3 de octubre de 1.608
Aborrecía ese aroma campestre. No debería ser así ya que había nacido y crecido entre esa aura floreal, pero de forma inevitable el olor intenso del polen revoloteando al viento penetraba por sus orificios nasales, suficientemente amplios por herencia paterna, y le llegaba casi de inmediato hasta los pulmones atravesando con terrible quemazón la garganta. Le repelía y el estornudo de después, le repelía todavía más. Cadena de movimientos corporales que escapaban a su control, como tantas otras cosas.
Michelangelo Merisi da Caravaggio atravesaba la pequeña y escasa campiña de la isla de Malta, huyendo de la capital, entre rabia y humillación, con la ira contenida a fuerza de un aprendizaje forjado y forzado con los años. Una vez más, incomprendido y despreciado salía de La Valetta.
Si creía Alof de Wignacourt que sería más listo él que sus también perseguidores en Roma, estaba muy equivocado. Algo innato en Michelangelo le hacía estar alerta ante situaciones extrañas. Y extraña había sido la cita que había recibido. Podía sentir el plan, la conspiración, querían atraparle. Pero no lo lograrían. Volvería a huir. Ya se había acostumbrado a no tener hogar, a ocupar las vidas ajenas, a vivir sólo para la pintura y a sobrevivir de su obra. Cierto era, sin embargo, que no había sospechado hasta hacía bien poco, de la ingratitud de Alof. De buen grado se llegaría hasta su palacio y rajaría con el filo de su daga su propia tela. Sí, eso sería en verdad una empresa difícil, pero quizá no lo sería tanto acceder a la Concatedral de San Juan y cumplir su objetivo sobre “San Jerónimo escribiendo”. Y así, borrar la cara del pretencioso Alof de su propia obra, de su creación, ahora mancillada por la imagen del engreído maestre sustituyendo a la del santo.
De repente se detuvo. No era una buena idea regresar a La Valetta. Pero…¿Y si lo que le habían insinuado del Gran Maestre no era cierto?. ¿Por qué dudaba de él, a priori, tan alegremente?. Hacía poco más de un mes que le había nombrado Caballero de la Orden. Había hecho lo imposible para que Michelangelo recibiera ese honor, ese sueño tan anhelado. Ese gran hombre había rogado al Papa por él. Recuperó por momentos el raciocinio perdido en el altercado de una hora antes, se detuvo y pensó. Pensó que antes de destrozar su propia obra, debería conceder a Alof, el Gran Maestre, el beneficio de la duda. Y regreso a La Valetta, al palacio. Si bien, en esta ocasión, no entraría por la puerta habitual, daría un pequeño rodeo. Debía saber quién estaba de su parte en aquella isla que comenzaba a antojársele una prisión a cielo abierto.
La historia, de nuevo, se repetía.