La mirada de Villard


cathwalls2

Corría el año  1215 d.c. cuando el Papa Inocencio III, tras el concilio de Letrán, instituyó la confesión obligatoria de los pecados al sacerdote, al menos una vez al año. Villard con quince años era un joven aplicado, siempre lo había sido. Por eso sabía que la Biblia ordenaba que confesáramos nuestros pecados directamente a Dios por medio de Jesucristo. Sin embargo, si ahora había que hacerlo al sacerdote, así lo haría. La Iglesia proveía más que los señores. Su padre le había enseñado cómo manejarse entre unos y otros. La cesión de su ser tendría sólo el límite que el mismo marcara, siempre adecuado a la diócesis, siempre oportuno.

A los cinco años, Villard con veinte, era ya un hombre y además un maestro. La adoración a la hostia fue decretada por el papa Honorio. Todo era acostumbrarse. Observaba como el abad intentaba llegar hasta el final de la estructura encargada a Villard. No llegaría, la luz no tenía límites y tampoco los encontraría en su catedral. La catedral de Willard. Aunque la Iglesia considerara que era suya, era él quien permitía ese pensamiento. No había noche que durmiera sin un objetivo para la mañana siguiente. Hacía tiempo que anotaba todo con precisión. Sólo un hombre de Dios le había dado un consejo certero; la sabiduría no debe quedar en el aire ni en la vida de un vulgar maestro. Vaucelles, Reims, Chartres… en todas sus jornadas itinerantes dejaba su impronta, pero esta podía ser efímera. Su hermano menor se había manifestado inútil para el oficio familiar y tenía la necesidad de dejar una herencia útil, pues no en vano se dedicaba a la mayor de las artes.

Ahora que el Abad le había procurado buen material y pergamino para sus escritos comenzó a ponerlos en orden. «Villard de Honnecourt os saluda y recomienda a todos aquellos que se sirvan de las instrucciones que se encuentran en este libro de rezar por su alma y de acordarse de él, pues en este libro se puede encontrar una ayuda válida para el gran arte de la construcción y de algunas instrucciones de carpintería y encontraréis el arte del retrato y sus elementos tal como lo requiere y lo enseña el arte de la geometría.» Dibujaba todo lo que veía y también lo que imaginaba acompañándolo de textos que pudieran facilitar la interpretación.  No se publicó hasta 1858 y hoy se conserva como un tesoro en la Biblioteca Nacional de París.

Si alguna vez supo Villard que su nombre pasaría por equivaler al mejor de los canteros, arquitectos, escultores o ingenieros, es difícil saberlo. Si alguna vez imaginó que su simple maestría, su afán de aprender, mejorar o enseñar, inspiraría una novela de éxito siglos después a su muerte hay que dudarlo ya que ni ese género literario existía. Pero quizá su inteligencia le deparó algún probable poema de trovador.

Quién conservó aquel cuaderno de viajes, como lo llamaba Willard, es a día de hoy un misterio. Quién lo escondió de los vándalos e incultos no se sabe. Quién lo protegió del deterioro del tiempo y quién se encargó de transmitir sus saberes es una incógnita. Se sabe que este manual se usó hasta el siglo XV y que sus distintos propietarios hacían añadidos en sus espacios libres. También sabemos que ha llegado mutilado hasta nosotros. ¿Qué más secretos se escondían en aquellas páginas desaparecidas?. ¿Qué habrá sido de ellas?. ¿Y por qué Villard, tan centrado en los detalles, olvidó conscientemente a las protagonistas de ese estilo gótico al que perteneció?. ¿Dónde están las vidrieras de Villard?.  Quizá, sólo quizá, él no necesitó de aquella luz distorsionada.

Villard_de_Honnecourt_-_Sketchbook_-_60

Hablando de todo un poco…

Tal vez alguien piense que aquí se escribe del pasado, con fantasía, de historia, de arte y de mucho sentimiento, pero no de actualidad. La que suscribe es muy consciente de la vida, de la realidad que nos toca vivir. Pero a posta no la aborda ya que no es su intención convertir el blog en crítica social continúa. Me consta que el sistema se nos desmorona. Doy fe por mi trabajo que los poderes públicos no responden a las necesidades, ya básicas, de muchos. Veo a mi alrededor a gente que sufre, que no llega. También veo muchos que se esfuerzan, que no se rinden. Me involucro en lo que puedo y no consiento zancadillas. Lo importante es mantener tu grupo unido y consta de dos secciones, la familiar y la de las amistades. No me importa la ideología política siquiera de los que me rodean mientras no pretendan que la asuma, de ahí que no gaste ni una línea en criticar a quienes nos representan y a día de hoy deberían estar unidos en un frente común. La historia es cíclica y la humanidad tiende a repetir los errores. Por eso es bueno, de vez en cuando, dar un vistazo al pasado. Lo hago de rato en rato. Sin objetivos claros. Si tan sólo por unos instantes de lectura alguien consigue desconectar de su realidad, buena o mala, a mi me basta. Porque esta fantasía, es la mía y también tiene algo de real.

El atardecer

No sabía qué podía hacer para huir de la cárcel que ella misma había fabricado en torno a su persona. Como una ilusa había creído que,siguiendo las pautas que marcaba el resto de la sociedad, llegaría a ser feliz. Y aún teniendo todo a lo que una persona podía aspirar hoy en día se sentía incompleta.
Le bastaba escapar unos días, mirar al mar, respirar profundamente y pensar que jamás podría llegar a controlarlo todo. Que justo ese momento, ese atardecer, era el suyo, el de verdad.
El mundo era demasiado grande y su vida demasiado corta para dejar una huella en cada pradera, en cada corazón que había conocido. Y los amaba a todos, sin excepción. Había visto su pasado navegar sobre las olas a una velocidad pasmosa. Y había empezado a sentirse vieja pero poderosa, sabia. Ya no quería ser igual, tampoco mejor. Anhelaba ser diferente. Envidiaba a los antiguos filósofos que pasaban horas reflexionando sobre el ser, la razón, la existencia de los humanos, casi meros animales hoy. Cuán poco había evolucionado la especie, siempre tropezando en la misma piedra. Por un momento creyó ser capaz de recorrer los continentes con sus sandalias romanas y una vieja mochila, pero hasta eso era ya vulgar. Sólo tenía su mente para navegar y gracias a dios seguía siendo infinita. Lloró de pensar que todavía era capaz de usarla y que no podría serle hurtada jamás.
Miró al horizonte hasta contemplar en la lejanía la isla de Delos, antigua isla de dioses respetada por todas las civilizaciones y cuyas ruinas aún despertaban admiración. Sus míticos leones todavía seguían en pie. Y sus pensamientos volaban y debían seguir haciéndolo mucho tiempo. Debían navegar contra marea aunque pareciera imposible. Supo que no iba a volver, en aquel atardecer de minutos lo supo. Se lo dijo el viento, el agua que salpicaba el mar y el sol que se escondía.

20130307-180740.jpg