Me desperté sudando. Tenía la camiseta del pijama pegada al cuerpo y me hizo sentir sucia. Con apenas seis años de edad no podía entender qué me sucedía. La opresión que sentía en el pecho me asustaba y desconcertaba. Deseaba saltar de la cama y acudir en busca de mis padres pero una fuerza superior parecía impedírmelo. El temor se había apoderado de mí, estaba inmóvil. Todos mis instintos me sugerían una presencia extraña en la habitación. Esa presencia, ese ser, debía ser sin duda el causante del sofocante calor que invadía el cuarto.
Sabía que lo mejor era no mirar pero algo me impulsaba a hacerlo. En el fondo de mi mente infantil algo me decía que debía analizar la situación. Concentré todas mis fuerzas en girar la cabeza hacia la derecha pues hacia la izquierda sólo tenía pared. La impresión fue indescriptible. Entre la ventana que daba al tejado del viejo mercado y mi armario una enorme bola de fuego se hallaba suspendida en el aire. No era capaz de gritar. Tampoco podía llorar. Y en cualquier caso, la habitación de mis padres estaba tan lejos que, a lo que me hubieran oído, la bola de fuego me habría abrasado.
No se mueve, pensé. No se mueve. Y si lo hace…, ¿vendrá hacia mí?. En mi mente de niña esa esfera de luz cegadora no era sólo eso. Era algo más y era malo. Claramente era una bruja que había venido a por mí para llevarme a su mundo. Tenía que actuar antes que lo hiciera ella como fuera. La puerta estaba frente a la ventana y la bola todavía seguía suspendida junto a ella, en el mismo lugar. Tenía poco margen pero lo vi claro. Debía saltar, correr, atravesar la puerta y salir de mi cuarto antes de que la esfera fuera consciente que yo ya estaba despierta.
Fue el único momento en mi vida en el que, con toda probabilidad, no pensé dos veces lo que iba a hacer. Aparté con brusquedad la ropa de cama y salté. En el justo instante que llegaba a la puerta la esfera se movió. Fue la única vez que la mire de frente. Y vi su cara, su pelo, sus ojos y en ellos su rabia. Me quería atrapar. Salí temblando de la habitación pero, gracias a Dios, las pequeñas piernas respondieron y corrí lo más rápido que pude. Con toda probabilidad, esta ha sido la única ocasión en mi vida que he corrido con ganas. Pero no tenía alternativa. Mi habitación era la última de aquella casa de mi infancia que nunca olvidaré. Tenía que cruzar el comedor y tras él, un larguísimo pasillo que conducía a la primera habitación, la de mis padres.
Recuerdo que gritaba «mamá» en mi trayecto y sé muy bien que la bola estuvo a punto de atraparme al estirarse cual serpiente. Sentí su fuego y sus garras. Cuando llegué al umbral de la puerta mi madre ya había encendido la luz de su mesilla y la esfera, al girarme y señalar, había desaparecido. «Fue sólo una pesadilla» me dijo mamá. Yo sé que no lo fue. A día de hoy sigo con la certeza de que no fue un sueño.
Años después, con casi diez años, me dejaron ver aquella serie titulada «El misterio de Salem’s Lot». No soy capaz de recordad ninguna escena de la misma salvo una. Ese horrible niño muerto llamando a su hermano por la ventana, rascando con sus uñas el cristal. Fue un trauma difícil de superar para muchos de mi generación según he comprobado en los comentarios del facebook de una página que, de forma ocurrente, rememora aquellos años de la EGB.
No me pregunten ya por qué no soporto el ruido de una persiana golpeada por el viento contra el cristal. Una ventana ha de estar siempre bien cerrada por la noche. De igual modo conviene dormir siempre tapado, no ser de fácil acceso para los espíritus errantes. Importante es, también, cubrir tu cuello con una mano durante el sueño de forma que, si un vampiro atacara, tuvieras tiempo de reaccionar al sentir su mordisco en la mano.
Nada…, que esta semana he oído decir que los escritores siempre escriben de sus miedos. No sé yo si será cierto este dato ni tampoco sé el motivo claro de por qué adoro, en la actualidad, las pelis de terror. Pero, por mí, que no queden los miedos escondidos.
Mes: febrero 2013
La conversa
Si por él hubiera sido seguiría ahogada en la ignorancia. Si de él hubiera dependido sería no más que una sombra alargada y torcida que avanzaría con temor tras los cuerpos orgullosos de sus hermanos. Porque para él, para su padre, ella era prescindible. Necesitaba varones que gobernaran con mano dura sus feudos y aplastaran a los infieles ante el menor indicio de rebeldía. Ella era un error, una complicación. No era tampoco su padre amigo de hacer lazos innecesarios con otras casas señoriales así que su mejor destino sería “gobernar” las tareas del hogar. No pasaría de decidir la comida del día o el orden de las provisiones en el almacén. No estaba en sus planes enamorarse ni salir del castillo. Le estaba prohibido.
