Aviso

En blanco hasta el 4 de septiembre, os compensaré….;)…

Teodora

           

        La diadema, el collar, todas las joyas que la engalanan nos muestran a Teodora en su máximo esplendor. Vestida con una túnica púrpura bordada en su parte inferior con las figuras de los Reyes Magos sostiene un cáliz de oro mientras se hace acompañar por los cortesanos y un cortejo de damas ricamente ataviadas. Ella y su marido Justiniano, en otro mosaico, se retratan con corona y halos de santidad, ataviados con sus atributos de realeza pero representándose también como las cabezas de la iglesia. En ellos se unen los poderes temporales y espirituales, una vez rotos los lazos con la iglesia católica de Roma. Es el cesaropapismo. Ellos son ahora los que evocan los suspiros del antiguo Imperio Romano.

                No sabemos si la emperatriz sale de palacio o se encuentra en un interior eclesiástico ya que las referencias  al interior donde se desarrolla la escena son escasas. Un dosel que se abre y una pequeña fuente de la que mana agua. Los pliegues de las túnicas y las figuras alargadas nos dan una sensación  de grandeza y lejanía. Pese a la reiteración de las posturas y la falta de realismo apreciamos un intento de individualizar los personajes. Pero lo que interesa al artista es la abstracción. Bajo un fondo dorado multitud de teselas de colores nos alegran la vista y esa riqueza cromática que transmite fulgor y brillo evidencian que el mosaico es el símbolo más poderoso a través del cual el emperador manifiesta su poder. Esta práctica artística heredada del Imperio Romano llega a sus cotas más altas de maestría con el arte bizantino.

        Y ¿qué veo yo?. La veo a ella, a Teodora. En el papel de su vida, la mujer más importante del imperio secundando a su esposo en la labor de gobierno. Gloria y esplendor de una época en la que se hundía occidente ante las invasiones godas mientras ellos contruían un imperio, a veces menospreciado por la historia, que sobrevivió siglos hasta su caída en 1.453 por los turcos. Pero ella se sigue alzando solemne y majestuosa ante nosotros.

      Su padre era entrenador de osos y su madre bailarina y actriz de la época. Dicen que ella trabajó en un burdel además de actriz. En su representación de Leda y el Cisne cuentan que se desnudó más de lo que la ley permitía. Cuando abandonó esa vida entró como hilandera en el palacio de Constantinopla hasta que su carácter, alegría, ingenio y belleza llamaron la atención de Justiano que tuvo que esperar que cambiara la ley para poder contraer matrimonio con ella. Fue una valiosa y apta gobernante, tanto en sus discursos como en sus disposiciones. Controló rebeliones. Expandió los derechos de las mujeres en general y para los casos de divorcio. Prohibió el asesinato de las mujeres que cometían adulterio, creo conventos y prohibió la prostutición forzosa. Sin ella, seguramente, la historia de este imperio y la nuestra hubiera sido otra. Y ahora… vuelve a mirarla.

Capítulo tercero de las escenas de Modigliani (EL ARCHIVO)

 

                                                                       París, 6 de diciembre de 1.917

    Jeanne no podía dejar de reir, se estaba poniendo perdida con la paleta de pura emoción. “¡Voy por el tercero!” anunció. El tercer color. Amedeo sonreía divertido. Seguía disimulando leer desde la cama. No quería distraerla ni a ella ni a la niña que posaba y que ya parecía contagiada por tanta hilaridad.

   “Cuando consideres acabado el fondo me meto con la figura, esa despreocupada de su madre viene en dos horas a por ella” le dijo. Le gustaba ponerla nerviosa. Realmente llevaba un rato observando a la niña, sólo iba a necesitar unos minutos y un solo gesto. Pero perturbar la siempre calmada percepción del mundo de Jeanne, y solo él podía hacerlo, era algo indescriptible e inspirador. Si existían las musas él había tardado en encontrar la suya, quizá porque, además, era un ángel que renovaba su energía, tan perdida en los últimos tiempos.

   Desde que Jeanne, en contra de la decisión de sus padres, había decidido mudarse a su caótico apartamento sentía una responsabilidad hasta ahora desconocida. Ella había cambiado una vida cómoda y sin privaciones sólo para estar a su lado enfrentándose a su propia familia. Y aquel hecho variaba la perspectiva con la que hasta ese momento contemplaba el mundo girar. Unido a que, por fin, iba a exponer su primera muestra personal en la Galería de la generosa y afectuosa Berthe, todo le llevaba a pensar que ese reconocimiento tan esperado iba a llegar.

   Con esos pensamientos se incorporó con una decidida y extenuante tensión creativa para darle el relevo a Jeanne. Tenía, como siempre, la imperiosa necesidad de acabar esa obra en una sola sesión así consumiera esas renovadas energías. El cuadro de “La chica con las medias rosas” se concluyó en menos de cuatro horas.   

