Esa calle que respira…

          Hacía tanto tiempo que no visitaba el barrio que, al girar la esquina y contemplar el inicio de la calle, se quedó estupefacta. La calle escupía vitalidad.  Apenas podía ver su final. Seguía siendo una arteria principal de la ciudad, antigua, vieja, pero todavía relevante. Inmigrantes y gente de toda la vida le imprimían ese carácter auténtico. Pudo comprobar que las más importantes franquicias tenían sede en la vía, peatonal por fuerza. Entre empujones y escrupuloso análisis de carteles comenzó a sentirse de nuevo en casa. Habían pasado más de treinta años pero todavía podía verse correteando tras sus primos, entrar en el mercado saludando (de niña era más simpática) tras su madre, acompañar al estanco a su padre… Incluso pasó por el lugar donde escuchó la palabra «puta» por primera vez en su vida. Ella desconocía su significado, sólo había defendido a su primo de otro niño que quería arrebatarle su juguete de soltar burbujas, pero por el tono de la palabra en cuestión se consideró altamente ofendida. Y ahí estaba, ahora había una floristería donde antaño era la mejor pastelería que conoció jamás. Recordar aquellas palmeras de chocolates, esas brevas (que sólo le permitían tomar en los paseos del domingo), casi podía volver a saborearlas. Lástima, por un momento creyó que podía volver a probarlas. En el fondo había acudido a hacer un recado tonto y se estaba deseando llevar por absurdos recuerdos. Pero era un hecho que aquel paseo le estaba inyectando una buena dosis de ánimo. La calle palpitaba por sí misma, las ventanas de los edificios respiraban y la gente interactuaba con todo ese entorno de tal forma que cualquiera que pasaba por allí debería integrarse o morir.

El reportaje inconsciente.

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Intensidad, sin duda, es lo que más llamó su atención al ver las fotos.
Intensidad de lo vivido, de lo sentido, de lo amado en todo este año. Fue un año duro, desilusiones, frustraciones y despedidas. Difíciles despedidas. En aquellas fotos estaba su lucha, inconsciente pero evidente. La vida seguía y ellos así lo habían ido reflejando. Aquellos libros eran un resumen de todo lo acontecido, el diario de sus vidas desde el minuto uno. Y había alegría, había emociones, un ejemplo de saber vivir sin desaprovechar ni un sólo instante de esta efímera existencia. Al verlas, una a una, asumió aquella curiosa evidencia que era suya aunque hasta ese momento no lo había visto así. Y dio gracias a Dios, se paseó por un instante por todas la iglesias católicas, anglicanas, protestantes, templos hindúes y mezquitas que había visitado, a lo largo de su vida, en sus viajes. En todas estaba la presencia de ese ser superior al que debía, como humana, agradecer el haberle otorgado la suficiente lucidez como para apreciar el paso de los días, el transcurso de los minutos, las horas, el deterioro de su propia piel, los efectos del cansancio de su cuerpo. Sentirse anciana, sin serlo. Y por todo ello, vivir, vivir y vivir. Agradeció tener montones de aquellos libros de fotos que no eran otra cosa que el reflejo de su vida. Lamentó entonces que su abuela tirara todas fotografías de la suya. ¿Por qué lo había hecho?. ¿Por qué borrar su recuerdo para ella y para los que la sucedían?. Le angustiaba pensar que era arrepentimiento o vergüenza, no tenía otro sentido. Salvo que el sentido fuera otro,… no ver lo que ella veía ahora en los suyos, ese paso del tiempo. Y por tanto negar ese hecho con la destrucción material, que no real. Negar lo que venía, el paso a otro estado no deseado en el que, desde luego su abuela, no creía. Estaba segura que no era por olvidar u ocultar, sino por frenar esa evidencia temporal. Ambas entonces se agarraban a la vida, pero lo hacían de forma distinta sin duda. A veces, ella incluso tenía la impresión de acelerarla, de ir por delante. Quizá unos veinte minutos antes de la hora que señalara cualquier reloj. Antes, ella ya había llegado. Se sintió orgullosa de su ventaja y decidió seguir aprovechándola.

EL TEMPLO

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Y de repente se ve de nuevo entrando en el Templo de los monos de Jaipur. En esta ocasión sin la compañía de su pareja, pero en las mismas condiciones. Vuelve a esconderse el sol y el guía apremia a que entre antes de que la noche se apodere de la jornada. Titubeante, como aquella vez, pasa junto a la vaca que bloquea la entrada vigilante y traspasa la verja.

La naturaleza gana, día a día, la batalla a ese viejo recinto sagrado y se apodera de los antiguos edificios donde la humedad ha hecho perder la intensidad de sus colores. Pasea solo buscando alguna cara amable entre los habitantes vestidos de telas naranjas. Esas personas extrañas que cuentan se retiran a esos edificios salvajes a meditar pero que sabe saldrán a pedirle dinero por una foto o por entrar a cualquier estancia. Y entonces se percata que no lleva cámara, ni móvil, ni dinero, ni cartera, ni siquiera bolsillos. Camina, como el resto, con unos pantalones holgados y una camisa de color naranja. Ligero, camina ligero. Comienza a ver los primeros monos. Se asoman entre arcadas lanzando pequeños gritos que parecen burlarle. Es consciente de que ningún falso budista aparecerá por allí. También sabe que el guía le ha dejado allí, abandonado. Y sabe que no podrá volver a Jaipur solo en la noche. Empieza a tener frío e intenta serenarse. Ese lugar, ese templo, va a ser ahora su casa.