Pero desde que el Prior necesitó ayuda en la biblioteca el mundo para ella había cambiado. Contaba entonces con nueve años. Los hombres estaban fuera luchando, dos de sus cinco hermanos ya habían muerto. Ante las noticias su madre se había sumido en un letargo absurdo. Por quedar bien, su padre la autorizó desde niña a ayudar en el priorato dejando claro a la iglesia que ninguno de sus otros hijos se uniría al clero y que la “prescindible” podía ocuparse de esas menudencias.
Ella no tenía acceso a ninguna estancia que no fueran los archivos del prior. No veía a nadie de la congregación y cuando su crecimiento y físico comenzó a ser un problema el prior le aconsejó acudir camuflada en una capa. Ante su sorprendente interés y avidez de conocimiento, aquel hombre le enseñó toda su administración que, en poco tiempo, ella llegó a controlar. Anales, Crónicas… todo lo clasificaba, identificaba y lo peor, si hubiera llegado a oídos de su padre, lo leía. Ambos sabían que no hacían bien pero no vieron mal alguno. Pronto aprendió a leer y escribir latín y a interpretar muchos escritos de los infieles.
En secreto comenzó a admirar tanta sabiduría. Había en aquellas crónicas más poesía que en cualquier canto de estúpidos juglares. A los trece años supo con certeza que había más mundo que el escaso territorio que les rodeaba y por el que su padre se jugaba la vida y la de sus hermanos. Y ella quería verlo y conocerlo. Se negaba a ser un mueble más del castillo como lo era su madre, resignada a esa vida inútil. Pero jamás desveló sus deseos a nadie, ni siquiera al prior porque ese hombre de Dios no podría entender que admirara a ese pueblo hostil e infiel que, sin embargo, les aventajaba en tantos aspectos de la vida.
Una reunión de altos señores se celebró en el castillo. Su padre hizo de anfitrión perfecto, y aun en duelo por su hermano menor, festejó con banquetes y juegos. Todos parecían tener algo importante que decidir cuando borrachos de alcohol y prepotencia, ella los observó danzar en torno a un documento que llamaba su atención. Contuvo la risa en la medida que le fue posible pero uno de sus hermanos, quizá la única persona que la conocía de corazón, advirtió su ironía en el rostro.
– ¿Qué ocurre hermana?. – le inquirió preocupado de que su padre detectará la mirada burlona de su hermana teniendo constancia de que buscaba cualquier excusa para mandarla al convento.
– Lo están leyendo al revés, si es que lo que pretenden es leerlo.
A solas con su hermano y el documento ella le facilitó la información que ansiaban. Eran órdenes detectadas a un grupo invasor. Pero su padre pronto cayó en la cuenta que sólo había una persona que, como una rata, hubiera sido capaz de adquirir conocimientos de clero e infieles. Y antes hubiera perdonado saber que se revolcaba en la cama del viejo prior que le avergonzará así ante los otros señores. Obvió la ayuda que ella les procuraba porque no podía aceptar que supiera más, que resultara más útil que cualquiera de los que allí se alojaban esa semana dentro de sus muros, que esa chiquilla que no debió nacer les dijera cómo debían atacar al adversario. Por ello, decidió mandarla a la frontera con un mensaje de amenaza y reto al enemigo. Sabía muy bien lo poco que duraría una mujer en esas tierras. Pensó que, como haría él, no sería respetada.
La hizo la más feliz del mundo. Saldría de allí con el mensaje de su padre y una vez más cumpliría lo ordenado. Sería la última ocasión que lo obedecía, sabía que no volvería. Así lo tenía decidido. Se despidió de su hermano, el único caballero que ella había conocido prometiéndole que, si era posible, le haría saber de su existencia y marchó sólo con un escudero a ver nuevos mundos. A los pocos meses su padre perdió dos feudos y un hijo más. A otro de sus hijos le perdonaron la vida por un solo motivo y le devolvieron un mensaje. Las nuevas fronteras estaban fijadas y lo estarían por años.
Cuentan en crónicas que una cristiana conversa, rica en sabiduría, conocimientos y ciencia, conquistó tierras musulmanas y decidió no devolverlas a sus semejantes sino gobernarlas en paz, honestidad y armonía entre hombres y mujeres de distintas razas y religiones.