El Arco

Imagen

     Intentando estudiar la puerta monumental de lo que fue la Abadía de Lorsch. Buscando la explicación de la versión cristiana del arco del triunfo romano. Mitad del siglo VIII y volviendo a caer en los defectos y en las virtudes humanas. Sin duda todo vuelve y es curioso como a veces no somos capaces de ver lo repetitivos que somos. Y caemos. Y volvemos a caer. Nacemos y morimos. Y nos seguimos sorprendiendo por morir, como si no fueramos capaces de asimilar el hecho más evidente de nuestra existencia; estamos aquí de paso. Así que deberíamos pasar con orgullo por esta puerta de la vida y buscar lo más bello en lo más simple. Dejar atrás el arco de la amargura y aprovechar cada instante al máximo pisoteando los burdos ataques ajenos de distorsionar el trayecto vital. Buscar las soluciones al problema antes de crear otro. Dar color a los pensamientos como los primeros medievales lo hiceron con sus muros. Pasar por el arco sin respirar y pedir un deseo. Porque todo lo que tú desees se hará realidad sólo si crees que así será. Cada persona tiene un arco que atravesar, un reto que cumplir. Eludirlo te hará vivir la vida de otros y la tuya volará por el torreón lateral, de defensa. ¿De defensa de quién?. Cobarde.

SON

      Liberada del velo de la somnolencia el viento golpea mi rostro despertando las ideas. Me gustaría volar como un pájaro, como el mejor de los pájaros, correr como una gacela, la mejor de ellas…Querría poder ver en la oscuridad, caminar sobre las aguas o nadar entre las celulas de mi propio cuerpo y saltar a las de seres ajenos. Desearía rejuvenecer doce años con la sabiduría de los próximos diez. Pagaría porque mis días contarán con seis horas más en las que poder hacer todo lo que la prisa y la tontería se llevan. Y aunque a veces lo mataría, otorgaría a mi perro la inmortalidad de un huargo de novela. Querría amar más de lo que amo, a todos, a mi pareja, a mis amigas y a mi familia y sobre todo querría que ellos lo notaran, me notaran a su lado, siempre… Seguiría pensando eternamente que la felicidad es posible sin entender a los que se esfuerzan por obstaculizarla y golpearía a tantas personas, inútiles a esta existencia común y compartida, que la prudencia me impide confesar. Zarandearía al planeta en una coctelera gigante con la esperanza de que cayeran los microbios. Debería ser capaz de gritar al mundo que luche por sus sueños intentando no abandonar los míos. Pero sobre todo amiga va por ti y por tus pensamientos metáfisicos y filosóficos de estos días, porque no son malos, simplemente SON. Continuaré con ellos y soñando y ……ustedes lectores perdonen que, casi mes y medio después, todavía ande descubriendo como se «justifican» estos textos.

Embriagado de dudas…

  3 de octubre de 1.608

        Aborrecía ese aroma campestre. No debería ser así ya que había nacido y crecido entre esa aura floreal, pero de forma inevitable el olor intenso del polen revoloteando al viento penetraba por sus orificios nasales, suficientemente amplios por herencia paterna, y le llegaba casi de inmediato hasta los pulmones atravesando con terrible quemazón la garganta. Le repelía y el estornudo de después, le repelía todavía más. Cadena de movimientos corporales que escapaban a su control, como tantas otras cosas.

            Michelangelo Merisi da Caravaggio atravesaba la pequeña y escasa campiña de la isla de Malta, huyendo de la capital, entre rabia y humillación, con la ira contenida a fuerza de un aprendizaje forjado y forzado con los años. Una vez más, incomprendido y despreciado salía de La Valetta.

            Si creía Alof de Wignacourt que sería más listo él que sus también perseguidores en Roma, estaba muy equivocado. Algo innato en Michelangelo le hacía estar alerta ante situaciones extrañas. Y extraña había sido la cita que había recibido. Podía sentir el plan, la conspiración, querían atraparle. Pero no lo lograrían. Volvería a huir. Ya se había acostumbrado a no tener hogar, a ocupar las vidas ajenas, a vivir sólo para la pintura y a sobrevivir de su obra. Cierto era, sin embargo, que no había sospechado hasta hacía bien poco, de la ingratitud de Alof. De buen grado se llegaría hasta su palacio y rajaría con el filo de su daga su propia tela. Sí, eso sería en verdad una empresa difícil, pero quizá no lo sería tanto acceder a la Concatedral de San Juan y cumplir su objetivo sobre “San Jerónimo escribiendo”. Y así, borrar la cara del pretencioso Alof de su propia obra, de su creación, ahora mancillada por la imagen del engreído maestre sustituyendo a la del santo.

            De repente se detuvo. No era una buena idea regresar a La Valetta. Pero…¿Y si lo que le habían insinuado del Gran Maestre no era cierto?. ¿Por qué dudaba de él, a priori, tan alegremente?. Hacía poco más de un mes que le había nombrado Caballero de la Orden. Había hecho lo imposible para que Michelangelo recibiera ese honor, ese sueño tan anhelado. Ese gran hombre había rogado al Papa por él. Recuperó por momentos el raciocinio perdido en el altercado de una hora antes, se detuvo y pensó.  Pensó que antes de destrozar su propia obra, debería conceder a Alof, el Gran Maestre, el beneficio de la duda. Y regreso a La Valetta, al palacio. Si bien, en esta ocasión, no entraría por la  puerta habitual, daría un pequeño rodeo. Debía saber quién estaba de su parte en aquella isla que comenzaba a antojársele una prisión a cielo abierto.

            La historia, de nuevo, se repetía.