He pasado muchos años cumpliendo con las reglas. Acatando siempre las normas de la sociedad, los mandamientos de Dios, los artículos de la asociación, los consejos de mi familia, las costumbres de los gremios y las leyes de la milicia de San Jorge. Todo ese tiempo sintiendo que no vivía, viendo que no amaba a la mujer que se acostaba a mi lado, comprobando que ella tampoco me deseaba. Disimulando ante los demás porque… Qué dirán. Cubriendo mi indecencia, tapando mis vicios como si no fuera humano.
Y todo eso sin darme cuenta que tenía en mis manos el poder de darle la vuelta a esa existencia. En mis manos, en mi trabajo. Cumpliendo las pretensiones finales en todos mis retratos, perfectos los individuales, sublimes los colectivos. Tardé en percatarme lo fácil que podía resultar disimular también en ellos.
Y fue entonces cuando empecé a retratar la realidad, la vida cotidiana de los que de verdad se enfrentan a ella día tras día. Los que, de verdad, a su manera nos movían a la independencia de los españoles, a la guerra. El pueblo. Un pueblo del que no quería huir, que conocí por ti. Ahora también mi gente. Podía engañar al resto pero no a mi mismo.
Pintarte es lo más dulce y provocador que he hecho en mucho tiempo. Porque tú eres mi realidad, la única en mi vida, por encima incluso de mis propios hijos. Serás la gitanita para los tontos, la prostituta para aquellos con mente lúcida que sepan ver más allá de la luz en tu escote y boca entre abierta. Pero serás mi amor, sólo aquí, ahora en este instante.
Me sobran los detalles y me basta el pincel rápido y certero. Las manchas dibujan tu expresión intensa y tu alegría bohemia. Se capta en segundos. Porque eres natural, eres sensual. Porque tu mirada y tu gesto pícaro desvela esa personalidad que no se avergüenza de ser quien es, de vivir. Porque eres todo lo que yo no soy, mi pena y mi devoción. Sin gremios ni juicios morales que decidan si este retrato, si esta obra de mi amor, cruza o no los cánones de la decencia.
Por ser prostituta, por ser gitana, por ser la luz de mi túnel, por ser el deseo más próximo y más real que un hombre como yo pueda tener… Mi mano es tuya y con ella lo mejor de mí.
Mes: noviembre 2012
La niña que se peinaba
Hasta no hace mucho creía que sólo a través de los paisajes podía reflejar un estado de ánimo, un anhelo, una frustración o un destello de esperanza. Pero contemplando a la niña, al mismo tiempo que comenzaba a ejecutar los colores, se percató que ella era todo eso y más. Y ahora, antes incluso de dejar que se marchara, por un momento dudó si durante toda su vida había errado.
No, suspiró pausadamente. No había sido así. Él toda su vida había hecho y obrado como bien le había parecido sin dar cuenta a nadie. Liberado de la primera oposición de su padre, quien nunca lo había valorado, se dedicó a pintar por vocación, pura vocación. Desde una pronta juventud supo que quería pintar. Y lo hizo sin presiones ni sujeción a los acontecimientos políticos, sociales y revolucionarios de su época. Camille Corot fue ajeno a todo aquello. Ni siquiera tenía que trabajar para vivir porque podía hacerlo a costa de su acaudalada familia. Fue, de ese modo, como pudo permitirse un lujo que pocos podían llegar a tener pero que él nunca dejó de valorar.
Vivir del aire, hacer sólo aquello con lo que disfrutaba. Recorrer el mundo, viajar y plasmar en un lienzo los distintos paisajes que la vida le ofrecía. Sin fantasía alguna reflejando todos los volúmenes y detalles tal cual eran en la realidad.
Sólo en los últimos años, y básicamente porque la salud ya no se lo permitía, se había dedicado a estudiar y pintar la figura femenina. Pero nunca le habían atraído los retratos y si los había realizado era para agradar a algún familiar o amigo. Hoy, sin embargo, que concluía el cuadro de la niña peinándose, al mirar a su modelo a los ojos pudo ver a través de ella toda una vida, pasada y futura pendiente. Miles de paisajes que él, jamas ya, podría disfrutar.
Y una vez más se llenó con lo que se le ofrecía galante. Y ejecutó rápido y eficaz dando a la niña el mismo halo dulce, bello y sereno que ofrecía la naturaleza, con las luces y sombras que otorgaba un atardecer. Porque, ya lo vio claro, la humanidad formaba parte de esa naturaleza, cambiante día a día. Y él aún tenía tiempo, algo de tiempo para transmitirlo así.

