Listos para el viaje

                Que si los exámenes, que si el trabajo, que si la boda, que si me estreso, que si… Ah, qué descuidados os tengo. Debería remediarlo sí. Por ello he decidido que haré un diario de viaje, sí, de mi viaje. Londres, Pekin, Singapur, Delhi, Agra, Jaipur…. Serán muchos días, pero también muchas experiencias, anécdotas y vivencias en otros países, con otras gentes y con otras culturas. Sin duda, todos aprenderemos algo, yo la primera. ¿De qué vale viajar sino?. Si no es para aprender o en definitiva para vivir.

                Salir de nuestro encierro, de nuestras escasas miras. Abrir la mente a otros horizontes. Lloverá, ya lo anuncio. Habrá que apartar esa cortina de agua para ver mejor pero también servirá para desconectar de la realidad. Tomar distancia a veces es conveniente para regresar con más fuerza y ver la vida desde otros puntos de vista. Así que os animaré a viajar a mi lado con la fantasía. Sí, la fantasía. Esa cualidad que tanta gente, sobre todo al llegar a edad adulta, ha relegado a lo más profundo de su cerebro.

                Craso error olvidar que la fantasía existe. Fantasía puede ser un mundo, como lo era en la Historia Interminable, pero lo mejor es que es TU MUNDO. Y sólo tú lo diseñas a tu gusto y medida. Y en él todo es posible, todo. ¿Por qué entonces renegar de él?. ¿No eres capaz de volar con la fantasía?. ¿Ya no sueñas?. O peor…¿ya no lo recuerdas?. Entonces, sólo te puedo decir dos palabras: qué pena. Qué limitada es tu vida. Que, de por sí, ya es breve esta existencia y tú aún la acotas más y más. ¿Ya no recuerdas lo que te diferencia del resto de los seres vivos del planeta?. ¿De las plantas?. ¿De los animales?. Sí, eso es… tu mente. En ella está TU MUNDO. Si quieres viajar yo lo haré contigo. Nos vemos allí, en el puerto donde arranca la escapada de tu vida. Si, por ahora es la primera, no será la única y nadie dice que vaya a ser fácil.

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QUEDAN 5 DÍAS

Capítulo décimo cuarto de las escenas de Modigliani (El Archivo)

                                          París, 15 de enero de 1.920

–          Tu recogido es perfecto.

–          Lo sé.

   Lunia contesta con su habitual seguridad. Con un recogido así sobran los pendientes. Se abre la camisa blanca sin mirar a Amedeo, se conocen tan bien que sobran las indicaciones. Ella sabe lo que le gusta y cómo le gusta. Hubo incluso un tiempo que sabía seducirlo y provocarlo, un día sí y otro también. Pero él se cansó de ella como de las otras. Fue un tremendo error por su parte pensar que con ella sería distinto. Aún así no puede evitar adorarle. Es un niño grande, infravalorado por el resto de esa estúpida comunidad que se consideran a sí mismos artistas. Y hoy ese niño parece un anciano. Los días caen sobre su amigo como quinquenios. Oírle toser le encoge el ánimo, pero jamás volverá a aconsejarle que vaya al médico. Lunia no acostumbra a malgastar las palabras. Malgasta su tiempo, pero no las palabras. Y menos con Modi así vomite todos los litros de sangre que tiene su cuerpo ante ella.

–          ¿No tenías un lienzo más pequeño?. Me he puesto una nueva camisa y ese cuadro podría entrar en mi bolso.

–          Eso será si te lo llevas. – no puede pintar con más rabia el fondo pero no quedará del todo oscuro, ha acabado con el color. – Me encanta el pelo, ni se te ocurra girarte.

–          No pensaba, te tengo muy visto. Pienso llevármelo por supuesto.

–          Lunia no creo, hacía tiempo que no me quedaba tan satisfecho, me lo quedo yo.

   Un ejemplo más de cómo malgastaba su tiempo con Modi. No las palabras, no replicaría. Evidentemente, se iría sin el cuadro. Él era un hombre de caprichos… y si su carne ya no constituía ese capricho al menos le llenaba saber que su reflejo en la tela si lo era.

–          ¿Y por qué si tan satisfecho te sientes con esa minúscula pintura vas a ocultarla?. ¿Vas a dejarla también amontonada con la colección que acumula polvo en ese departamento al que llamáis casa?. No he conocido a nadie con más ganas de éxito que tú, sin embargo te contradices amigo mío, lo haces en muchas ocasiones.

–          Considero que me han de conocer poco a poco. Así me lo han hecho saber durante los años que llevo en París. Cuando el público y la crítica haya asimilado las características de mi obra, sólo entonces, podrán pasar a contemplarlas en su expresión más pura. Pero a veces, como ha pasado hoy, la pureza y la inspiración van unidas de la misma mano, del mismo pincel y brotan solas.

–          Amedeo, déjate de tonterías, has vendido en Londres, se te empieza a tener muy en cuenta manteniéndote como lo has hecho, tan individual. Jeanne y tú no estáis como para escatimar obras que pudierais vender en este momento.

–          Lo considero una inversión, para ella y los niños. La vida es un regalo: de unos pocos a otros muchos, de aquellos que tienen a aquellos que no tienen.

   A Lunia le sonó a confesión y a testamento, si hubiera sido párroco le hubiera dado la extremaunción.

–          ¿Podrías dejar de fumar?. – le preguntó para no entrar a profundizar sobre las razones que llevaban a Amedeo a pensamientos tan definitivos, pues en el fondo sabía que era consciente que el mal le acechaba.

