Por Asturias…

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Sí, supongo que en un sitio así sería capaz de volver a escribir un libro, de salir de mi día a día rutinario y pensar que en esta vida hay mucho, mucho más. Todo un mundo que nos empeñamos, maldita sociedad, en no descubrir. Disculpen la reflexión. En cualquier caso, no creo que me quedara. Ya estoy mayor para según que cambios. En cada lugar que visito (y se puede decir que he viajado bastante) intento imaginarme viviendo. Lo hago siempre.
Por eso, nada más llegar con nuestras cosas al Hotel Alavera (más casa rural que hotel) y pasear por su terreno fotografiando los patos, gallinas y cabras como una niña, vuelvo a los mismos pensamientos.
Hemos buscado un lugar estratégico para tres noches desde donde poder recorrer Asturias. Partimos simbólicamente desde las hermosas playas de la zona de Llanes (lugar hasta donde habíamos llegado desde Cantabria hace unos años). La lluvia nos ha acompañado hasta hoy y me temo que volverá. Así que, viendo llover sobre el mar, contemplamos la playa de Poo, la de Cuevas del Mar y la de Gulpiyuri. En Ribadesella, como si se acabará ya el viaje que inicia, mi acompañante prueba la famosa fabada y el cabrito. Pueden ustedes también imaginar como acabó. Mientras bajamos semejante exceso paseando por la playa de este bello municipio imagino que me toca la lotería, compro uno de esos antiguos caserones frente al mar e incluso veo ya trotar a mis perros por la arena. Un chapuzón de minutos rompe el cuento de la lechera y decidimos ya buscar nuestro encantador alojamiento situado entre Villaviciosa y Tazones. Ordenamos nuestros enseres, descansamos una hora y vamos a pasar la noche a Villaviciosa donde hacemos escrupulosamente la ruta de la manzana, calle arriba y calle abajo, e intentamos cenar un ligero picoteo de productos de la zona para compensar la ya nombrada comilona y de cabeza a la cama. Estamos k.o.
La mañana siguiente amanece con el cielo cubierto así que decidimos dedicar el día a Oviedo. Tengo curiosidad en ir ya que tengo un lejano recuerdo de la ciudad cubierta de agua que, algo me dice, no va a cambiar. Pero antes de adentrarnos en el centro de la ciudad exijo visitar los monumentos prerrománicos de la zona. Pregunta de examen en mi grado de arte me muero por pasear por el pabellón de caza de Ramiro I. Tras una fugaz decepción al comprobar que la ciudad se ha extendido por el monte Naranco casi hasta los mismos históricos edificios, veo que, en el fondo, no han perdido su encanto. Comenzamos por San Miguel de Lillo y bajamos por el mismo bosque (jugándome la vida por terribles pendientes o así las veo yo) hasta Santa María del Naranco. Muchos las contemplan como las Iglesias que acabaron siendo pero yo sigo viendo los palacetes de campo donde el rey se retiraba a descansar, cazar y fiestear. Alzados en la ladera se ve toda la ciudad desde allí y una fugaz sensación de poder se apodera también de ti. La lluvia nos has respetado esta pequeña excursión pero de bajada al centro la cosa parece que cambiara. Así qué paseando entre las calles con paraguas en mano me pregunto si cambiará la idea de melancolía que conservo de Oviedo. Vamos callejeando hasta una hermosa iglesia (no recuerdo el nombre) donde se celebra una boda y curioseamos como buenos españoles que somos. Después decidimos visitar la Catedral. Vista la sábana santa de Turín y el sudario de que se expone aquí (que si uno cubrió la cara primero, que si el otro el cuerpo después…), mis credibilidad hacia estas «reliquias» permanece inmutable. Sin embargo, la catedral en sí me causa una grata impresión. La visita es gratuita salvo la cámara santa, cripta y claustro. Pero los cuatro euros que cuesta ver estos espacios son una maravillosa inversión. La información que dan a través de la autoguia es completísima y asequible para todos. Pasamos una hora dentro de este edificio. Pasear por la historia es siempre un placer. Además, golpe de suerte, cuando salimos ha parado de llover y el sol inunda las calles repletas de gente. Los pórticos de las plazas adyacentes y del mercado callejero están abarrotados pero nosotros buscamos una taberna donde ver los entrenamientos de Fórmula 1. Siendo la tierra de Fernando Alonso no parece difícil y resulta bien acompañando el tema con picoteo de chorizo a la sidra y papas con cabrales. A media tarde decidimos visitar Lastres, famoso en la actualidad por ser donde se rodó una conocida serie española. Imaginarme viviendo allí con tanta pendiente me resulta incomodísimo, pero el paraje y el pueblo es de una belleza espectacular. Tomamos un helado en el astillero y decidimos visitar el faro. A él llegamos tras sortear un camino con más agujeros que un colador y lo dicho, un faro y bonitos acantilados. Debemos descansar. En nuestro agradable alojamiento nos reponemos y pensamos ir a cenar a Tazones. Lo tenemos al lado. Este pueblo me encanta, es como si la carretera desembocara directa en el mar custodiada a ambos lados por casitas de colores llenas de restaurantes que te exhiben el marisco y el pescado. Demasiada tentación como para no sucumbir y nos damos ese pequeño lujo, por un día…y otro día … Más.