La celda asemejaba una de esas estancias sin sentido del templo. Sin sentido porque eran tan pequeñas que él nunca les encontró una clara utilidad. Pero debían tenerla y quizá era la misma utilidad que le daba él a la celda. Pensar. Sentarse allí y sentir pasar las horas del día, una tras otra sin nada mejor que hacer que meditar sobre lo acontecido a lo largo de su vida. Las causas, las consecuencias, los errores, la probabilidad de un cambio, de esperar algo  mejor.

Casi sentía vergüenza de sentirse tan sereno. Habían pasado tres meses ya y cada día se encontraba más tranquilo, más seguro de sí mismo. Y es que resultaba verdaderamente vergonzoso sentirse bien en la cárcel. Allí nada tenía. Había recuperado su libertad en vez de perderla. El supuesto castigo se había tornado en extraña bendición.

Jamás había tenido tanto tiempo para sí mismo ni para pensar. Su existencia siempre había transcurrido como un huracán de acontecimientos precipitados, uno tras otro, desde la infancia. Sólo los viajes le aplacaban el ánimo. Ver otros lugares, otras personas y otras culturas. Por ello, servía locuazmente a su trabajo como un esclavo durante todo el año para permitirse esa evasión vacacional.

Y de repente el tiempo se había detenido. Mientras todo el proceso judicial sí había resultado un calvario, incluso podía afirmar que había sido la verdadera condena, por fin la ejecución de su pena, lo tan temido, era un bálsamo de serenidad.

Y uno a uno había ascendido los peldaños del templo, rodeado por cientos de monos que, como los presos, contemplaban y algunos amenazaban en silencio, pero permitían el acceso. Un templo al que todo el mundo tenía derecho a entrar e incluso, en algunos casos, como sería el suyo, derecho a salir. Sin embargo ya no sería la misma persona. Ahora era alguien más fuerte, más sabio, sin miedos, sin vacilaciones. Nunca más un puñetazo tembloroso al aire.

Era cierto que había discutido con aquel hombre. Y más cierto que se había enfurecido. Mucho más cierto que le hizo perder los nervios. Le seguía pareciendo la peor de las personas ya que, era evidente, podía llevar al límite a cualquiera y sabía como hacerlo. Jugó con él. Pero bien cierto era también que él y sólo él fue quien agredió físicamente al otro. Ni siquiera fue un empujón o un puñetazo certero. Su mano había quedado en el aire. El muy estúpido perdió el equilibrio al intentar esquivarle y cayó. Pero cayó muy mal, tan mal que perdió un ojo. Cada miembro del cuerpo tiene un coste, una indemnización y una pena. Todo es valorable. Y ahora él cumplía con esa valoración. Allí en su particular templo de los monos.

Sí, la sensación era parecida. Tumbarse en la cama e imaginar el cielo estrellado sobre ella al tiempo que el lecho se elevaba con él en el aire. Y empezar a volar. Sí, una vez tumbado en la cama todo era posible. No había lugar al que no pudiera viajar. No era necesario que fuera dentro del mismo planeta. Existían mundos paralelos increíbles donde poder pasar las horas. Se alimentaban de fábulas, libros, historias, de sus propias fantasías y sobre todo de su soledad. No había peor sensación que descender de la cama, volver a la realidad y tener la certeza de que esa felicidad soñada estaba allí, no “aquí”, en el templo.

Volvió a contemplar las láminas del libro de arte, aquellas que le habían hecho volar. Los grabados de Piranesi le habían fascinado. Él con un libro de arte, sonaba tan ridículo, sin embargo era una de las cosas “extrañas” que sucedían en el templo. Giovanni Battista Piranesi era un personaje curioso de la historia del arte. Mientras todos los de su tiempo se dedicaban a copiar y reproducir fielmente las antiguas ruinas griegas y romanas, Piranesi se dedicaba a fantasear con ellas. En una época en que la razón, como tal, comenzaba a influir en los personajes más relevantes de la sociedad, empezaron también las preocupaciones por mejorar la salubridad e higiene de las personas y de los lugares que ocupaban esas personas. Ya en el siglo XVIII preocupaba también la salud moral. Por ello comenzaba a pensarse que la situación de las cárceles no era la más adecuada para regenerar la moral de aquellos que, por desvíos en su conducta, habían acabado allí. Y Piranesi dedicó una tirada completa de grabados a las cárceles. Desconocía si este artista había estado encarcelado alguna vez, pero lo que estaba claro es que había sido una persona que no rehuía los problemas de la gente. Sus invenciones de caprichos de cárceles eran un canto a la libertad. Hoy cualquier parecido con la realidad era mera coincidencia. Pero aquellas imágenes eran fabulosas. Cualquiera hubiera delinquido a posta sólo por habitar durante algún tiempo envuelto por esa arquitectura de fantasía. Sintió que, cientos de años atrás, Piranesi (como había hecho él forzado por las circunstancias) había creado sus propios templos. Templos que sanaban la moral de los hombres perdidos, sin control. Pero,… ¿y qué sería de la sociedad sin aquellos hombres?. ¿No eran acaso parte imprescindible de la misma?. Sí, filosofar sobre la vida y sus misterios era otra de las cosas “extrañas” que sucedían en el templo.

El templo eran sensaciones y sentimientos. Era el tiempo para él, cual sacerdote budista, sin más distracción que encaminar su espíritu a lo correcto. Sabía que si no lo aprovechaba se perdería de nuevo, pero él no. Al salir le devolvieron sus zapatos como ocurrió en Jaipur y también en Agra o Delhi. Y era cierto que eran sus zapatos. Pero esta vez los llevaría por un camino diferente y sería el bueno, siempre y sólo bajo su criterio, pues era ya un superviviente de la naturaleza. Lo demás se le antojaba minúsculo en una perspectiva amplia e infinita de posibilidades.