Platanias: primera línea.

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   El hombre de la mesa de la izquierda se rascaba entre los dedos de los pies mientras acababa su segunda jarra de cerveza. En la segunda línea del chiringuito, donde empezaba una fila de hamacas, una pareja recolocaba las mismas orientándolas al sol. No se habían dirigido la palabra en las dos horas que llevaban allí. Él concentrado en su libro y ella en su smartphone. El diálogo entre la madre e hija que tenían situadas detrás no era mucho mayor. La pareja más joven de las hamacas de la derecha también se hallaban enfrascados en sus individuales quehaceres. Ella leía la historia de los Banu Qasi y él no dejaba el smartphone ni en sueños. Pero ellos, al menos de cuando en cuando, intercambiaban entre sí una sonrisa y un pequeño diálogo que parece les ponía al tanto de sus impresiones del momento. Ella, además, tenía una pequeña libreta en la que a ratos realizaba una serie de anotaciones.

   A Sofía le llamó la atención el hecho de que aún utilizarán el clásico libro y la clásica libreta fuera de cualquier connotación tecnológica. Pero sabía que sí, que todavía había extranjeros que disfrutaban del antiguo placer del tacto de la hoja y el bolígrafo. Sofía disfrutaba igualmente de analizar a todos ellos escrutando hasta el mínimo detalle de tal forma que casí (en pocas horas) llegaba a tener una idea bastante aproximada de la personalidad de cada uno de aquellos huespedes temporales. La que había estrenado bañador, la que estrenaba retoque en el rostro, el que estaba a dieta, los que estaban al borde de la ruptura, los recien enamorados, los ancianos bien avenidos, las amigas juerguistas… Todos, sin saberlo, se desnudaban por dentro y fuera para la discreta camarera del chiringuito. Una sonrisa dulce cuando entregaba el cambio escondía otra secreta y mordaz. Esa gente eran su entretenimiento, vivía a través de ellos la mayor parte de las horas del día. Con ellos y por lo que evidenciaban con total simpleza, ella traspasaba las costas de la isla. Mientras esos inocentes turistas se relajaban hasta el punto de olvidar sus verdaderos «yo», Sofía se apropiaba mentalmente de sus ansiedades, de sus preocupaciones, de sus miserias y anhelos. Los veía levantar sus miradas, contemplar el mar en el horizonte y era capaz de descifrar cada uno de sus pensamientos. Lo que luego hacía con ellos, cual ladrona de guante blanco, sólo lo sabía ella. Fantasías al fin y al cabo.

   Ella no se creía tan vulnerable como ellos. Pero desde el chiringuito vecino Sofía era tan observada como el resto. Entre unas cortinas que escondían la camilla para masajes del resort, un rostro frío y sereno la contemplaba en silencio. No era por curiosidad, no era por conocer gente, no era por dejar volar los pensamientos. Él sabía lo que quería y la quería a ella. En aquel pequeño espacio no entraba el sol, ni el mar, ni el horizonte, sólo la oscuridad de la desdicha. Oh, pequeña.