (por depender siempre del vecino) quienes más la desean. Causa hilaridad, mucha. Probablemente no se dan cuenta que a muchos nos importa un pito semejante agitación. El problema es que se han convertido en cansinos, mucho. Sino te gusta tu país, vete. Pero no seas tan ridículo de inventar uno que nunca existió. Ojo, pero pudiera darse. Todo es posible en esta vida. Es mucho más simple y sencillo utilizar las propias armas que te da la legislación para clarificar e incluso, por qué no, para cambiar situaciones «estancadas». Adaptarse o morir pero, dejen de dar el coñazo, aburren mintiendo y pierden nuestro respeto. En cualquier caso, fuera de las fronteras (por ahora comunes para disgusto de algunos) igualmente hemos dejado «hacer» al estado islámico, y a algún otro, lo que ha querido o ha interesado (tontos también si nos engañamos). De poco sirvió llorar por aquellas ruinas que apenas reflejaban lo que quedaba de raciocinio en un valle de dudas y turbantes. Ahora (y como en las grandes guerras que todos olvidan) nos llevamos, de nuevo, las manos a la cabeza ante el desfile de pueblos enteros por mar y carretera (el avión parece inaccesible).

    Estos mínimos ejemplos (de tantos) de incoherencia de la humanidad me llevan a pensar que, sin casi darnos cuenta, estamos ante el preludio de un nuevo cataclismo mundial. Dentro y fuera de cada país. Y ya sabemos (o no, para los que olvidan el pasado) cómo suelen acabar estos acontecimientos. Me veo inmersa de repente en una gran «pliegue» del tiempo, ya no tanto espectadora sino participante. Por ello, hoy me desahogo. Resulta utópico pensar que sólo un virus que nos convierta en zombies, un asteroide que se estrelle en el planeta o una invasión alienígena haría que nos uniéramos en una misión común de supervivencia. Pero no, casi he perdido la fe, probablemente, sería el fin ya que nos destruiríamos antes entre nosotros. Nos hemos cargado el mundo, la naturaleza, los animales, la historia y por tanto la vida. Avísenme cuándo recuperemos el sentido común. Estaré hibernando entre antiguos cuadros y documentos con polvo de siglos mientras todavía sigan expuestos y existiendo. Ahora bien, que nadie venga a molestarme a mi propia casa (y este es un concepto amplio de frontera) porque se llevará un «soberano» puñetazo.

Indiscreto vecindario

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      El viento entraba ligero por la ventana ondeando las cortinas cual banderas en edificio oficial. Mucho menos ligeras y más impertinentes llegaban hasta él las voces de los chiquillos del vecindario que parecían ponerse de acuerdo en reunirse siempre bajo sus muros. Pero ¿qué podía decir?, se suponía que era una zona común. A los quince minutos le aturdían tanto los gritos de los juegos infantiles que no le quedaba más remedio que ponerse de fondo algo de música. Encontrar melodías que acompañaran su trabajo sin distraer tampoco era cosa sencilla. Por tanto, a esas alturas  su punto de concentración era bajo o nulo. Se preguntaba cómo era eso de dejar la mente en blanco. A él le resultaba imposible, no sabía si debía ir precedida de una relajación para lo que tenía una incapacidad total o si, simplemente, su cerebro tenía una actividad superior a la media. Esto último denotaría una inteligencia que no poseía por lo que había que deducir que era un completo inútil para controlar sus pensamientos. Esto, sin duda, era preocupante.

     A mitad de tarde continuaba la fiesta continua de niños y padres en la calle peatonal. Le parecía increíble la forma en que los padres llegaban a hacerse insensibles a la ruptura de la barrera del sonido provocada por sus hijos. Y apenas sin inmutarse mantenían las conversaciones entre sí como si el griterío que les acompañaba fuera un eco lejano en un valle imaginario de la tierra media. Lejos, lejos de la realidad. Pero él, ni era padre, ni vivía en la tierra media, ni estaba sordo. Fue en ese instante de mayor indignación, fruto, en el fondo no de los niños, sino de su propia convicción de que no haría ya en el resto del día, que comenzó a dar vueltas por la casa ingiriendo un melocotón y regando las plantas al mismo tiempo.

     Tuvo que pasar tres veces por la cocina para percatarse que la sombra de las cortinas sobre la mesa no era la correcta. Se detuvo y vio brotar los rayos de sol de repente en el original mantel de la Torre Effeil. Se giró hacia la puerta pero antes de salir volvió con rapidez la cabeza hacia el mismo punto y esta vez sí los vio esconderse. Sus cabecitas modificaban las sombras habituales del día. Como felinos en época de caza… ahí estaban los típicos niños que, cansados de los juegos habituales, habían decidido ponerse a explorar el territorio en busca de aventuras e historias inventadas. ¡Qué mejor que espiar al vecino friki!, ósea a él.

      Una sonrisa se dibujó en su rostro a la vez que se escondía en el pasillo y dejaba con cuidado la regadera en el suelo. Quizá también él pudiera divertirse un rato. Al fin y al cabo hacía meses que no veía una buena peli de miedo. De repente por arte de magia, sus pensamientos se pusieron en orden, maquinando… Dejó caer el hueso del melocotón y dejó de sonreír.