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Leda

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Era un tiempo remoto, pasado. Un tiempo en el que los mortales convivían con la presencia de los dioses. Las alegrías y las penas del Olimpo se sentían en la tierra en forma de primavera o de diluvio. Sus habitantes eran juguetes en manos de los dioses y ha quedado en el olvido el momento en que los mortales les hicieron caer en el aburrimiento y la desidia. Hasta entonces los manejaban a su conveniencia. De celos, batallas e intrigas eran protagonistas.
Muchos de los mortales intentaban no verse influenciados por su presencia y procuraban llevar una vida discreta, anónima y que no llamara mucho la atención. Leda creía haberlo conseguido. Tenía todo lo que podía esperarse de su sexo, posición y edad. No se había casado con el hombre al que amaba pero sí con el que le convenía y esto era más importante que lo primero. Él le procuraba una existencia serena y apacible, además de darle todos los caprichos que se le antojaban.Él, Tindareo, sí la amaba. Ella era el objeto de su deseo y se dejaba llevar, sin pasión alguna, pero le dejaba hacer. Ahora él era rey de Esparta y su historia, su vida era conocida por todos, era pública y Leda se sentía el centro del mundo. Tanto que había olvidado la presencia de los dioses.
Pese a ser reina su frustración seguía siendo la misma. Todavía no había dado un heredero a Tindareo. A veces se sentía responsable y pensaba que era esa falta de deseo hacia su esposo la causa de no haber engendrado un descendiente. Con todos estos pesares había escapado de sus sirvientas y caminaba por la ribera del río Eurotas en profunda meditación. Fue entonces cuando algo llamó su atención. A lo lejos un cisne, el más bello de todos los animales que había contemplado jamás, avanzaba hacia ella de forma peculiar. Avanzaba y retrocedía casi la misma distancia al mismo tiempo de forma que, estando ella parada ante semejante escena, el animal no llegaba a Leda. Salía y se escondía del árbol que lloraba al río como en una danza sin ritmo. Fue al alzar su mirada a las altas ramas del árbol que protegía al cisne cuando pudo ver una enorme águila que acechaba al bello animal. Entonces avanzó hacia él. Un enorme deseo de proteger al cisne la invadió. Deseaba abrazarle, cubrirle con su cuerpo, con un ansia que no recordaba haber experimentado nunca. Apenas unos metros la separaban del cisne cuando supo que lo amaba. Al llegar a él lo empujó entre sus piernas para protegerle y alzó de nuevo la mirada para ver desistir al águila de su intento cruel. Se agachó mientras un inmenso calor la invadía desde los pies al rostro, un calor vergonzoso. El cisne comenzó a picotear dulcemente por su cuello hasta que logró tumbarla sobre la tierra húmeda. Poco a poco la despojó de sus finas ropas al tiempo que un cosquilleo de placer la inundaba. Sabía que algo en todo aquello estaba mal pero se sentía incapaz de detener tan pervertida locura y se dejó amar hasta rendirse agotada a un sueño en el que levantaba el vuelo con su amado cisne sobre el mundo terrenal hasta el Olimpo.
Cuando despertó se sorprendió medio desnuda y abandonada junto al río. Pensó que había sido un sueño, no había duda que el calor la había llevado a delirar. Poco imaginaba Leda que la realidad superaba al sueño, que había sido seducida magistralmente por el rey de los Dioses, Zeus, disfrazado de cisne en uno de sus cortejos insaciables a mortales. Aquella noche yació con su esposo todavía aturdida por el paseo de la tarde pero sin desatender sus labores de esposa. Curiosamente sus preocupaciones se desvanecieron tras aquel día. Cuando dio a luz a los gemelos hijos de Tindareo puso dos huevos y de ellos nacieron dos inmortales; Helena (la mujer más bella de la tierra causante del destino fatal de Troya) y Pólux. Pasó el resto de su vida protegiéndolos a ellos y así misma de la ira de Hera, mujer de Zeus. Pero nunca se arrepintió.

(La obra es interpretación del mito por Botero)