–          La verdad, no.

–          Pues dame uno.

   La petición de Lunia sonaba a súplica.

–          No puedes mientras posas.

–          ¿Y tú sí mientras pintas?. Eres despreciable.

–          No lo dudes.

¿Azar?

  

    Contemplaba desde la cubierta de la segunda planta la extraña forma que los motores del ferry daban a las olas. Nuestro barco cortaba el mar Egeo como una sierra corta la madera. Esa marca se impregnaba con enorme fiereza y sin embargo, al poco tiempo, desaparecía y el mar recuperaba su oleaje sereno. Interrumpíamos su calma como mis pensamientos eran perturbados por el recuerdo de aquellas palabras. Las mismas se repetían una y otra vez en mi cerebro como repiqueteo constante. En tanto las olas rotas querían asemejar ese ritmo neuronal.

   El ferry iba a rebosar de gente ya que era temporada alta. El sol en aquel mes de agosto abrasaba ya desde primeras horas de la mañana. Por ello, aunque habíamos salido pronto de Atenas, apenas las siete de la mañana, todos los pasajeros nos amontonábamos en un mismo lado del barco para protegernos de los rayos solares. Hablo, por supuesto, de todas aquellas personas que, como era mi caso, habíamos comprado el billete económico y no teníamos la suerte de contar con una butaca acolchada en el interior ni con un potente aire acondicionado que calmase el sofoco matutino con que nos obsequiaba el clima griego.

   Pareciera, por otro lado, que esos billetes económicos se vendieran a discreción sin contar con la verdadera capacidad del transporte. Por esa razón no había sillas bastantes para todos y muchos acababan sentados por el suelo o por las escaleras. Yo, ilusamente confiado en los primeros momentos, había abandonado la silla que casualmente poseía, por asomarme por la borda y ahora permanecía como perfecto idiota en el mismo punto mirando el horizonte y pensando donde podría descansar mis pesadas piernas durante aquel viaje de largas cinco horas. Debería haber sido más hábil, pero (y esto es una constante en mi vida), las oportunidades volaban ante mis ojos tan rápido como aquellas gaviotas sacaban los peces del agua.

   Mis pensamientos, en cambio, no volaban. Iban y venían, iban y venían. Siempre desde y al mismo punto. Es decir, sin evolución ni progreso alguno. Esta lentitud de reflejos iba pareja siempre al vuelo de las oportunidades y circunstancias de mi vida. Al mismo tiempo, jugaba con la fea figura entre mis dedos. Era horrorosa, aunque esa debía ser mi única y particular opinión, ya que se vendían por miles.

A mí ni siquiera me parecía que tuviera forma humana. No podía explicarme cómo personas de hace miles de años habían llegado a tan rara conclusión estética de las personas. Por más que la miraba no dejaba de ver una inspiración para un capítulo cualquiera de aquella serie de Expediente X.

Es que era fea, muy fea. De hecho, por la mañana al seguir la luz que entraba por la ventana con los primeros rayos de sol, mi vista se había encontrado con la figura que había dejado sobre la cómoda la tarde anterior. Ese juego de luces y sombras sobre ella me dio miedo. Podía haber comprado el típico burro de Santorini o la miniatura del Partenón, pero no; revolví aquella gigante cesta de anea hasta que mis dedos sacaron la figura. Una igual e idéntica a las que vendían por doquier en todas las tiendas para turistas de Grecia. Fue un acto casi impulsivo. No la quería realmente tener, pero su imagen tan extraña y provocadora me perseguía desde que me detuve frente a ella (la original) en el Museo Arqueológico. Me fascinaba tanto como me repelía. Se suponía que daba suerte y fortuna al que la poseía. Si no era así es que no tenías la original. Evidentemente ninguna era original. Ese tipo de figuritas se encontraban por cientos y de cualquier tamaño en toda excavación que se preciara de ser importante, pero de ahí a comercializarlas, sin duda, se trataba de un bulo.

Sin embargo, nada más descender del ferry algo cambió.

RELAX

   Son días de un ritmo incesante. Tantas cosas en la cabeza y todo lo quieres hacer bien. Cosas buenas y cosas malas. Tantas otras debes dejar previstas. Sin fallos que te cuesten tu calidad de vida.

   Alquien que se nos va…alguien que seguro llegará. Y a veces, poco que decir. Sólo mirar, esperar que te devuelvan la mirada e intentar entender. Y ese trabajo, a la orden del día, mostrándote las miserias humanas. Mostrándote cómo las personas se olvidan de todo. Se olvidan los unos de los otros, olvidan lo que les unió, olvidan los momentos que gozaron y se atacan. Y me pregunto por qué. En qué instante borró de su cabeza lo bueno que le daba esa persona. Del amor al odio hay verdaderamente un paso. Y tú no puedes hacer nada, escapa a tu control, a tus consejos…y te duele ser tan incapaz. Y llega otra cosa que te aturde pero la haces. Y lo haces bien. Y ves que eres buena aunque no te guste. Y otra, y otra… Y rezas para no volverte como ellos, para no olvidar ni una sola etapa de tu vida ni lo que te dió cada una de ellas. Lo que debes y lo que te deben. Lo que aprendiste se puede olvidar con facilidad. Y eso da miedo. Sin ver la hora de hacer la maleta e irte y volar…………volar. Sabiendo que volverás a todo de nuevo, pero más fuerte y con la psiquis recuperada porque apretar tanto los dientes no debe ser bueno.

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